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PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA, TABARE VAZQUEZ, EN EL ACTO CELEBRATORIO DEL 25º ANIVERSARIO DEL MOVIMIENTO TACURU
PRESIDENTE
VAZQUEZ: Muy buenos días para todos ustedes. Hermoso día, que marca.
el inicio de una nueva estación en nuestra región, en nuestro país.
Es el inicio de la primavera, la estación de la explosión de la vida y
quiero reconocer que amamos profundamente la vida. Así que en este
espléndido día quiero decir que para mí un honor, un gusto enorme
estar con ustedes, con todos ustedes, darles la más cordial de las
bienvenidas a quienes nos visitan, desearles que estén como en su
propia casa, se sientan recibidos con todo el cariño y el aprecio que
el pueblo uruguayo sabe a dar a quienes nos vienen a visitar, y decir
también que no es con poca emoción que encaramos la presentación, en
la mañana de hoy, de estas pocas palabras que vamos a trasmitirles a
todos ustedes en nombre del Gobierno Nacional y en nombre mío
propio.
Padre Pedro Incio, Director General del Movimiento Tacurú; licenciada
Andrea Bentancor, Coordinadora General del Proyecto para el
Fortalecimiento de las Areas Formativas y Productivas del Movimiento
Tacurú; estimados panelistas, amigas y amigos.
En primer lugar lo primero es lo primero y lo primero es decir gracias,
muchas gracias por permitirme compartir este momento con todos
ustedes.
En segundo término, felicitaciones. Felicitaciones al Movimiento
Tacurú por su difíciles pero fructíferos 25 años de vida. Porque la
vida es precisamente eso: una aventura cotidiana, casi nunca fácil, a
veces angustiante, pero siempre, sin duda hermosa. Hermosa en lo que
tiene de don divino para unos, de don de la naturaleza para otros y de
desafío para todos nosotros.
Y en tercer lugar, nuestro reconocimiento al acierto de realizar en el
contexto de este aniversario un seminario sobre estrategias para la
restitución de derechos en contextos de vulnerabilidad social.
Muy modestamente, y si usted me permiten, apenas haría una precisión a
título de este encuentro. Vista la realidad a considerar, en algunos
aspectos de la misma, más que restituir derechos hay que instituir
derechos. Tal es la pobreza y el desamparo social que padecen no pocos
de nuestros semejantes.
Amigas y amigos, como ustedes saben muy bien, la realidad nunca es en
blanco o negro, siempre presenta matices y contrastes. Permítanme,
entonces, mencionar dos contrastes bastante nítidos en el Uruguay de
nuestros días. Uno, es el contraste entre la consolidación de los
derechos democráticos y otro el efectivo ejercicio de los derechos
sociales, económicos y culturales. En otras palabras: los uruguayos por
cierto no cuestionamos la democracia como sistema político. Por el
contrario, hemos hecho muchos esfuerzos y no pocos sacrificios para
recuperarla cuando la perdimos y mejorarla cuando la recuperamos.
Pero los hechos cuestionan indudablemente la calidad de la misma, la
capacidad del ejercicio democrático. Los hechos cuestionan la capacidad
del Estado y de la sociedad para que en la práctica los derechos
sociales, económicos y culturales establecidos en los textos sean
realidad en esa vida cotidiana de nuestra gente.
Se ha ganado sin duda en democracia política, felizmente. Sin duda
estamos profundizando la misma, pero aún falta generar más
ciudadanía, más actividad participativa de los ciudadanos en este
proceso democrático.
El otro contraste al que quisiera referirme esta determinado por la
relación entre el gasto social así llamado y la pobreza. Una
precisión previa: aunque sé que la expresión “gasto social” es
técnicamente correcta, en realidad debo confesarlo, a mí no me agrada.
Atender los derechos y necesidades de la sociedad no es un gasto: es una
inversión y si ustedes quieren es un derecho que tiende a la sociedad
de ser como corresponde atendida. Hecha esta salvedad, digamos lo que ya
sabemos que aunque el Uruguay es uno de los países que registra mayor
gasto social en América Latina: aproximadamente el 70% del presupuesto
del Estado y el 23% del Producto Bruto Interno. A pesar de ello, aún
está lejos; bastante lejos, de ganar la batalla contra la pobreza y la
desigualdad.
Y ustedes se preguntarán a qué se deben tan magros resultados.
¿Porqué, según un estudio realizado por el Banco Mundial en el año
2003, nuestro país, siendo probablemente el menos desigual de América
Latina, presenta una desigualdad mayor que el más desigual de los
países de Europa Oriental? La respuesta a tales interrogantes está
determinada por varios factores. Entre ellos, a que tan importante cómo
cuánto se gasta, es cómo se gasta.
