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ORDENACIÓN EPISCOPAL
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CRÓNICA

PALABRAS DE BIENVENIDA Y AGRADECIMIENTO DE MONS. ORLANDO ROMERO

HOMILÍA DE  MONS. NICOLÁS COTUGNO EN LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ALBERTO SANGUINETTI, OBISPO DE CANELONES

PALABRAS DE MONS. ALBERTO SANGUINETTI EN EL DÍA DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL


Entrevista publicada en el Quincenario “Entre Todos”, edición Nº 224.

CONFESIONES DEL NUEVO OBISPO DE CANELONES

 

CONFERENCIA EPISCOPAL DEL URUGUAY

COMUNICADO DE PRENSA
Domingo 21 de marzo de 2010
 

 

CRÓNICA

 

AL INICIAR SU MINISTERIO EL NUEVO OBISPO DE CANELONES LLAMÓ A PROCLAMAR LA TOTAL VERDAD SOBRE DIOS Y SOBRE EL HOMBRE
 

Ante una Catedral colmada, Mons. Alberto Sanguinetti tomó posesión ayer de la Diócesis de Canelones, en una Misa concelebrada por el Nuncio Apostólico, los Obispos de Uruguay, el Obispo argentino Mons. Marcelo Martorell y el Obispo mexicano Mons. Carlos Suárez.
 
En la ceremonia de inauguración de su Ministerio como Obispo de Canelones, Mons. Sanguinetti exhortó a reconocer el “amor de Jesús” y destacó que la misión de la Iglesia reside en, “respetando la libertad de cada hombre”, proclamar la “total verdad sobre Dios y sobre el hombre”.
 
En la Eucaristía participaron más de 100 sacerdotes, además de religiosos, diáconos, seminaristas y laicos, principalmente de Canelones y Montevideo, así como familiares y amigos del nuevo Obispo, entre los que se encontraba el ex Presidente de la República, Dr. Luis Alberto Lacalle.

 

La primera parte de la Eucaristía tuvo lugar al aire libre, delante del atrio de la Catedral. Tras la procesión de entrada y el saludo inicial, Mons. Orlando Romero, quien fuera Obispo de la Diócesis hasta el nombramiento de Mons. Sanguinetti, se despidió de su grey expresando su “incontenible gratitud al Señor quien misericordiosamente me ha elegido, regalándome la vocación al sacerdocio; a la Iglesia que ha depositado en mí la confianza de pastorear esta porción del Pueblo de Dios, y a toda la Comunidad Diocesana que me ha sostenido con su oración, afecto y comprensión facilitada por la corresponsabilidad pastoral”.

 

Posteriormente, un sacerdote de la diócesis, Pbro. Luis Eduardo Ríos, dio lectura a la Bula papal que da cuenta de la designación por parte del Papa Benedicto XVI de Mons. Sanguinetti como Obispo de Canelones.

 

Luego de la Liturgia de la Palabra se procedió a la presentación del Obispo.

 
MONS. COTUGNO: EL OBISPO ASUME LOS GOZOS Y TRISTEZAS DE LOS HOMBRES
 
La homilía estuvo a cargo del Obispo que ofició de ordenante principal, Mons. Nicolás Cotugno (Arzobispo de Montevideo), quien calificó dicha ordenación episcopal como “un acontecimiento de gracia, de alegría y de responsabilidad”.

 

Posteriormente, el Arzobispo se detuvo en las dimensiones fundamentales y perennes del ministerio episcopal que se desprenden de las escrituras proclamadas en la Eucaristía.

 

Señaló que si bien todo el pueblo de Dios está llamado a dar testimonio de Cristo resucitado, (…) los Obispos, por voluntad explícita de Jesús, el Buen Pastor, son “testigos cualificados”.
 
Aseveró que “nuestra mirada puesta en la resurrección de Cristo, lejos de apartarnos de los gozos y tristezas de los hombres, nos los hace asumir con la máxima profundidad y radicalidad”
 
 “No cabe duda, que para poder hacer presente a Cristo resucitado en las catástrofes de Haití y de Chile — entre otras - la mejor premisa es experimentar su presencia en esa Eucaristía que Él mismo nos manda hacer en conmemoración suya”, indicó Mons. Cotugno.

 

En este sentido, recordó que “Artigas, el prócer de la Patria, tenía una robusta fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía”, y agregó:”baste recordar su actitud al recibir el santo.

 

Viático antes de su muerte”. “El nos recuerda a los católicos todos, particularmente a quienes sirven en las estructuras de la educación, de la cultura y de la política, que la separación de la Iglesia del Estado representa la mejor oportunidad social para brindar, en un contexto de auténtica y positiva laicidad, el testimonio entusiasta en favor del Cristo vivo resucitado en medio de nosotros, dando vida a toda la sociedad”, sostuvo.

 

Al concluir su homilía, el Arzobispo evocó al primer Obispo de Uruguay, Mons. Jacinto Vera quien “con sus virtudes heroicas de Pastor nos ha dejado el testimonio de Obispo discípulo misionero, martirizado, como Cristo, por su pasión apostólica y glorificado, como Cristo, en la resurrección del Reino eterno de Dios”.

 

Tras desearle al nuevo Obispo un fecundo ministerio episcopal, Mons. Cotugno encomendó a Mons. Sanguinetti y a los presentes, al Primer Obispo “para llevar a cabo en nuestras diócesis la MISIÓN CONTINENTAL propiciada por Aparecida, a fin de que nuestros pueblos, en Cristo, nuestro Obispo y Pastor, tengan vida y vida en abundancia”.

 

Tras la homilía tuvo lugar el rito central de la ordenación del obispo que se realiza por la imposición de las manos de los obispos y la oración consagratoria que la acompaña.
 
 Asimismo se realizaron los ritos complementarios que significan la gracia de la consagración episcopal: unción en la cabeza con el santo Crisma, la entrega del libro de los evangelios, imposición del anillo, de la mitra y del báculo pastoral.

 

El ordenante principal acompañó al nuevo obispo a su Cátedra ubicada en el altar de la Catedral pasando a presidir la Eucaristía.

 

MONS. SANGUINETTI: PROCLAMAR LA VERDAD DEL EVANGELIO CON PLENA LIBERTAD APOSTÓLICA

 

Al dirigir unas palabras a sus diocesanos el flamante Obispo los invitó a reconocer el amor “de Jesús, por quien fuimos creados, en quien somos salvados”, a conocer en El la realidad y el sentido de la existencia”.

 

“La Iglesia, que debe guiar y cuidar el Obispo, ha de ser humilde en todo, reconociendo las debilidades y pecados de sus miembros, a los que llama a conversión y a los que les da el perdón y la vida nueva”, señaló Mons. Sanguinetti.

 

“Los cristianos no nos asombramos de que haya pecados, porque sabemos de la universalidad del pecado y de la muerte, y confesamos que Cristo vino a salvar a los pecadores, entre los cuales, cada uno con San Pablo, y antes que nada el obispo ha de decir: "y el primero de ellos soy yo" (1 Tim.1,15)”, añadió. Empero, advirtió que “por la misma humildad de la Iglesia, la vuelve intrépida en anunciar la gracia de Cristo su Esposa y Señor. Por ello, proclama en todas las plazas del mundo la verdad del Evangelio, con plena libertad apostólica que no recibe como donación de ningún poder humano, sino de Dios mismo, libertad que la obliga a ir hasta el martirio en la confesión del nombre de Jesucristo”.

 

“Respetando la libertad de cada hombre, la Iglesia proclama la total verdad sobre Dios y sobre el hombre: esa es su misión, ese es su servicio al hombre, a los pueblos”, manifestó.
 
“Llamando a los hombres a la obediencia de la fe, la Iglesia, y de un modo particular el obispo, ha de enseñar con palabras y con hechos, que la máxima obra del hombre es adorar a Dios, y que el principio, el centro y la cumbre de toda la actividad y cultura humana está en la recta adoración del Padre, por Jesucristo en el Espíritu”, sostuvo el Obispo de Canelones.

 

“Al recibir esta cátedra de la Iglesia de Canelones, recibo el testimonio de su fe y perseverancia en el servicio del Evangelio, la multitud de personas y trabajos que enriquecen a esta diócesis”, indicó Mons. Sanguinetti al tiempo que evocó suscitamente las raíces familiares que lo relacionan con la tierra y la sociedad de Canelones.

 

“Créanme, que así como los quiero entrañablemente y los llevo conmigo, me dejaré querer por ustedes”, aseguró Mons. Sanguinetti al finalizar su alocución.

 

Antes de concluir la Santa Misa de ordenación episcopal de Mons. Sanguinetti, el Nuncio Apostólico, Mons. Anselmo Pecorari, dirigió unas palabras a los presentes a los que exhortó a agradecer al Santo Padre por haber nombrado a este Pastor específicamente para la Diócesis de Canelones. Expuso su deseo de que Mons. Sanguinetti sea “padre, maestro, guía y testigo” y que tenga mucha “caridad y bondad” porque “esos son signos del amor de Dios Padre hacia cada uno de vosotros”.

 

Asimismo, pidió a los diocesanos que ayuden al nuevo pastor a ser “un buen Obispo, por él, por la Iglesia, por el Pueblo de Dios y por Canelones”.


Lectura de la Bula Apostólica

 

PALABRAS DE BIENVENIDA Y AGRADECIMIENTO DE MONS. ORLANDO ROMERO

 

Muy queridos Diocesanos:

 

Ha llegado el momento de despedirnos. Estas circunstancias rescatan lo mejor que hemos vivido y compartido a lo largo de estos 15 años que hemos caminado juntos en esta Diócesis de Canelones.

 

El primer sentimiento que brota en mi corazón es de una incontenible gratitud al Señor quien misericordiosamente me ha elegido, regalándome la vocación al sacerdocio; a la Iglesia que ha depositado en mí la confianza de pastorear esta porción del Pueblo de Dios, y a toda la Comunidad Diocesana que me ha sostenido con su oración, afecto y comprensión facilitada por la corresponsabilidad pastoral.

 

Gracias al pueblo de Canelones, a las autoridades públicas y demás instituciones de quienes he recibido un trato gentil, respetuoso y cercano. Hemos tenido la satisfacción de compartir inquietudes comunes y emprendimientos en favor de las necesidades de nuestro pueblo.

 

Gracias a los colaboradores más cercanos, los sacerdotes seculares, religiosos y diáconos contando con el afecto, la comprensión y el perdón tanto en los errores como en los desaciertos; en particular los que han compartido responsabilidades en los diversos servicios diocesanos: secretario, vicarios pastorales, decanos, consultores, animadores de los servicios pastorales diocesanos, a la secretaria del obispado, a las los profesionales. al administrador, a quienes me han servido en la vida cotidiana (comida y en la administración de los medicamentos. a quien ha mantenido la casa limpia y acogedora).

 

Gracias a los integrantes de la Vida Consagrada, testigos discretos, cimientos sólidos de la evangelización, entregando su vida contemplativa en los monasterios, en la docencia, en la inserción en los barrios populares y parroquias, en los servicios variados a los niños en zonas de marginación.