Observando la evolución del gasto social del Uruguay en los últimos
veinte años, es notorio que el país hizo, más allá de aciertos -que
por cierto admitimos- y errores sobre los que no queremos pasar factura,
un enorme esfuerzo para proteger a los sectores de mayor edad de la
sociedad se ha llevado o se ha intentado llevar adelante. Y está bien,
que así haya sido.
Por supuesto, que nuestros mayores tienen derecho a vivir dignamente.
Ese esfuerzo, marcado y fundamental, se centró entonces sobre los
sectores de mayor edad de la sociedad uruguaya, y los resultados los
podemos ver hoy en día.
Eso está bien. Sin duda que está bien. Pero lo que no está bien es
haber desatendido a los sectores más jóvenes de la sociedad, como si
ellos acaso no tuvieran también derecho a ser atendidos. Y los
resultados entonces no se hicieron esperar. Los resultados están a la
vista. Hoy, mientras el 10% de los uruguayos mayores de 65 años son
pobres -lo cual es grave por cierto- alrededor del 50% de los uruguayos
menores de 18 años vive en condiciones de pobreza o aún
indigencia.
Y decimos viven, porque en realidad, no quisiéramos utilizar el
término de sobrevivencia. Las consecuencia de esos resultados también
están a la vista. No es necesario que yo se las explique, pues ustedes
las conocen profundamente: son los limpiaparabrisas en las esquinas, los
que viven en situación de calle, los que no estudian ni trabajan, los
excluidos, los infractores que, cansados de ser niños marginados,
cuando dejaron de ser niños decidieron acceder como fuera, de cualquier
manera, al perfume o a la bebida que, según el bombardeo mediático,
los haga felices, ricos y famosos.
Y si los niños y los jóvenes son no sólo el presente, sino
fundamentalmente el futuro del país, ¿qué futuro tiene el país?
Muchas veces nos hemos preguntado y cuestionado, cuando nos planteamos
qué Uruguay le queremos dejar a nuestros hijos, si no deberíamos
cambiar este concepto, porque... qué hijos le debemos dejar a nuestro
Uruguay.
Pero ya lo dijimos: la realidad no es unilateral. tiene lados oscuros,
como esta pobreza con rostro juvenil, pero también debemos reconocer
que tiene lados luminosos, como el que Tacurú ha ido descubriendo a lo
largo de 25 años con sus programas de educación para el trabajo e
inserción laboral para jóvenes.
Conozco la labor de Tacurú, como lo decía la señora Blanca
Rodríguez. La conozco por razones familiares, por razones
profesionales, comunales e institucionales.
Recuerdo con mucho afecto en el plano comunal -cuando nos tocó actuar
como intendente de Montevideo- las perseverantes gestiones del Padre
Mateo, para concretar el convenio entre la Intendencia Municipal y
Tacurú. Había días que se instalaba en el corredor del segundo piso,
del Intendente y de la secretaría y allí sitiaba por horas y horas
nuestros frente al despacho despachos. ¿Verdad, Selva? Nos acompañaba
Selva Braselli.
Pero era una perseverancia sin duda producto de su convicción en lo que
estaba haciendo y de su comprometida solidaridad con los indigentes.
Desde cada una de estas perspectivas, entonces, y en la medida de mis
convicciones, responsabilidades y posibilidades, hemos intentado aportar
a este proyecto y a otros similares, como aportan muchos y como también
muchos aportamos, como decía, a otros emprendimientos.
Con esto les quiero decir que no están solos y que todos tenemos tareas
y responsabilidades. El gobierno la suya, por supuesto. Y respecto a
ella, entonces, quiero compartir con ustedes, si me permiten, algunas
consideraciones. Tal vez no es una definición demasiado política ni
académica, pero nosotros entendemos el acto de gobernar como un acto
para acompañar a la gente, para protegerla a lo largo de la vida. A
toda la gente, durante toda la vida, desde su concepción. Y ante
alrededor de trescientos mil compatriotas en situación de pobreza
extrema, ¿acaso podíamos ser indiferentes o no actuar de inmediato? Es
por eso que instrumentamos el Plan de Emergencia. Ojalá no hubiera sido
necesario instrumentarlo, pero la realidad es la realidad y de nada
sirve negarla, quejarse o pelearse con ella.
¿Que el Plan de Emergencia no es perfecto? ¿Que hubo imprevisiones en
su diseño y desajustes en su instrumentación, que tiene limitaciones y
carencias, que pudo ser mejor? Claro que sí, nos hacemos cargo de ese
déficit. Pero como bien expresa el poeta y músico panameño Ruben
Blades, en una de sus más hermosas canciones, “fácil es juzgar la
noche al otro día”.