 

Gracias a los laicos, tanto los integrados en los Consejos sea diocesano como en los decanatos y en las parroquias, integrantes de los diversos organismos diocesanos, como a todo un laicado anónimo que ha tratado de irradiar su fe en las estructuras humanas: políticas, económicas, sociales, vecinales o familiares.

 

Queridos diocesanos: Hemos compartido muchas cosas, hemos rezado juntos, recordamos los últimos lunes de cada mes con los sacerdotes, las Misas crismales donde hemos estrechados los lazos de unidad en el presbiterio, los retiros y encuentros de formación, los retiros con comunidades parroquiales, con catequistas, cursillos, etc., hemos escuchado la Palabra de Dios, la lectio divina ha sido un estilo de espiritualidad que hemos ido incorporando en nuestra oración, hemos tratado de planificar nuestro quehacer evangelizador con el único anhelo de ser fieles al Buen Pastor y a las necesidades de nuestras comunidades y a nuestra gente.

 

Ha sido machacona la insistencia en las pequeñas comunidades (las CEBs), los ministerios laicales, la dimensión misionera de nuestra tarea. Que podría haber sido mejor, más adecuado a la realidad, con mayor participación y comunión... sin duda que sí. Que queda mucho, muchísimo por hacer, por ordenar... sin duda. pero la diócesis está en camino, no está en cero por la sencilla razón de que es el Espíritu Santo el primer evangelizador, el que nos acompaña y plenifica. Nada de original por cierto, pero ¡qué hermoso recordar nuestra vida de familia diocesana!

 

Mi lema "Anunciaré tu nombre a mis hermanos" ha sido como  la columna vertebral, en toda mi vida sacerdotal y episcopal inspirando mi vida espiritual y pastoral. El espíritu de Mons. Orestes S. Nuti, mi antecesor, creador, organizador y animador de esta Diócesis en la que no hay ningún rincón sin que recuerde su inquietud y celo apostólico.

 

AUDIO

 

ARRIBA

HOMILÍA DE  MONS. NICOLÁS COTUGNO EN LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ALBERTO SANGUINETTI, OBISPO DE CANELONES

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hemos sido convocados por el Señor en esta Iglesia diocesana de Canelones para participar en uno de los acontecimientos más trascendentes para la vida de una diócesis, como es recibir y ordenar al nuevo Pastor que Jesús, el Obispo y Pastor de nuestras almas le entrega.

 

Saludo a todos los hermanos Obispos presentes: al Sr. Nuncio Apostólico quien representa al Papa entre nosotros; saludo a Mons. Orlando Romero, quien apacentó la diócesis en estos últimos años. Saludo a todos los hermanos y hermanas de esta Iglesia sufragánea de la Provincia eclesiástica de la R.O.U.

 

Un saludo cordial y fraterno para ti, querido Alberto, hermano Obispo, llamado a integrar el Colegio Episcopal que sucede al Colegio Apostólico. Celebrar esta Eucaristía en la que vas a recibir la plenitud del sacramento del Orden que te hace sucesor de los Apóstoles es ciertamente un acontecimiento de gracia, de alegría y de responsabilidad, que compartimos con todos los hermanos y hermanas que formamos el Pueblo de Dios.

 

Percibimos en lo más profundo de nuestro ser que por nuestro ministerio es Jesús, el Señor, nuestro Buen Pastor quien está real y personalmente presente para pedir desde el Padre el don del Espíritu y marcarte con su sello imborrable de discípulo configurado a Cristo Pastor, Cabeza de la Iglesia.

 

Él nos ha hablado a través de las Escrituras proclamadas en este quinto domingo de cuaresma, en la proximidad de la celebración de la santa semana que culminará con la Pascua. Entre los múltiples aspectos que podríamos analizar, quisiera detenerme en dos, que seguramente iluminan dimensiones fundamentales y perennes del ministerio episcopal.

 

 

1. JESÚS LLORA FRENTE A LÁZARO, SU AMIGO MUERTO.

2. JESÚS SE PROCLAMA LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

 

En primer lugar: JESÚS LLORA.

 

¿Cómo entender este llanto? ¿Qué valor tiene? Puesto que, aquí, quien llora es totalmente hombre y personalmente: ¡Dios!

 

Leemos en la Carta a los Hebreos:

 

"habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente" (5, 7). Para la carta a los Hebreos - comenta el Papa Benedicto XVI - el elemento esencial de nuestro ser hombre es la COMPASIÓN, ES EL SUFRIR CON

LOS DEMÁS.

 

[...1 Como Obispos "entramos como Cristo en la miseria humana, la tomamos con nosotros, vamos a las personas sufrientes, recogemos en nosotros mismos la "pasión” de nuestro tiempo, de nuestras diócesis, de las personas a nosotros confiadas. Estamos inmersos en la pasión del mundo y, con la ayuda de Cristo y en comunión con Él, debemos intentar transformarlo, y llevarlo lacia Dios”.

 

Jesús llora ante la tumba de Lázaro. Está realmente tocado interiormente por el misterio de la muerte, por el terror de la muerte. Jesús es puesto a prueba y se confronta hasta lo profundo de su alma con este misterio, con esta tristeza que es la muerte, y llora.

 

Las lágrimas de Cristo, son la expresión de los padecimientos de toda la humanidad de todos los tiempos. No están al lado de su gran misión. Precisamente, de esta forma Él ofrece el sacrificio. Él es el Redentor del hombre y actúa como Sumo y Eterno Sacerdote.

 

En este sentido, nuestra misión episcopal, nuestro servicio sacerdotal, tampoco se limita al acto cultual de la Santa Misa, en el que todo es puesto en las manos de Cristo. Toda nuestra compasión hacia el sufrimiento de este mundo tan alejado de Dios, es acto sacerdotal. "En este sentido – sostiene el Papa Benedicto XVI - me parece que debemos entender y aprender a aceptar más profundamente los sufrimientos de la vida pastoral, porque precisamente esto es acción sacerdotal, es mediación, es entrar en el misterio de Cristo, es comunicación con el misterio de Cristo, muy real y esencial, existencial y también sacramental".

 

"Jesús oró fuertemente, con gritos y con lágrimas, a Dios que podía salvarlo de la muerte, y por su pleno abandono, fue escuchado (cfr. 5, 7).

 

¿Fue escuchado? Pero, ¿cómo?, ¡si murió!

 

Escuchado en el sentido más profundo – lo subrayó el padre Vanhoye – quiere decir que 'fue redimido de la muerte", pero no en aquel momento,  para aquel momento, sino para siempre, en la Resurrección: la verdadera  respuesta de Dios a la oración de ser redimido de la muerte es la  Resurrección, y la humanidad es redimida de la muerte precisamente en  la Resurrección, que es la verdadera curación de nuestros sufrimientos,  del misterio terrible de la muerte.

 

De este modo, Cristo transforma las lágrimas de la humanidad en sacerdocio. Y VENCE LA MUERTE CREANDO RESURRECCIÓN.

 

2. YO SOY LA RESURRECCSON Y LA VIDA

 

El llanto de Cristo es real, pero no es la última palabra. El grito de la vida derrota definitivamente la amargura y la tristeza de la muerte: ¡YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA. QUIEN CREE EN Mí VIVIRÁ PARA SIEMPRE!

 

La resurrección de Cristo y en El nuestra propia resurrección es el exponente infinito aplicado al ser humano y a toda la historia.

 

¡YO SOY LA RESURRECCIÓN! ¡Y USTEDES SON MIS TESTIGOS!

 

Si todo el pueblo de Dios está llamado a dar testimonio de Cristo resucitado, los Apóstoles y sus sucesores lo somos a título particular. Los Obispos, por voluntad explícita de Jesús, el Buen Pastor, son TESTIGOS CUALIFICADOS. Jesús, llama y consagra con su Espíritu a los Doce y a quienes les suceden, para que en ellos, EL, siga siendo el Pastor, el Obispo que apacienta a su pueblo.

El episcopado no es una delegación burocrática funcional, es ante que nada MISTERIO, que en su expresión más acabada es el mismo VERBO ENCARNADO, MUERTO Y RESUCITADO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE DE LA NUEVA Y ETERNA ALIANZA.

 

 

Alberto, al ser ordenado Obispo entras a. formar parte del COLEGIO EPISCOPAL, que sucede al COLEGIO APOSTOLICO.

 

Es característica del MINISTERIO APOSTÓLICO SER TESTIGOS MINISTERIALES DEL RESUCITADO, SIENDO SUCESORES DE LOS APOSTOLES, EL ESPIRITU NOS HACE TESTIGOS APOSTÓLICOS DEL RESUCITADO.

 

AQUí, no hay NADA DE FUNDAMENTALISMO FIDEISTA. ¡Es purísimo kerigma apostólico!

 

Efectivamente los Apóstoles identifican su misión con este testimonio:

 

·                     Ya se lo había anunciado Jesús: "Recibirán una fuerza cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra-(He 1, 8).

 

·                     "A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. [...] Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien ustedes han crucificado" (Discurso de Pedro en Pentecostés. Hc. 2,32.36). 

 

·                     "Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron que dejaran en libertad a un asesino; mataron al jefe que lleva a la vida. Pero Dios le resucitó de entre los muertos; nosotros somos testigos de ello" (Discurso de Pedro después del milagro del tullido en la puerta del templo. Hc 3, 14-15).

 

·                     Lucas 24, 46: "Y les dijo: 'Así está escrito: que Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día […] 48: Ustedes son testigos de estas cosas".

 

·                     "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hc 4,21) dijeron Pedro y Juan ante el Sanedrín.

 

·                     Hc 4,33: "Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder".

 

·                     "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y nosotros somos testigos de estos hechos, y también el Espíritu Santo que ha dado a los que le obedecen" (He 5, 27-32).

 

·                     "Después de haberlos azotado les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y los dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por su Nombre. Y además ni un solo día cesaban de enseñar en el Templo y por las casas y de anunciar la Buena Nueva de que Jesús es el Cristo" (Hc 5, 40-42).

 

 

QUERIDO ALBERTO, ERES OBISPO. UNGIDO POR EL ESPÍRITU SANTO ERES TESTIGO DE CRISTO RESUCITADO.

 

Como Sucesores de los apóstoles estamos llamados a servir a Dios y a la Iglesia en el mundo haciendo nuestro el testimonio de Cristo resucitado de los apóstoles:

 

-           ellos lo vieron,

-           nosotros también: en la intimidad de la oración;

 

-           ellos lo oyeron, nosotros también: en la escucha de la Palabra;

-           ellos lo tocaron,

 

-           nosotros también, en los pobres y abandonados;

-           ellos comieron con Él, nosotros también, en la Eucaristía.

 

Nuestra mirada puesta en la resurrección de Cristo, lejos de apartarnos de los gozos y tristezas de los hombres, nos los hace asumir con la máxima profundidad y radicalidad:

 

Hemos contemplado en el evangelio de hoy como Jesús frente a la tumba de Lázaro, hace suyo el sufrimiento de sus hermanas Marta y María. Y llora. Sufre de verdad, como se sufre cuando se pierde un ser querido.

 

Hacemos una doble constatación: por un lado, subrayamos el hecho por el que Jesús se proclama la resurrección y la vida no en las bodas de Caná, sino frente a la tumba de su amigo y rodeado por sus hermanas que lo lloran muerto. Nuestro testimonio apostólico de la resurrección de Cristo tendrá que hacerse presente, además que en la Vigilia pascual, también en los momentos de dolor y de angustia de nuestros hermanos.

 

Por otro lado, no cabe duda, que para poder hacer presente a Cristo resucitado en las catástrofes de Haití y de Chile — entre otras - la mejor premisa es experimentar su presencia en esa Eucaristía que Él mismo nos manda hacer en conmemoración suya.

 

María, la Madre de Jesús, no sólo estuvo en Belén, sino también en los distintos momentos de la vida pública de su Hijo: estuvo en Caná, pero también bajo la Cruz.

En Caná hizo que Jesús transformara el agua en vino; al pie de la Cruz une nuestras lágrimas a las suyas y las pone en el cáliz de la sangre de Cristo para la redención del mundo. La Virgen de los Treinta y Tres, metida en las entrañas de nuestra historia, nos acompaña en nuestro servicio pastoral como Madre y Reina de los Apóstoles, como Madre de la Iglesia, Madre de la Patria.

 

Todos sabemos que Artigas, el prócer de la Patria, tenía una robusta fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía. Baste recordar su actitud al recibir el santo Viático antes de su muerte. El nos recuerda a los católicos todos, particularmente a quienes sirven en las estructuras de la educación, de la cultura y de la política, que la separación de la Iglesia del Estado representa la mejor oportunidad social para brindar, en un contexto de auténtica y positiva laicidad, el testimonio entusiasta en favor del Cristo vivo resucitado en medio de nosotros, dando vida a toda la sociedad.

 

¿Cómo no recordar el testimonio apostólico de Mons. Jacinto Vera, el primer Obispo y Padre de la Iglesia en nuestro Uruguay? Con sus virtudes heroicas de Pastor nos ha dejado el testimonio de Obispo discípulo misionero, martirizado, como Cristo, por su pasión apostólica y glorificado, como Cristo, en la resurrección del Reino eterno de Dios.

 

Tú, Alberto, has elaborado con gran cariño, dedicación y esfuerzo esa POSITIO, trabajo que recoge todos los datos de la persona de Mons. Vera, y que representa un paso más en su camino hacia los altares. En este día tan especial para ti, al desearte un fecundo ministerio episcopal te encomendamos a ti y nos encomendamos también todos nosotros a nuestro primer Obispo, para llevar a cabo en nuestras diócesis la MISIÓN CONTINENTAL propiciada por Aparecida, a fin de que nuestros pueblos, en Cristo, nuestro Obispo y Pastor, tengan vida y vida en abundancia.

 

 

ARRIBA


Palabras del Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Anselmo Pecorari


 

PALABRAS DE MONS. ALBERTO SANGUINETTI EN EL DÍA DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL

 

 

Sea alabado y bendito Jesucristo.

Sea por siempre bendito y alabado.

 

Con Él y por Él sea alabado y bendito Dios, su Padre, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase bienes del Espíritu Santo en los cielos y nos ha elegido y llamado antes de la creación del mundo a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia con que nos agració en su Hijo amado (cf. Ef1,1-6).

 

Que la unción del Espíritu, el óleo de la alegría, rebose en nuestros corazones, nos una en la caridad y nos vuelva más y más ofrenda agradable a Dios.

 

En este momento, habiendo participado juntos la intensidad de esta celebración, muchos, como es natural, esperan que mis palabras digan algo de lo que el nuevo obispo siente, lo que experimenta y de alguna forma lo que se propone para realizar en el futuro.

 

Y yo, sin embargo, no querría hablar de otra cosa que de Jesucristo, de su verdad, de su amor, de su belleza, que se refleja y se nos comunica en la Santa Iglesia.

 

Sin embargo, espero poder conjugar ambas cosas. Porque, hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, ¡qué hace este pobre hombre, el tercer hijo de Horacio y Rosina, sentado en la cátedra, como Pontífice, en nombre y representación del apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe, Jesús, el Hijo de Dios, que penetró en el santuario del cielo y está sentado a la diestra del trono de la majestad en las alturas (cf. Heb. 3,1; 4,13, 8,10)!, qué hago yo sino ser un instrumento del Señor Jesús, para salvación de su pueblo, para el perdón de los pecados, y para que el pueblo santo, por la ofrenda de su vida, santificada en el sacrificio mismo de Cristo, se vuelva oblación agradable al Padre.

 

Lo primero que quiero decirles, a lo primero que quiero invitarlos es a que reconozcamos el amor de Jesús, por quien fuimos creados, en quien somos salvados, Él que nos da la gracia de ser hijos de adopción y nos conduce al Padre. Él de quien cada uno de nosotros puede decir, con San Pablo: me amó y se entregó por mí (Gal.2,20).

 

De tal manera hemos de conocer y hacer memoria del Jesucristo y de su amor, que en nuestros corazones y en nuestra vida nada se anteponga al amor a Jesús.

 

Y aquí les hago una pequeña confesión. Cuando yo nací y por muchos años el día de mi cumpleaños estaba indicada la memoria de San Francisco de Borja; es por él que me impusieron como segundo nombre Francisco. La lectura de la fiesta era un texto de San Pablo, que yo leía y meditaba con frecuencia y que, con la gracia del Espíritu Santo se fue metiendo en mi corazón: "todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él... para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos". Y agrego lo que sigue: "No que lo haya logrado ya, ni llegado a la perfección, pero yo sigo mi carrera por ver si lo alcanzo, ya que fui alcanzado por Cristo Jesús... Mi única mira es, olvidando las cosas de atrás, y atendiendo sólo y mirando las de adelante ir corriendo hasta la meta" (cf. Fil.3, 8-10).

 

Habiendo ya recorrido la mayor parte de la vida, corriendo hacia delante les digo: miren a Jesús, conozcan en él la realidad y el sentido de la existencia. Nada se anteponga al amor de Cristo, porque Él no antepuso ni su propia categoría de Dios al amor con que se entregó por nosotros y a los tesoros de gracia que derrama en nosotros desde el seno del Padre.

 

La segunda realidad de la que quiero dar testimonio es la Iglesia Santa y Católica. Tomé como lema de mi escudo episcopal: amicus Sponsi. Es el testimonio de Juan el Bautista, que afirma que él no es el Mesías, él no es el Novio que viene a desposarse con la esposa virgen, con el pueblo santo, sino el amigo del Novio, del Esposo, que acompaña a la novia virgen, para las bodas, que testifica la alianza nupcial, que se alegra con inmensa alegría porque el Esposo posea a la Esposa, porque Cristo une consigo a la Iglesia y la llena de gracia y limpia hermosura.

 

En esta perspectiva, guiado por Juan el Bautista, como obispo me confieso siervo humilde de Jesucristo, para que él crezca y yo disminuya, reconociendo, al mismo tiempo, que soy instrumento del que es Señor, que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

 

Hoy, al dar el testimonio de Cristo, uno inseparablemente el de mi amor a la Iglesia, cuerpo de Cristo, Esposa del Verbo de Dios, lavada por la sangre del Cordero, a quien Jesús amó y por quién se entregó para presentarla ante sí sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e inmaculada (cf. Ef.5,25-27). La Iglesia obra de la Trinidad, a la confesamos una, santa, católica y apostólica. La Iglesia que es nuestra Madre, que nos ha engendrado por la fe y el bautismo, fecunda por la gracia del Espíritu Santo, la Iglesia que nos alimenta con la Palabra Divina y el cuerpo y la sangre de Cristo.

 

Por esto, y mucho más, como amigo del Esposo, quiero exhortar a amar a la Iglesia, humana y divina, temporal y eterna, constituida por hombres llamados entre los pecadores y santa y santificadora, que da el perdón de los pecados y la vida eterna.

Al mismo tiempo, mi ministerio episcopal, ha de ayudar a que la Iglesia, la comunidad de los bautizados y creyentes en Cristo, afirmados por el mismo Señor a través del ministerio de los sucesores de los apóstoles, cada vez ame más a su Señor. La Iglesia Esposa, que dice con las palabras del Cantar de los Cantares: "estoy enferma de amor (Cant.2,5)". Y suplica con todas sus fuerzas: "atráeme en pos de ti. Corramos" (Cant.1,3).

 

Yo no puedo sino alegrarme muchísimo de que esta Iglesia de Canelones, tiene el don inestimable de sus cuatro monasterios femeninos, en que las monjas viven y hacen presente a la Iglesia Esposa, dedicada a Cristo su Esposo, y nos recuerdan a todos que el misterio último, es decir, la realidad total de la historia es la unión nupcial del Verbo hecho carne, Jesucristo, con la humanidad reconciliada y vuelta cuerpo de la Esposa, son las bodas eternas del Cordero y de la Iglesia: misterio nupcial que se hace presente en cada Eucaristía y que el obispo debe cuidar y proclamar.

 

La Iglesia, que debe guiar y cuidar el Obispo, ha de ser humilde en todo, reconociendo las debilidades y pecados de sus miembros, a los que llama a conversión y a los que le da el perdón y la vida nueva. Los cristianos no nos asombramos de que haya pecados, porque sabemos de la universalidad del pecado y de la muerte, y confesamos que Cristo vino a salvar a los pecadores, entre los cuales, cada uno con San Pablo, y antes que nada el obispo ha de decir: "y el primero de ellos soy yo" (1 Tim.1,15).

 

Pero, la misma humildad de la Iglesia, la vuelve intrépida en anunciar la gracia de Cristo su Esposa y Señor. Por ello, proclama en todas las plazas del mundo la verdad del Evangelio, con plena libertad apostólica que no recibe como donación de ningún poder humano, sino de Dios mismo, libertad que la obliga a ir hasta el martirio en la confesión del nombre de Jesucristo.

 

Con esa misma humildad la Iglesia no puede dejar de reconocer lo que Dios obra en Ella, que Cristo glorioso, que ha recibido del Padre todo poder en el cielo y en la tierra, asocia consigo a su Esposa, que es su Cuerpo y por medio de ella, salva al mundo, que la ha constituido Señora y Reina, y columna y fundamento de la verdad.

 

Respetando la libertad de cada hombre, la Iglesia proclama la total verdad sobre Dios y sobre el hombre: esa es su misión, ese es su servicio al hombre, a los pueblos.

 

Llamando a los hombres a la obediencia de la fe, la Iglesia, y de un modo particular el obispo, ha de enseñar con palabras y con hechos, que la máxima obra del hombre es adorar a Dios, y que el principio, el centro y la cumbre de toda la actividad y cultura humana está en la recta adoración del Padre, por Jesucristo en el Espíritu. En este sentido, el culto y la liturgia de la Iglesia Católica no son ni un adorno, ni un mero gusto cultural, sino la más plena verdad y realización de la existencia. La Iglesia, el Pueblo de Dios, es un pueblo consagrado al culto del Dios vivo, como culto público y cósmico.