El Plan de Emergencia es limitado. Limitado en la población que
atiende, en los programas que lo componen y en los objetivos que busca,
así como en su duración. Y entonces todos nos preguntaremos: y
después, ¿qué? Después qué, porque la pobreza sigue. Ha disminuido,
pero está en cifras muy altas. Bueno, después ya lo anunciamos en la
reunión pública del Consejo de Ministros realizada el 31 de marzo
pasado en la ciudad de Salto. Después del plan de Emergencia, el Plan
de Equidad: equidad de género, equidad intra e intergeneracional,
equidad social y equidad territorial. Porque los uruguayos no solamente
tenemos que ser solidarios. También tenemos que ser iguales en todas
las circunstancias: iguales ante la ley, pero sobre todo iguales ante la
vida.
Amigas y amigos, estamos precisamente en la fase preparatoria de este
plan de equidad. Un equipo técnico e interministerial está preparando
una propuesta que en breve será considerada por el Consejo de
Ministros. Con los ajustes que corresponda, el plan de equidad
comenzará a ser ejecutado en el segundo semestre del año 2007. Sería
prematuro entonces anunciar hoy detalles de un plan que se está
elaborando.
Sin perjuicio de ello y teniendo en cuenta la temática de este
seminario, así como la experiencia y el compromiso del movimiento
Tacurú, quiero decirles que en el contexto de dicho plan contamos con
ustedes para impulsar programas de formación e inserción laboral en
jóvenes, porque el plan de equidad no será un plan de tal o cual
ministerio ni del gobierno exclusivamente, será un plan de fuerte
impronta ciudadana y tendrá que aflorar en todo su esplendor el
magnífico concepto y adhesión a la solidaridad que tiene el pueblo
uruguayo.
Fuerte impronta ciudadana, ciudadanía que no se decreta ni se da, ni se
espera. Es ciudadanía que se construye día a día y entre todos;
ciudadanía que no se limita a ser mayor de 18 años y tener una
credencial para usar cada cinco; ciudadanía que implica un sistema de
derechos y de responsabilidades y entre los derechos, el derecho a la
educación y al trabajo como claves de integración social, las dos más
formidables herramientas de políticas sociales que puede tener un
país: la educación y el trabajo, porque a los jóvenes y especialmente
a los jóvenes en situación de pobreza no solamente hay que asistirlos
y protegerlos en materia de nutrición, salud, escolaridad, etc., sino
que además hay que reconocerlos, respetarlos e integrarlos como sujetos
que no solamente tienen el derecho a vivir dignamente, sino que además
tienen el derecho y la responsabilidad de vivir en sociedad, no
excluidos.
Para decirlo con otras palabras y muy esquemáticamente:
Uno: creemos que no hay que estigmatizar la asistencia. La asistencia no
es una limosna que engrandece a quien la da y humilla a quien la recibe.
La asistencia es un derecho de quien la necesita y una responsabilidad
de la sociedad en su conjunto, y hay que entender la protección como un
entramado de intervenciones públicas destinadas a disminuir el riesgo y
aumentar el bienestar social. La protección responde -si se me permite
usar estas expresiones- a una visión holística, englobadora y
homeostática, equilibradora de la organización y el funcionamiento de
la sociedad.
Y dos: creemos que no basta con asistir y proteger en término de
alimentación, salud, vivienda, etcétera.
La pobreza y el desamparo social -al menos en mi modesta opinión- no se
expresan solamente en desnutrición, analfabetismo o desocupación. Se
expresa también en discriminación, estigmatización, incertidumbre y
falta de esperanza. Es, sin duda, una dimensión poco visible pero muy
dolorosa de la pobreza. Tal vez y sin tal vez, la más dolorosa.
Y la única forma de abordar y superar esa dimensión intangible pero
sustantible (sic) de la pobreza y del desamparo, es instrumentar
políticas sociales activas, ya no solamente efectivas en términos
materiales sino también respetuosas de la persona -para decirlo con
palabras de las antropólogas chilenas Francisca Márquez y Clarisa
Albín- respetuosas de su dignidad individual; respetuosas de los
derechos y responsabilidades de cada uno en tanto miembro de una
comunidad. Políticas basadas en el reconocimiento al otro como un
semejante cuya presencia nos importa, porque lo que el ser humano
finalmente revindica pues es innato a su propia naturaleza, a nuestra
naturaleza: no es solamente vivir, sino también vivir en sociedad y
vivir con dignidad. Y en esto también, reitero, tenemos mucho por hacer
y debemos hacerlo paso a paso y entre todos. Muchas gracias. |