 

Ahora me vuelvo hacia ti, Iglesia de Canelones, con su presbiterio y sus diáconos. Mi Iglesia, la que me ha sido personalmente confiada. Les abro mi corazón con las palabras de San Pablo: desde el día de mi nombramiento yo no dejé de rogar por ustedes, y de pedir que lleguen al pleno conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que vivan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios; confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, para toda constancia en el sufrimiento y paciencia; dando con alegría gracias al Padre que los ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz (cf. Col. 1,9-12).

 

Al recibir esta cátedra de la Iglesia de Canelones, recibo el testimonio de su fe y perseverancia en el servicio del Evangelio, la multitud de personas y trabajos que enriquecen a esta diócesis. La presencia de ustedes aquí testifica la unción del Espíritu que han recibido, como para poder reconocer en este hombre, al enviado del Señor. Agradezco de un modo particular las múltiples deferencias que ya he recibido, en especial por parte de los sacerdotes, resumidas en el cáliz que me han regalado, con el que hemos celebrado la alianza nueva eterna. Entre las riquezas de esta Iglesia está la huella que dejó el modelo de pastores, el Siervo de Dios Jacinto Vera, cuyas reliquias están en esta Catedral. Él mismo, en su ardiente celo pastoral, llevó adelante las obras de la entonces iglesia parroquial de Guadalupe y pudo abrirla al culto. Sea él mi maestro, mi guía y mi sostén.

 

Para que nos sintamos más vinculados yo y ustedes los miembros de esta diócesis canaria, me da mucho gusto evocar, aunque sea sucintamente las raíces familiares que me relacionan con esta tierra y esta sociedad. Por el lado materno, Don Juan Montero, el primero de esta familia que llegó de Galicia, como artillero del Rey, ya se había afincado en esta zona en 1773. Ya fundada la Villa de Guadalupe, aquí casó en 1800 con una hija de San Juan Bautista, hoy Santa Lucía, descendiente de fundadores de Montevideo, con quien tuvo sus hijos. Colaboró pecuniariamente con las colectas del Cura Párroco para el ejército artiguista antes de la batalla de Las Piedras, y aquí murió y se realizaron sus exequias en 1817. En esta ciudad, nació mi tatarabuelo, ya criollo y fue bautizado en 1810. Él también casó con una hija de San Juan Bautista, descendiente de fundadores de esa villa. Fue él amigo del Siervo Jacinto, que frecuentaba la casa.

 

Permítanme también recordar que por el lado de mi padre estoy íntimamente relacionado con la actual ciudad de la costa. Cuando eran arenales que se movían con los vientos, yo de niño recorrí parte de esa zona a caballo con mi padre, cuando se intentaban plantar pinos, para fijar las arenas y poder abrir las calles. En esos parajes, recibida después de varias generaciones, tengo desde hace 25 años mi casita, de modo, que al menos temporariamente soy feligrés de esta diócesis desde tiempo atrás.

 

Estas alusiones familiares, me invitan a recordar la presencia histórica de la Iglesia en esta tierra, en nuestra patria. Ahora que, con las hermanas repúblicas americanas, nos aprestamos a los festejos de los 200 años del proceso de la independencia, cabe que recordemos a aquellos cristianos católicos, que en sus tareas temporales se entregaron a esa causa. Conviene acordarse de tantos clérigos, que sostuvieron la causa criolla, pero es también necesario traer a la memoria la entrega de los laicos, a quienes competen especialmente los asuntos temporales, que trabajaron uniendo su patriotismo y su fe. Como un gesto concreto de su amor al culto católico, cabe mencionar hoy y aquí que el Gral. José Artigas, en plena resistencia a la invasión portuguesa, ordenó que se entregaran los diezmos de esta zona a D. Tomás de Gomensoro, para la obra de esta misma iglesia que el celoso cura párroco comenzó en 1816.

 

La Iglesia Católica, como institución, con su fe, su cultura y sus obras, por todos sus miembros, tanto del clero, religiosos, religiosas y laicos, tiene una presencia señera en la historia nacional que es preciso y justo conocer, y también hacer conocer e integrar más vivamente en la conciencia y la vida de la Nación.

 

Iglesia de Dios, Iglesia de Canelones, hermanos míos tan queridos, les he hablado con toda franqueza; mi corazón se ha abierto de par en par (cf. 2 Cor. 6,11). Decía San Juan Crisóstomo, que cuando la caridad se goza, allí se da la fiesta. Cierro esta reflexión sobre esta gran fiesta de hoy, con las palabras del himno litúrgico: Donde la caridad es verdadera, allí está Dios. Y también, cuidemos que no nos dividamos en el corazón, porque nos ha congregado en la unidad, Cristo Dios.

 

Sólo me resta dar gracias. Discúlpenme que lo hago muy brevemente.

 

Gracias a Dios, nuestro Señor: lo hemos hecho ofreciendo la Eucaristía. Gracias a la Santa Iglesia, todo el bien que les pueda dar, de ella lo he recibido. En particular gracias al Papa Benedicto, que me nombró para este ministerio. Agradezco al Señor Nuncio Apostólico, Mons. Anselmo Guido Pecorari por sus atenciones, al Arzobispo de Montevideo, en quien permítanme que salude a esa Iglesia, que es mi Madre, a sus fieles y su presbiterio, a Mons. Orlando Romero que ha servido por años esta Diócesis, a Mons. Carlos Collazzi y en él a toda la Conferencia Episcopal del Uruguay.

 

Soy hombre de muchos amigos, y de amistades duraderas. No puedo referir una lista completa, pero quiero nombrar especialmente, a quienes viniendo de más lejos, personifican amistades de más de cuatro décadas: Mons. Marcelo Martorell, obispo de Puerto Iguazú en Argentina y Mons. Carlos Suárez, de México, que nos trae la comunión especial con las tierras que visitó la Virgen de Guadalupe.

 

Gracias a todos los que de una y otra forma se hicieron presentes y me manifestaron alegría, consuelo, comunión en esta nueva responsabilidad que me ha sido conferida.

Gracias a ustedes los aquí presentes, los que conozco desde hace años, los que no me conocían personalmente, pero han venido por su fe en el misterio del obispo.

 

Quiero agradecer a mi familia presente, la que no puedo venir, y los que ya fueron llamados por Dios: muchos, espero, estarán acompañando en la comunión de los Santos.

 

Muchísimas gracias a todos los que en estos días me rodearon de afectos, que se alegraron en el Espíritu, que me hicieron vivir una profundísima comunión. Quiero agradecer muy especialmente a los que colaboraron antes y ahora para que fuese posible esta celebración.

 

Muchas gracias, porque aunque no soy el Esposo, sino el amigo del Esposo, ustedes me tratan como a Él mismo, reconociendo en el obispo al que es sacramento personal de Cristo, Cabeza y Esposo, como lo señala precisamente el anillo que ha sido puesto en mi mano, al que los fieles solían llamar `la Esposa'. Y yo, créanme, que así como los quiero entrañablemente y los llevo conmigo, me dejaré querer por ustedes.

 

Que Santa María, la Virgen Madre de Dios, la que es nuestra capitana en los combates de la fe y guía en la esperanza y la caridad, la que es madre y patrona de esta Iglesia de Canelones con el dulce nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, a todos nos proteja, nos sostenga y nos guíe hacia Cristo Jesús.

 

"A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén  (Ef.3,20-21).

 

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Galería de imágenes

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Explicación del escudo episcopal

 

En el cuartel superior derecho: la corona de la Virgen de los Treinta y Tres en oro, sobre campo de azur.

 

Representa a la Virgen María, madre, socia de Jesucristo y reina, agraciada por Dios, que por su inmaculada concepción y por su gloriosa asunción participa plenamente de la gloria de Jesucristo, El oro es luí y vida imperecedera, propia de Dios y de Jesucristo resucitado, y por gracia dada a María. Asimismo María personifica a la Iglesia Santa, Esposa inmaculada, llamada a las bodas eternas, en el ámbito celestial y divino significado en el color azul La Madre de Dios es invocada como patrona del Uruguay, con el histórico título de Virgen de los Treinta y Tres. A su servicio el nuevo obispo dedicó muchos años.

 

Con su título de Nuestra Señora de Guadalupe María es reconocida como patona de América y su imagen coronada es fundadora de la ciudad de Canelones y titular de su Iglesia Catedral.

 

En el cuartel superior izquierdo: una flor de Jacinto sobre campo de gules (rojo).

 

Representa al Siervo de Dios, Mons. Jacinto Vera, primer Obispo de Montevideo, modelo de santidad y de pastor fiel, padre v patriarca de la Iglesia en el Uruguay. A su vez los tres Colores indican la vida divina que el Espíritu Santo infunde en la Iglesia peregrinante, guiada por la luz de la fe (blanco), ardiente en la caridad hacia Dios y al prójimo (gules, rojo fuego) y sostenida en la perseverancia y las pruebas por la esperanza de Dios y en Dios (verde).

 

En el cuartel inferior: la Iglesia Catedral de Canelones sobre campo de plata.

 

Siendo Cristo luz de las naciones, como el sol sobre la luna, resplandece sobre el rostro de la Iglesia, que está congregada en esta Iglesia local de Canelones: en ella verdaderamente está y obra la única Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica v Apostólica; para ella el Obispo es consagrado sacramento de

Jesucristo, Sumo Sacerdote, Testigo de la Verdad, Cabeza y Esposo.

 

Timbre: la cruz gloriosa.

 

Hace presente a Jesucristo, muerto, resucitado, glorificado. La cruz es el símbolo de la bienaventurada pasión del Hijo y Siervo de Dios, que nos redime por su preciosa sangre. El oro, luz incorruptible, manifiesta a Cristo resucitado, entronizado a la derecha del Padre, que vive y reina como Señor, Salvador, Juez. Las cinco llagas en piedra, firmeza y luz, significan el carácter perpetuo del sacrificio de la cruz, que Jesús, Hijo de Dios, ofrece continuamente ante el Padre en el santuario de la Jerusalén celestial, al que une a la Iglesia en el Sacrificio de la Misa por medio del ministerio sacerdotal. 

 

El lema: amicus Sponsi.

 

Jesús es el Mesías divino, que, como Esposo se entrega por la Iglesia, para hacerla su Esposa santa e inmaculada. La alianza nueva y eterna, entre Dios y los hombres, es una alianza nupcial, entre el I lijo do Dios hecho hombre y la humanidad convertida por la gracia en Iglesia, Esposa y cuerpo de Cristo. Esta alianza, a la que se entra por el bautismo, se actualiza en el banquete nupcial de la Eucaristía, participación del eterno banquete de bodas del Cordero.

 

Juan el Bautista, que no es el Mesías, se define a sí mismo como “amigo del novio-esposo”, que viene a desposarse con su pueblo: a el lo anuncia y se alegra plenamente de que Jesús posea a su esposa la Iglesia.

 

El Obispo hace presente a Cristo Esposo, y su ministerio está al servicio del desposorio virginal de la Iglesia con su Señor. Pero, a su vez, no es el esposo, sino el que lo sirve con amor, el amigo del novio, que se alegra de que se realice y viva el misterio nupcial del Esposo y la Esposa.

 

INVITACIÓN
 

Monseñor Alberto Francisco María Sanguinetti Montero, tiene el agrado de participarle (s) que S.S. Benedicto XVI lo ha elegido para el ministerio de Obispo de Canelones, y lo (s) invita a acompañarlo en la Santa Misa de su ordenación episcopal, que tendrá lugar en la Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de Canelones, el sábado 20 de los corrientes.

 

Montevideo, Marzo de 2010

 

http://www.canelones.diocesis.ws/sanguinetti.htm

HORARIOS DEL 20 DE MARZO

10:00 hs- Recepción de Mons. Alberto Sanguinetti de Canelones en la Plaza 18 de julio.

16:15 hs- Rezo de I Vísperas del V Domingo de Cuaresma.

17:00 hs- Santa Misa de ordenación episcopal.

Ordenante principal: Mons. Nicolás Cotugno Fanizzi, Arzobispo Metropolitano de Montevideo.

Obispos ordenantes: Mons. Orlando Romero Cabrera, obispo emérito de Canelones; Mons. Carlos María Collazzi, obispo de Mercedes y Presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay; Mons. Anselmo Guido Pecorari, Nuncio Apostólico en el Uruguay; Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú; todos los Sres. Obispos presentes.

 


Escriba su mensaje y saludo al Nuevo Obispo
 

EL 20 DE MARZO SERÁ LA ORDENACIÓN EPISCOPAL Y ASUNCIÓN DEL DEL OBISPO ELECTO DE LA DIÓCESIS DE CANELONES, MONS. ALBERTO SANGUINETTI

 

El Pbro. Alberto Sanguinetti Montero nombrado por el Papa Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de Canelones el pasado martes 23 de febrero, recibirá la consagración episcopal y tomará posesión de dicha circunscripción eclesiástica el 20 de marzo, a las 17 hs, en la Catedral de Canelones

 

El Pbro. Sanguinetti es oriundo de Montevideo y hasta ahora se desempeñó como miembro del Consejo Presbiteral Arquidiocesano de Montevideo, Párroco de la Parroquia “Nuestra Señora del Carmen” (Cordón) y docente de la Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. 

 

EL ANUNCIO DE MONS. ORLANDO ROMERO

 

Mons. Orlando Romero, quien presentara su renuncia al Papa como Obispo de la Diócesis de Canelones al llegar al límite de edad para el cargo, fue designado por el Santo Padre Administrador Apostólico de la Diócesis hasta la toma de posesión del nuevo Pastor.

 

A primeras horas de la mañana del 23 de febrero se dirigió a través de una carta a la comunidad diocesana para anunciar “con profunda gratitud al Señor y al Santo Padre, Benedicto XVI” la designación Mons. Alberto sanguinetti como nuevo Obispo de Canelones. Expuso total adhesión al nuevo Obispo a la vez que lo saludó con “filial afecto”:’ “Bendito el que viene en el nombre de Señor”’.

 

Señaló que ese día en la Catedral y en todos los templos y capillas de la Diócesis de Canelones se tocarían a vuelo las campanas al mediodía y al atardecer. Manifestó, asimismo, que en las celebraciones Eucarísticas todas las comunidades parroquiales se unirán en la Oración por el Obispo, propuesta en el Misal Romano, hasta la fecha de su Ordenación Episcopal y toma de posesión de la Diócesis:

 

                                               “Dios y Pastor eterno de tus fieles,

                                               que gobiernas a la Iglesia con providencia y amor;

                                               haz que tu hijo ALBERTO,

                                               a quien pones al frente de tu pueblo                    

                                               para presidirlo en nombre de Cristo,

                                               sea maestro fiel de la verdad,

                                               sacerdote digno de la sagrada liturgia

                                               y guía seguro de tu pueblo santo.

                                               Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén”

 

                                              

Mons. Romero se hizo portador, asimismo,  del primer mensaje  del Obispo electo a sus diocesanos (nota aparte).

 

LA DIÓCESIS DE CANELONES

 

La Diócesis de Canelones, erigida por mandato del Papa Juan XXIII el 25 de noviembre de 1961, abarca el departamento de Canelones y alberga a unos  514.616 habitantes. Su primer Obispo fue Mons. Orestes Nuti (1962-1994), siguiéndole Mons. Orlando Romero. Con este nombramiento, el P. Sanguinetti se convertirá en el tercer Obispo de la Diócesis.

 

A partir de la toma de posesión del  nuevo Obispo, la Conferencia Episcopal del Uruguay pasará a estar conformada por 9 Obispos Diocesanos (uno de los cuales es, además, Administrador Apostólico de Minas),  2 Obispos Auxiliares (Montevideo y Canelones)  y 4 Obispos eméritos (2 en Melo, 1 en Florida y 1 en Canelones).

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Entrevista publicada en el Quincenario “Entre Todos”, edición Nº 224.

 

 

CONFESIONES DEL NUEVO OBISPO DE CANELONES

“Dios me ha regalado una maleabilidad de adaptación muy grande”

 

En esta entrevista con el Pbro. Alberto Sanguinetti, el lector como que se sienta a conversar con un sacerdote amigo que tiene una muy vasta y rica trayectoria.

En diálogo cordial con el entrevistador, expresa sus sentimientos, las expectativas con las cuáles va a asumir el gobierno de la Iglesia local que le será confiada; repasa su trayectoria en nuestra Iglesia, sea en las diversas comunidades a las que sirvió como párroco, en el plano de la docencia teológica en el Instituto y luego Facultad de Teología; nos habla de su empeño en la difusión de la devoción a la Virgen de los Treinta y Tres; de su estudio y trabajo por la causa Mons. Jacinto Vera; de los sacerdotes y pastores que marcaron su vida; y de su verdadero “culto a la amistad”. No faltó ningún tema que los lectores hubieran querido saber.

 

ET-¿Te sorprende este nombramiento?

 

AS-Bueno, uno que es bastante veterano, conoce más o menos las cosas de la Iglesia y por otra parte, con meses, la posibilidad ya se sabía. En ese sentido no me sorprende, aunque…¡en los hechos, sí! Es un cambio. Citando el famoso dicho de Unanumo “Soy yo y mis circunstancias”, en este caso, las circunstancias cambian todo, a una altura de la vida en que uno no está tan maleable. Cambia el lugar donde vivir, la gente, las responsabilidades, el oficio, todo cambia. Y en ese sentido es una gran novedad. Por otro lado, en el ministerio episcopal, uno va a hacer, lo mismo que hizo siempre, de otra forma, porque uno ya está formado como sacerdote. Bajo este aspecto no es algo tan nuevo; pero sí, las responsabilidades son otras, las relaciones son otras, la presentación ante la gente, es otra. Hay un salto, digamos, cualitativo, porque el episcopado es la plenitud del sacerdocio.

 

ET-Es la plenitud del sacerdocio y el obispo, de algún modo, personifica  toda la Iglesia. Los sacerdotes como miembros del presbiterio y con el obispo, son una presencia de esa personificación del ministerio del obispo, con la cual él apacienta a su Iglesia local entera.

 

AS-Tiene otras responsabilidades: el cuidado del gobierno, de la conducción de su diócesis. El “episcopo” es que mira y cuida como el Buen Pastor a su grey. En ese sentido, es todo distinto. Y aún hacia afuera, la relación con los otros obispos, con las otras iglesias, la relación de la Iglesia particular con Roma. Hace de gozne en una cantidad de relaciones que componen la trama de la comunión eclesiástica.

 

ET-La pregunta puede parecer un poco antipática, pero te la hago igual: ¿Te sentís preparado para el ministerio episcopal?

 

AS-En parte, me siento, dentro de las medidas y los límites humanos, preparado. Yo he ejercido el ministerio pastoral directo, es decirla “cura de almas”, toda la vida, De párroco nomás ya llevo casi 30 años, en distintos medios: Maroñas, Carrasco, Arroyo Seco, Cordón...Con variedad de trato con gentes muy diversas. Después, yo he trabajado en cosas muy distintas, en Pastoral Popular, en docencia, en investigación, en todo lo que ha sido en estos doce años de investigación en torno a Mons. Vera, en quien he visto un modelo de pastor, de Iglesia, ya que fue él que creó esta Iglesia desde sus inicios hasta como la conocemos, la idea del clero que tuvo...Dios me ha regalado -creo poder usarla bien- una experiencia humana y pastoral, hasta una maleabilidad de adaptación muy grande. El mismo clero de Canelones, que va a ser mi clero, no los conté, pero creo que al menos el setenta por ciento ha sido alumno mío. No soy un desconocido, ya los he servido, les he dado clases. Creo que tengo también una trayectoria sacerdotal y cristiana, y...¡alguna madurez por años, aunque sea, también tengo! Bueno, todo ese bagaje me parece que me permite estar bastante preparado para ese ministerio. Las zonas de Canelones las conozco bastante, unas más que otras. Es una diócesis variada, compleja. Yo tengo raíces canarias, tanto por el lado paterno como materno. No es que fuera al África o algún otro lugar que no conozca nada. Al contrario.

 

ET-Tu nombre está muy ligado a la Facultad de Teología, como docente, como ex Rector. ¿Qué nos puedes decir de esta veta de tu persona?

 

AS- En la Facultad de Teología, primero estuve como docente del Instituto de Teología muchísimos años. He dado muchos tratados: Vida cristiana, Gracia, Virtudes, además de haber ido a congresos y encuentros. Es decir, tengo una preparación teológica más que media. Después, desde el punto de vista más así organizativo, integré varios consejos, fui el que armé todo, desde el punto de vista económico, administrativo, para la erección por parte de la Santa Sede, de este Instituto en Facultad de Teología y luego su reconocimiento por el Estado como Instituto Universitario. Fue el año 2.000. ¡Aunque sea por eso pasaré a la historia como el primer rector de la Facultad de Teología! Siempre me importó que creciera el nivel intelectual del laicado, del clero, de la Iglesia, ayudando a crear instituciones para ello, porque nosotros, un poco porque la Iglesia en Uruguay es débil, un poco quizás por esa idiosincracia, tendemos a no crear las instituciones y así las cosas se hacen a impulsos y luego se desinflan. En cambio, las instituciones permanecen. En ello estoy trabajando muchísimo; he dado cursos a distintos niveles, cursos básicos, licenciaturas, investigaciones, etc.

 

ET-También publicaciones.

 

ET-Sí. Tengo publicaciones de distinta índole. Prácticamente todos los años he publicado uno o dos artículos de investigación. He publicado también en distintas partes, tanto aquí como en Europa, en Argentina.

 

AS-Otra faceta tuya ha sido el trabajo en Pastoral Popular con la Virgen de los Treinta y Tres. Contános un poco.

 

AS-Ya en Santa Rita había trabajado en Pastoral Popular. Pero después, la Virgen de los Treinta y Tres se me metió en la vida, porque yo no lo tenía registrado ni mucho pensado. No voy a hacer la historia de cómo surgió porque es muy larga. También aquí tuve que estudiar el por qué de esta devoción, qué sentido tenía y qué se podía hacer para fomentarla. Y así, desde el 92, 93, a Ella me entregué, desde la parte más mínima: hacer estampas, medallas, oraciones que no había. La Casa del Peregrino en Florida. Saqué opúsculos diversos sobre historia, su teología, descripción del Santuario y de su imagen. Es decir, toda una parafernalia necesaria para que una devoción a la Virgen pudiera acrecentarse. En la casa del Peregrino vino la Hna. Noemí para darle una gran continuidad. También yo llevé, con la anuencia del Sr. Obispo, la Virgen que estaba en la capilla lateral de su Santuario al camarín central donde está ahora, ayudé a que se declarara Santuario Nacional. La súplica a la Virgen que es una oración teológica, muy importante. Trabajé mucho en el Festival de los artistas “Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres” que ha ayudado a la difusión de la devoción a la Virgen. En el Santuario hay que trabajar bastante más para que la gente vaya, no solamente a la peregrinación nacional, sino tener el hábito de llevar los hijos a Florida; después de casarse ir a Florida, por lo que sea ir a Florida, los grupitos, las familias, las personas para crear ese río que desemboque allí. Después llevé la imagen a Roma, a la Basílica de los Santos Apóstoles, donde le encontré un lugar que es un poco la capilla uruguaya en Roma, hice hacer una réplica para llevar al Santuario de Nazareth, donde hay representaciones de la Virgen de todos los países. Cuando fue la peregrinación del año 92, en la cual la imagen histórica recorrió todo el país, ahí fui a dar charlas preparatorias a muchísimos lados. Creo, además, que es una bendición la misma imagen y su historia; así como también es una bendición, que no esté en Montevideo, que sea más de todo el país, estando en Florida.

 

ET-¿Y de la causa de beatificación de Mons. Jacinto Vera?

 

AS-Yo ya estuve en la Comisión que se formó para el centenario de su muerte en 1981. Se hicieron muchas cosas, entre ellas, una oración que redacté yo. Pero siempre estaba ese escollo del proceso, que ya llevaba más de medio siglo que no había quien escribiera la “positio”, ese alegato histórico y jurídico, formal, que normalmente necesita una persona que se dedique añosa eso. Y hace 12 años, aquí en la sacristía del Cordón, Mons. Gottardi que estaba para la celebración de los 80 años del P. Vidal, me llamó aparte a un rinconcito y me dijo que tenía que hacer la “positio”. Yo me resistí, diciéndole que era un trabajo enorme, que tenía que ser un historiador, que no era mi especialidad. Pero al final me lo impuso y empecé despacito, de a poco.¡Sabía que era difícil pero no sabía que era tanto! Hice un esquema, lo mandé a Roma, fui a consultar como se hacía. Resultó un trabajo enorme, tengo más de 4 mil documentos estudiados y bueno...cuando llegue, porque creo que llegará, porque es imprescindible la beatificación y canonización de Mons. Vera, para mí va a ser el acto pastoral más importante, porque va a ser un elemento de evangelización permanente. Estoy muy contento porque la parte más difícil que es la biografía ya está terminada, el primer tomo ya lo tengo en PDF para imprimirlo y el segundo para las últimas revisiones.

ET-¿Ahora, siendo obispo de Canelones, vas a poder terminarlo?

 

AS-Sí, voy a terminarlo. Buscaré alguien que me ayude y bueno, lo haré más lento, pero hay que terminarlo. Espero dentro del año y un poquito más. La historia documentada van a ser más o menos 1.500 páginas.

 

ET-¿Se va a publicar? ¡Mirá que estamos ansiosos por leer todo esto!

 

AS-Cuando se haga la positio, sí. Voy a entregar unos 50 o 60 copias a Roma y voy a mandar a imprimir otras más para bibliotecas y para que quede acá como una fuente documental enorme. Aún para la Historia Nacional, porque hay cosas que se dicen y se repiten en todos los libros, en Ardao, en una obra de Pivel Devoto, que son erróneas. Repiten una cosa y otra es una lectura no hecha, con los elementos propios, empezando por el Derecho Canónico. En cosas que Mons. Vera hacía, le ponen intenciones que no son; él hacía lo que tenía que hacer según su oficio. Hay dimensiones enteras de Mons. Vera que no se conocen. Por ejemplo: su entrega impresionante a las religiosas, de atenderlas personalmente, de ir a confesarlas. Muchas otras cosas de su persona que tampoco se conocen. Por ejemplo, el humor. Hay un libro de Barrán que pone: “el gesto y el rostro adusto de Mons. Vera” (!).¡Si algo dicen todos, era lo jovial, lo bromista, lo alegre permanente que era! Otro aspecto es la fama de santidad ya en vida.¡No es que tenemos que “adornarnos” un personaje para santo, porque es bueno tener un santo! Todos sus contemporáneos así lo consideraban. Además era el hombre más popular de la segunda mitad del siglo diecinueve en Uruguay. Por lejos, aún para la historiografía nacional tendría que estar como el hombre más popular y más querido del país, incluso el que lo recorrió más, el que estaba más cercano a todo el mundo. La manifestación más grande el país, fue cuando su muerte. Hay toda una época de la Iglesia que yo la tengo viva, porque leí las cartas y conozco el carácter, hasta sus momentos de mal humor. Todo ha sido muy enriquecedor para mí. ¡Lo tengo adentro a Mons. Vera! Y bueno, voy a Canelones donde él fue párroco 17 años, donde él marcó esa parroquia que entonces abarcaba medio departamento, Santa Lucía, el Tala, etc. Realmente, eso que lo tomé como un acto de obediencia y que me ha costado mucho. ¡Las cosas que no hice por dedicarle tanto tiempo! A veces pienso que no atendí a mi madre, por sacar horitas de acá para allá. “Mamá no puedo ir”, le decía muchas veces, por causa de este trabajo. Pero en fin, creo que fue una bendición de Dios para mí y creo que para la Iglesia en Uruguay. También para formarme como obispo. Yo siempre digo que la Iglesia uruguaya es “jacinta y mariana”.Por Jacinto Vera y subordinadamente por Mariano Soler; digo “subordinadamente” porque Mariano es producto de Jacinto. Los dos se unen y articuladamente, porque Mariano Soler con su aporte propio, fue vocación de Mons. Vera, a quien llama “mi padre y protector”. Son las raíces que Dios nos ha puesto y tener como fundamento de una Iglesia a un obispo santo creo que es un don inconmensurable. Todavía nos falta tomarlo, apropiarlo y trabajarlo, quererlo y hasta ponernos “la camiseta” por él.

 

ET-¿Algunos pastores, sacerdotes u obispos que te hayan marcado?

 

AS-El primero que me acuerdo, de cuando iba a la Sagrada Familia en Pocitos, era el párroco de Carrasco, el P. Ponce de León (Haroldo).Yo empecé allí como monaguillo, acólito en Semana Santa. ¡Ahí uno se da cuenta cómo Dios ya me había metido la vocación! Porque a mí, que me gusta todo, la política y el arte, pero las cosas de Dios y de la Iglesia, ya las iba pescando todas. A mí me puso el roquete del pequeño clero el Arzobispo Barbieri. Tengo todavía la imagen de la Catedral en reformas. Y después, estando en Carrasco, el P. Elizaga que fue, siendo sacerdote joven, como Teniente a la parroquia. Él me llevó al Seminario, donde me visitaba al comienzo. Pero el que me marcó ya como sacerdote, fue el P. Vidal. Yo tuve, con una pequeña discontinuidad,7 años aquí en el Cordón. El párroco era el P. Vidal, de quien yo digo que era como aquello que dijo Jesús de Natanael: “un israelita en el cual no hay dolo”.El P. Vidal era un hombre de una pieza, un sacerdote entero, sabio, prudente, con esa distancia de años que había y más la que parecía, porque él era más joven de lo que yo soy ahora,. Pero en fin, era“¡El Padre Vidal!” Además en aquellos años que eran un poquito turbulentos y de búsqueda, a mí medio mucho apoyo. Realmente nos quisimos bien hasta el final, con esa distancia y con esa cierta timidez de él, pero con una gran franqueza. Tuve también el gusto de poder acompañarlo en su enfermedad y poder velarlo aquí, estando yo como párroco en el Cordón. Yo soy hombre de afectos muy fieles a mis amigos, así como en la época más reciente con José Luis Bonifacino. Yo nunca le dije Pepe, sino su nombre de pila como le decía la madre. Soy de afectos de siempre, de amistades duraderas; es muy difícil que yo deje de ser amigo de alguien. Tiene que traicionarme muy grande y aún así...Como obispo tuve primero a Mons. Barbieri, apenas llegué una vez a verlo siendo seminarista. El que conocí fue a Monseñor Parteli, que fue quien me envío a estudiar a Roma, el que me dio la tonsura antes de irme, para que yo me quedara incardinado en Montevideo, porque yo fui siempre muy de la Iglesia local, todos lo saben. Incluso no me quise ordenar sacerdote en Roma, vine a ordenarme acá. El me ordenó sacerdote y fue el que tuve durante muchos años de sacerdocio. El me escribió la homilía de mi ordenación, que dicho sea de paso, todavía no la devolví al Archivo de Curia. Tengo que buscar donde la tengo. En cambio cuando se ordenaron ustedes, tú, Jorge Eduardo (Faget)y “Palalo” Bonavía, en Corpus del 74, les cuento que, unos días antes estuve con él y yo que soy medio atrevido y digo lo que pienso, le dije: “Monseñor: ¿Va a hacer homilía?“No – me dijo- ¿qué voy a decir si ya está todo en el ritual de ordenación?” Y yo le respondï: ¡Pero Monseñor, se ordenan tres!“Bueno, hace un borrador”, me dijo. Así que esa homilía la hice yo y prácticamente la leyó tal cual. Son esas anécdotas de la vida, esos entrecruzamientos que nunca se saben porque uno no tiene tiempo de escribir. Fue un hombre tímido, como era él, para el trato y a veces uno hubiera querido que estuviera acompañado un poquito más, pero un hombre recto, con capacidad de recapacitar. Ya de seminarista, estando yo en Roma estudiando, él fue un par de veces y yo lo atendí, le hice de chófer, lo acompañé a varios lados y ahí también pude conocerlo más personalmente. Después, por supuesto conocí otros, los obispos auxiliares, Rubio, Scarrone. Con Mons, Gottardi hice muchas cosas con él pero, la verdad, no diría que me haya marcado particularmente en mi vida. Sí en cambio, yo tengo grandes amigos fuera de acá, por el hecho que hice la Teología en Roma. En esa edad de adulto joven, uno hace grandes amistades. Sobre todo dos; uno de Salta, que ahora es obispo de Puerto Iguazú, en Argentina, Marcelo Martorell y otro un obispo mexicano, con quien durante 16 años no nos vimos y mantuvimos la amistad por carta. Yo lo volví a llamar cuando leí en L' Osservatore Romano, que lo habían hecho obispo. Carlos Suárez Cáceres, que ahora es Auxiliar en Morelia.

 

ET-¡Morelia! ¡Pah, nos costó un trasnoche ver el otro día el partido de Morelia con Nacional

 

AS-!Él es un fanático del fútbol e incluso jugaba muy bien al fútbol y da la casualidad que en la Copa del Mundo Uruguay y México estamos en el mismo grupo.

 

ET-Retomá lo que me estabas diciendo, para ir terminando.

 

AS-Como te decía, yo tengo amistades de años y nombro estos dos especialmente, no porque sean obispos ahora, sino porque fueron compañeros míos de estudio, como también soy amigo del obispo chileno Christian Precht, quien ya era sacerdote cuando fue a estudiar a Roma. En fin, soy hombre de amistades de muchos años.

 

CARTA DE DESPEDIDA

 

“LOS AMO DE CORAZÓN”

 

A mis queridos hermanos de la Iglesia de Montevideo:

 

Gracia, perdón y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.

 

Con estas palabras quiero despedirme de todos ustedes, mis hermanos de la Iglesia de Montevideo. Ella es mi madre, en la que fui engendrado a vida nueva por la fe apostólica, el baño del Bautismo y la unción de la Confirmación, en la que continuamente fui alimentado con el pan de la Palabra y la participación en el sacrificio del Cordero inmaculado.

 

Para el servicio de la Iglesia Católica que está en Montevideo entré en el Seminario en 1962, fui incardinado a su clero en 1967, ordenado diácono suyo en 1970 y presbítero de la misma Iglesia el 18 de mayo de 1973 por las manos y la oración de Mons. Carlos Parteli.

 

No voy a mencionar todos los ministerios que se me han encomendado, aunque sí recuerdo especialmente las comunidades a las que estuve adscrito: Nuestra Señora del Carmen del Cordón, la Inmaculada Concepción y San Felipe y Santiago, Nuestra Señora del Sagrado Corazón y Santa Rita de Maroñas, Stella Maris de Carrasco y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso. Entre tantos trabajos no puedo dejar de mencionar la Facultad de Teología del Uruguay, sus funcionarios y alumnos, a quienes dediqué sin dudas muchísimas horas de mi vida: a la mayor parte del clero formado en este país le abrí las puertas de las maravillas de la gracia de Dios.

 

A todos los hermanos que me tocó servir y acompañar, les pido me perdonen lo que por mis fragilidades haya hecho daño o los haya ofendido. Me confío a su caridad para que rueguen por el perdón de mis pecados y, sobre todo, para que el Señor me conceda el Espíritu a fin de que por el ministerio episcopal pueda hacer el mayor bien posible a la Iglesia de Dios. Pero, sobre todo, les agradezco, hermanos míos, su fe en Cristo, que ilumina y da sentido al ministerio sacerdotal, la entrega generosa de tantos fieles laicos, la caridad y la multitud de muestras de cariño que me han dado en la vida.

 

Desbordante ha sido el baño de palabras y gestos de amor, de comunión en la caridad de Cristo y en el alma de la Iglesia, que me han expresado con motivo de mi nombramiento como obispo.

 

Una palabra especialísima a mis hermanos presbíteros de la Iglesia de Montevideo, con el Arzobispo y su Obispo auxiliar. En ese maravilloso presbiterio fui insertado por la ordenación sacerdotal. Mil gracias por toda la vida de servicio, amistad, entrega, gracia y más cosas que podría decir de estos casi 40 años. En estos días, desfilan por mi mente una multitud de imágenes, cargadas de lindísimos recuerdos. Les pido que no se olviden de mí en sus oraciones, especialmente al ofrecer el Sacrificio de Jesucristo. Yo los llevaré siempre conmigo, incluidos aquellos que han sido llamados a integrarse a la liturgia celestial.

 

A todos ustedes, fieles de Cristo, religiosos y religiosas, diáconos, y sacerdotes de la Iglesia de Montevideo los amo de corazón. No se olviden de mí y de la Iglesia de Canelones a la que estoy entregado, y a todos los que puedan los invito a acompañarme en mi ordenación episcopal.

 

Los bendigo con toda mi alma

Alberto Sanguinetti Montero, pbro.

Obispo electo de Canelones

 

 

PRIMER MENSAJE DEL NUEVO OBISPO DE CANELONES A SUS DIOCESANOS

 

“Noche y día le pido insistentemente a Dios poder ver el rostro de ustedes y completar lo que falta a su fe. Que Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús orienten mis pasos hacia ustedes”

 

Queridos fieles católicos de la Iglesia de Canelones:

 

Por estas líneas quiero enviarles un primer saludo a ustedes, mis hermanos en Cristo, a quienes la Providencia de Dios me encomienda, para que cuide y apaciente en su nombre. Sé cuánto han rezado pidiendo a Jesucristo les diera un obispo según su corazón. Confío y estoy cierto de que ahora orarán con mayor insistencia por mí, para que sea un dócil instrumento en las manos del Padre. Y espero que todos los que puedan me acompañarán en la misa de ordenación episcopal.

                                  

Hago mías estas palabras de San Pablo. Queridos hermanos: “Noche y día le pido insistentemente a Dios poder ver el rostro de ustedes y completar lo que falta a su fe. Que Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús orienten mis pasos hacia ustedes. En cuanto a ustedes, que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es mi amor para con ustedes, para que se consoliden sus corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo (1Tes. 3, 10-13)”.

 

A los sacerdotes del presbiterio diocesano les envío un abrazo fraterno, con el ansia de encontrarnos pronto: cuento con su caridad y el deseo común de servir al Señor.

 

Con todos ustedes, queridos diocesanos, me encomiendo a la Madre de Dios, Nuestra Señora de Guadalupe, y, llevándolos a todos en mi corazón sacerdotal, los bendigo en el nombre del Señor

 

                         

                                                                                     Alberto Sanguinetti Montero

                                                                                       Obispo electo de Canelones
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Entrevista con el recién nombrado obispo de Canelones, Alberto Sanguinetti

 

MONTEVIDEO, 1 marzo 2010 (ZENIT.org)

 

Por Nieves San Martín

“Acompañar a la Iglesia concreta en sus comunidades”, será una de las preocupaciones del recién nombrado obispo de Canelones, Uruguay, Alberto Sanguinetti Montero, quien explica en esta entrevista concedida a ZENIT su vocación al sacerdocio, sus prioridades pastorales y las urgencias para la Iglesia en Uruguay.

 

El 23 de febrero pasado fue nombrado obispo de la diócesis de Canelones Alberto Sanguinetti Montero. La diócesis tiene una superficie de 4.532 kilómetros cuadrados, una población de 453.000, de los que son católicos 339.000, 40 sacerdotes, 153 religiosos y un diácono permanente. Sucede al obispo Orlando Romero Cabrera, cuya renuncia al gobierno pastoral de la diócesis fue aceptada por límite de edad.
 

Alberto Sanguinetti Montero nació en Montevideo, el 10 de octubre de 1945. En 1962, ingresó en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey, en Toledo, Uruguay. Siendo alumno del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, en 1971, obtuvo la Licenciatura en Teología, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y cursó luego un año de estudios en el Pontificio Instituto Bíblico, en la misma ciudad.


El 18 de mayo de 1973 fue ordenado sacerdote para la Archidiócesis de Montevideo. En 1978, obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la Facultad de Teología de San Miguel, Buenos Aires. De 1979 a 1980, fue vicedirector del Instituto Teológico del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”.


Tras su ordenación sacerdotal, se ha desempeñado como párroco en diferentes lugares y, desde 1992 ha sido promotor de la devoción a la Virgen de los Treinta y Tres, además de secretario ejecutivo a nivel nacional de la Comisión de la Pastoral Popular.


En 1999, asumió el cargo de director del Instituto Teológico del Uruguay. En 2000,  llevó adelante la transformación de dicho instituto en la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”, y fue su primer rector hasta 2004.


Es miembro del Consejo Presbiteral de la archidiócesis de Montevideo y profesor de la Facultad de Teología del Uruguay.

Es autor de varios libros y artículos publicados con éxito editorial. Ha promovido el arte cristiano, siendo el creador del Festival Musical “Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres”. Es miembro cofundador de la Sociedad Uruguaya de Teología.

 

-¿Cómo surgió su vocación sacerdotal?

Monseñor Sanguinetti: Yo nací en una familia católica y fui educado en la fe. Se me enseñó y asimilé que había que buscar la voluntad de Dios para nuestras vidas, preguntarle qué quería de uno y estar dispuesto a hacer esa voluntad. Yo me estructuré de niño en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Llevé una vida común de escolar, estudiante medio y comencé los estudios preuniversitarios de Arquitectura, que es mi vocación laboral natural. Al mismo tiempo, llevé vida cristiana parroquial, donde me fui dando cuenta de que, entre la cantidad de aspectos de la vida que me atraían e interesaban (la arquitectura, la política, el arte, el matrimonio, etc.), lo más importante fueron siempre las cosas de Dios y de la Iglesia. Dios nuestro Señor me iba invitando y yo iba respondiendo: fui pasando a un par de misas entre semana (aunque para ello tenía que levantarme a las 6 de la mañana y no a las 6 y media; luego pasé a la misa diaria, me fui acercando al Evangelio. Y así el Señor me fue mostrando su voluntad y yo la fui siguiendo, hasta entrar en el Seminario.

 

-¿Cuáles han sido sus sentimientos al conocer la noticia de su nombramiento?

Monseñor Sanguinetti: Yo soy un hombre mayor, aunque con buena salud. Muchas veces se habló de la posibilidad de que fuera llamado al episcopado. De modo que no voy a fingir extrañeza ante el nombramiento, que siempre es imprevisible y concreto. Me han dado mucha alegría los cristianos que en comunión de fe y amor a la Iglesia han compartido esta designación, porque la he vivido con ellos como una ocasión de renovarse en la pertenencia a la Iglesia y en abrirse a la presencia de Dios en ella. Tengo mucha serenidad para asumir este ministerio, confianza en el clero y el laicado de la Iglesia de Canelones y en que quien se ocupa de ella es el Señor Jesús. Yo, como Juan el Bautista quiero señalarlo a Él para que la Iglesia se le una siempre más plenamente.

 

-¿Cuáles serán sus prioridades pastorales?

Monseñor Sanguinetti: Yo voy a seguir siendo el que soy, y a continuar viviendo como lo que soy: un sacerdote católico. En ese sentido no traigo novedades. De todas formas, como obispo siempre lo primero es la atención al clero, conocerlo, comprenderlo y ayudarlo a que viva más plenamente su sacerdocio y pueda servir a la Iglesia dando lo mejor de sí. Luego hay que acompañar la Iglesia concreta en sus comunidades, parroquiales, docentes, religiosas, monásticas.

Sin dar cátedra, y menos en unas líneas, creo sí que entre las cosas que la Iglesia --por múltiples razones- debe hacer es ahondar en lo principal, y vivir mejor y más profundamente lo más rico de lo que Jesús le ha dado. Entonces, sin dejar dimensiones importantísimas, juzgo que hay que renovar y centrarse en la adoración y entrega al Padre, y, en las realizaciones concretas, en una vida litúrgica, cada vez más auténtica, más participada, según su verdad, es decir, según la tradición de la Iglesia.

También es imprescindible una renovación de la catequesis, que incluya un conocimiento más pleno del tesoro de la Revelación entregado por Cristo a su Pueblo. Es necesario conocer la verdad de Cristo que nos hace libres. Y en todo, la paciencia, la humildad y la caridad.

 

-¿Cuáles cree que son las urgencias de la vida de la Iglesia en Uruguay?

Monseñor Sanguinetti: Mucho está contestado en lo anteriormente dicho. Urgencias no sé si se pueden llamar, porque parece que hubiera que salir corriendo con la sirena abierta como una ambulancia. Y los procesos de conversión permanente, que hacen a la vida de los cristianos, no son de esa forma.

Sin embargo, son carencias fuertes que hay que enfrentar diversas debilidades del Pueblo de Dios que peregrina en el Uruguay: la ignorancia religiosa, el relativamente poco amor y conciencia de la Eucaristía y de la participación en el Sacrificio Eucarístico. Hay carencia de sacerdotes, de religiosos y religiosas y de un laicado preparado. Un punto principalísimo, pero que tampoco se soluciona con urgencias es la presencia cultural de la Iglesia. Al mismo tiempo hay asuntos estructurales y económicos que piden ser encarados.

 

-¿Qué mensaje enviaría los sacerdotes en este Año Sacerdotal?

Monseñor Sanguinetti: Quiero invitar a los sacerdotes a ahondar en las dimensiones objetivas del sacerdocio, a partir de la máxima realidad que es la Trinidad Santísima.

Es el Padre el que envía al Hijo. Es Jesucristo el que nos llama y nos asocia a su  poder salvador, es el Espíritu Santo el que consagra y obra. De tal forma que el sacerdote no debe atender principalmente --aunque tenga parte en su vida- a lo que siente, gusta o teme, ni a lo que los demás quieran o juzguen, sino al fundamento de su realidad: Dios lo creó, lo llamó, lo consagró tomándolo para sí, y obra en él. Por supuesto, que esto pide una apropiación personal y una recepción en y con la comunidad eclesial. Por lo mismo la medida de la respuesta, no es principalmente el realizarse ni el agradar a los hombres, sino el ser fiel a Dios, puesta la confianza sólo en él, y la entrega y adoración del amor del Padre.

 

-¿Cuáles de sus actividades lo prepararon para el ministerio episcopal?

Monseñor Sanguinetti: En primer lugar, yo he estado en el ministerio sacerdotal durante 37 años de los cuales 28 he sido párroco de cuatro comunidades muy diversas por su gente, barrio, tamaño.

En segundo lugar, el estudio, que en mi caso ha sido intenso, porque he enseñado la Sagrada Teología durante más de 35 años.

En tercer término, he tenido ocasión de dedicarme de diversas formas a la llamada Pastoral Popular, o la pastoral en cuanto toma como sujeto al Pueblo de Dios, como conjunto y me ha sido de gran enriquecimiento.

Además, señalo que el tomar parte en la organización de eventos artísticos, musicales, plásticos, arquitectónicos ha contribuido a valorar esa creación humana y su conexión con la fe vivido por la Iglesia.

Por último reitero que la Sagrada Liturgia celebrada en su mayor solemnidad, con la participación del pueblo cristiano en la escucha, la respuesta, el canto y el silencio, pero sobre todo con la ofrenda de Cristo y con Cristo al Padre, es el gozo de la gracia y la verdad que se nos da para que de ella vivamos para la gloria de Dios.

 

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Alberto Sanguinetti, Obispo electo de Canelones junto a Mons. Orlando Romero, Administrador Apostólico de Canelones



Alberto Sanguinetti, Mons. Orlando Romero y Mons. Hermes Garín, Obispo auxiliar de Canelones

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EL PAPA NOMBRO OBISPO PARA LA DIÓCESIS DE CANELONES

 

(Oficina de Prensa CEU - Martes 23 de febrero de 2010). El Pbro. Alberto Sanguinetti Montero, de 64 años de edad, fue nombrado por el Papa Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de Canelones.

 

A las 12 hs de Roma (9 hs de Montevideo) de esta jornada fue publicado el referido nombramiento por L’ Osservatore Romano, al tiempo que se anunció la designación del hasta ahora Obispo de esa Diócesis, Mons. Orlando Romero Cabrera, como Administrador Apostólico “ad tempus” de dicha circunscripción eclesiástica, hasta la toma de posesión  canónica por parte del nuevo Pastor.

 

El Pbro. Sanguinetti es oriundo de Montevideo y hasta ahora se desempeñó como miembro del Consejo Presbiteral Arquidiocesano de Montevideo, Párroco de la Parroquia “Nuestra Señora del Carmen” (Cordón) y docente de la Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. 

 

La Diócesis de Canelones abarca el departamento de Canelones, que alberga a unos  514.616 habitantes.

 

La Diócesis de Canelones fue erigida por mandato del Papa Juan XXIII, el 25 de noviembre de 1961. Su primer Obispo fue Mons. Orestes Nuti (1962-1994), le siguió Mons. Orlando Romero, convirtiéndose el P. Sanguinetti con este nombramiento, en el tercer Obispo de la Diócesis.

 

A partir de la toma de posesión del  nuevo Obispo, la Conferencia Episcopal del Uruguay pasará a estar conformada por 9 Obispos Diocesanos (uno de los cuales es, además, Administrador Apostólico de Minas),  2 Obispos Auxiliares y 4 Obispos eméritos.

 

 

 

CURRÍCULUM VITAE


Rev. Alberto Sanguinetti Montero
 

 

El Rev. Alberto Sanguinetti Montero nació en Montevideo, el 10 de octubre de 1945.

 

Realizó sus estudios primarios en el Colegio San Juan Bautista, en Montevideo. Cursó luego estudios preuniversitarios de arquitectura en el Colegio Sagrado Corazón.

 

En 1962 ingresó en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey, en Toledo (Uruguay).

 

Siendo alumno del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, en 1971, obtuvo la Licenciatura en Teología, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y cursó luego un año de estudios en el Pontificio Instituto Bíblico, en la misma ciudad.

 

El 18 de mayo de 1973 fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Montevideo.

 

En 1978 obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la Facultad de Teología de San Miguel (Buenos Aires)

 

De 1979 a 1980 fue Vice-director del Instituto Teológico del Uruguay Monseñor Mariano Soler.

 

Después de su ordenación sacerdotal fue Vicario parroquial de Nuestra Señora del Carmen (Cordón) durante 7 años, y por un año en la Catedral.

 

En 1982 fue párroco de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y Santa Rita (Maroñas), y desde 1989 hasta 2000, párroco de Stella Maris.

 

Desde 1992 ha sido promotor de la devoción a la Virgen de los Treinta y Tres,  además de secretario ejecutivo a nivel nacional, de la Comisión de la Pastoral Popular.

 

Al mismo tiempo, fue coordinador de la publicación “La Fiesta Hoy – Estudio interdisciplinar sobre la fiesta”.

 

En noviembre de 1999 asumió el cargo de Director del Instituto Teológico del Uruguay Monseñor Mariano Soler. En el año 2000 llevó adelante la transformación de dicho instituto en la Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”, y fue nombrado su primer Rector, cargo que desempeñó hasta 2004.  

 

Entre el año 2000 al 2005 fue párroco de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso (Tapes). Desde 2005 es párroco de Nuestra Señora del Carmen (Cordón). Además, es miembro del Consejo Presbiteral de la Arquidiócesis de Montevideo, profesor ordinario del Tratado sobre “Gracia y Virtudes” en la Facultad de Teología del Uruguay y vice-postulador de la Causa de Beatificación del Siervo de Dios, Mons. Jacinto Vera. Ha dictado cursos de Teología, Eclesiología e Historia, particularmente, algunos Tratados sobre San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

 

El Rev. Alberto Sanguinetti es autor de varios libros y artículos publicados con éxito editorial. Igualmente, ha promovido el arte cristiano: la escultura, la música y el canto sacro; siendo el creador del Festival Musical “Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres”, que ha alcanzado ya su décima edición. Ha predicado Ejercicios Espirituales a sacerdotes, laicos y seminaristas, tanto en Uruguay como en Argentina. Es miembro co-fundador de la sociedad Uruguaya de Teología.

 

Ha sido también miembro de la Comisión Nacional de Doctrina y ha participado en varios congresos internacionales de Teología y de Cultura: en 2009 ha participado en el IX Coloquio anual del Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa, sobre el tema “La Religión en la Educación Pública”.

 

El 23 de febrero de 2010 ha sido nombrado Obispo de la Diócesis de Canelones.

 

  • RINUNCIA DEL VESCOVO DI CANELONES (URUGUAY) E NOMINA DEL SUCCESSORE 

    Il Santo Padre Benedetto XVI ha accettato la rinuncia al governo pastorale della diocesi di Canelones (Uruguay), presentata da S.E. Mons. Orlando Romero Cabrera, in conformità al can. 401 § 1 del Codice di Diritto Canonico.

    Il Papa ha nominato Vescovo di Canelones (Uruguay) il Rev.do Alberto Sanguinetti Montero, del clero dell’arcidiocesi di Montevideo, parroco della parrocchia Nuestra Señora del Carmen a Cordón.

     Rev.do Alberto Sanguinetti Montero

    Il Rev.do Alberto Sanguinetti Montero è nato il 10 ottobre 1945 a Montevideo. Nel 1962 ha iniziato gli studi nel Seminario Interdiocesano Cristo Rey di Montevideo e, in pari tempo, ha frequentato i corsi di Umanità e Filosofia presso il Collegio San Juan Bautista.

    Nel 1973 ha ottenuto la licenza in Teologia presso la Pontificia Università Gregoriana.

    È stato ordinato sacerdote il 18 maggio 1973. Dopo un periodo di ministero pastorale a Montevideo, ha ottenuto il Dottorato in Teologia Dogmatica presso la Facultad de Teologia de San Miguel" (Argentina).

    Nel 2000 è stato nominato primo Rettore della Facultad de Teología del Uruguay "Mons. Mariano Soler", incarico che ha svolto fino all’anno 2004.

    È stato, quindi, parroco a Carrasco, Tapes e dal 2004 è parroco della Parrocchia Nuestra Señora del Carmen a Cordón. Attualmente è anche membro del Consiglio Presbiterale dell’arcidiocesi di Montevideo e postulatore della Causa di Beatificazione del Servo di Dio Mons. Jacinto Vera.


  • FOTOS

     

     

     

     

    Principal ] Falleció Mons. Andrés María Rubio | 1924 - 2006 ] Asambleas de la Conferencia Episcopal del Uruguay ] Consejo Permanente de la CEU ] Falleció Monseñor José Gottardi - Arzobispo Emérito de Montevideo (1923-2005) ] Fallecimiento de Mons. Marcelo Mendiharat ] ENCUENTROS  DE DIÓCESIS DE FRONTERA ] EL PAPA NOMBRO OBISPO PARA LA DIÓCESIS DE SAN JOSÉ DE MAYO ] Departamento de Catequesis de la C.E.U. ] Comisión Nacional de PASTORAL JUVENIL - C.E.U. ] CÁRITAS  URUGUAYA ] Visita AD LIMINA APOSTOLORUM · Setiembre de 2008 ] Departamento de Laicos - Conferencia Episcopal del Uruguay ] LA PASCUA DE MONS. DANIEL GIL ] Departamento de  Vocaciones y Ministerios · CEU ] Milton Tróccoli nombrado Obispo Auxiliar para la Arquidiócesis de Montevideo | Uruguay ] [ Nuevo Obispo para la Diócesis de Canelones - P. Alberto Sanguinetti ]