AL INICIAR SU MINISTERIO
EL NUEVO OBISPO DE CANELONES LLAMÓ A PROCLAMAR LA TOTAL
VERDAD SOBRE DIOS Y SOBRE EL HOMBRE
Ante una Catedral colmada, Mons. Alberto Sanguinetti
tomó posesión ayer de la Diócesis de Canelones, en una
Misa concelebrada por el Nuncio Apostólico, los Obispos
de Uruguay, el Obispo argentino Mons. Marcelo Martorell
y el Obispo mexicano Mons. Carlos Suárez.
En la ceremonia de inauguración de su Ministerio como
Obispo de Canelones, Mons. Sanguinetti exhortó a
reconocer el “amor de Jesús” y destacó que la misión de
la Iglesia reside en, “respetando la libertad de cada
hombre”, proclamar la “total verdad sobre Dios y sobre
el hombre”.
En la Eucaristía participaron más de 100 sacerdotes,
además de religiosos, diáconos, seminaristas y laicos,
principalmente de Canelones y Montevideo, así como
familiares y amigos del nuevo Obispo, entre los que se
encontraba el ex Presidente de la República, Dr. Luis
Alberto Lacalle.
La primera parte de la Eucaristía tuvo lugar al aire
libre, delante del atrio de la Catedral. Tras la
procesión de entrada y el saludo inicial, Mons. Orlando
Romero, quien fuera Obispo de la Diócesis hasta el
nombramiento de Mons. Sanguinetti, se despidió de su
grey expresando su “incontenible gratitud al Señor quien
misericordiosamente me ha elegido, regalándome la
vocación al sacerdocio; a la Iglesia que ha depositado
en mí la confianza de pastorear esta porción del Pueblo
de Dios, y a toda la Comunidad Diocesana que me ha
sostenido con su oración, afecto y comprensión
facilitada por la corresponsabilidad pastoral”.
Posteriormente, un sacerdote de la diócesis, Pbro. Luis
Eduardo Ríos, dio lectura a la Bula papal que da cuenta
de la designación por parte del Papa Benedicto XVI de
Mons. Sanguinetti como Obispo de Canelones.
Luego de la Liturgia de la Palabra se procedió a la
presentación del Obispo.
MONS. COTUGNO: EL OBISPO ASUME LOS GOZOS Y TRISTEZAS DE
LOS HOMBRES
La homilía estuvo a cargo del Obispo que ofició de
ordenante principal, Mons. Nicolás Cotugno (Arzobispo de
Montevideo), quien calificó dicha ordenación episcopal
como “un acontecimiento de gracia, de alegría y de
responsabilidad”.
Posteriormente, el Arzobispo se detuvo en las
dimensiones fundamentales y perennes del ministerio
episcopal que se desprenden de las escrituras
proclamadas en la Eucaristía.
Señaló que si bien todo el pueblo de Dios está llamado a
dar testimonio de Cristo resucitado, (…) los Obispos,
por voluntad explícita de Jesús, el Buen Pastor, son
“testigos cualificados”.
Aseveró que “nuestra mirada puesta en la resurrección de
Cristo, lejos de apartarnos de los gozos y tristezas de
los hombres, nos los hace asumir con la máxima
profundidad y radicalidad”
“No cabe duda, que para poder hacer presente a Cristo
resucitado en las catástrofes de Haití y de Chile —
entre otras - la mejor premisa es experimentar su
presencia en esa Eucaristía que Él mismo nos manda hacer
en conmemoración suya”, indicó Mons. Cotugno.
En este sentido, recordó que “Artigas, el prócer de la
Patria, tenía una robusta fe en la presencia de Cristo
en la Eucaristía”, y agregó:”baste recordar su actitud
al recibir el santo.
Viático antes de su muerte”. “El nos recuerda a los
católicos todos, particularmente a quienes sirven en las
estructuras de la educación, de la cultura y de la
política, que la separación de la Iglesia del Estado
representa la mejor oportunidad social para brindar, en
un contexto de auténtica y positiva laicidad, el
testimonio entusiasta en favor del Cristo vivo
resucitado en medio de nosotros, dando vida a toda la
sociedad”, sostuvo.
Al concluir su homilía, el Arzobispo evocó al primer
Obispo de Uruguay, Mons. Jacinto Vera quien “con sus
virtudes heroicas de Pastor nos ha dejado el testimonio
de Obispo discípulo misionero, martirizado, como Cristo,
por su pasión apostólica y glorificado, como Cristo, en
la resurrección del Reino eterno de Dios”.
Tras desearle al nuevo Obispo un fecundo ministerio
episcopal, Mons. Cotugno encomendó a Mons. Sanguinetti y
a los presentes, al Primer Obispo “para llevar a cabo en
nuestras diócesis la MISIÓN CONTINENTAL propiciada por
Aparecida, a fin de que nuestros pueblos, en Cristo,
nuestro Obispo y Pastor, tengan vida y vida en
abundancia”.
Tras la homilía tuvo lugar el rito central de la
ordenación del obispo que se realiza por la imposición
de las manos de los obispos y la oración consagratoria
que la acompaña.
Asimismo se realizaron los ritos complementarios que
significan la gracia de la consagración episcopal:
unción en la cabeza con el santo Crisma, la entrega del
libro de los evangelios, imposición del anillo, de la
mitra y del báculo pastoral.
El ordenante principal acompañó al nuevo obispo a su
Cátedra ubicada en el altar de la Catedral pasando a
presidir la Eucaristía.
MONS. SANGUINETTI: PROCLAMAR LA VERDAD DEL EVANGELIO CON
PLENA LIBERTAD APOSTÓLICA
Al dirigir unas palabras a sus diocesanos el flamante
Obispo los invitó a reconocer el amor “de Jesús, por
quien fuimos creados, en quien somos salvados”, a
conocer en El la realidad y el sentido de la
existencia”.
“La Iglesia, que debe guiar y cuidar el Obispo, ha de
ser humilde en todo, reconociendo las debilidades y
pecados de sus miembros, a los que llama a conversión y
a los que les da el perdón y la vida nueva”, señaló
Mons. Sanguinetti.
“Los cristianos no nos asombramos de que haya pecados,
porque sabemos de la universalidad del pecado y de la
muerte, y confesamos que Cristo vino a salvar a los
pecadores, entre los cuales, cada uno con San Pablo, y
antes que nada el obispo ha de decir: "y el primero de
ellos soy yo" (1 Tim.1,15)”, añadió. Empero, advirtió
que “por la misma humildad de la Iglesia, la vuelve
intrépida en anunciar la gracia de Cristo su Esposa y
Señor. Por ello, proclama en todas las plazas del mundo
la verdad del Evangelio, con plena libertad apostólica
que no recibe como donación de ningún poder humano, sino
de Dios mismo, libertad que la obliga a ir hasta el
martirio en la confesión del nombre de Jesucristo”.
“Respetando la libertad de cada hombre, la Iglesia
proclama la total verdad sobre Dios y sobre el hombre:
esa es su misión, ese es su servicio al hombre, a los
pueblos”, manifestó.
“Llamando a los hombres a la obediencia de la fe, la
Iglesia, y de un modo particular el obispo, ha de
enseñar con palabras y con hechos, que la máxima obra
del hombre es adorar a Dios, y que el principio, el
centro y la cumbre de toda la actividad y cultura humana
está en la recta adoración del Padre, por Jesucristo en
el Espíritu”, sostuvo el Obispo de Canelones.
“Al recibir esta cátedra de la Iglesia de Canelones,
recibo el testimonio de su fe y perseverancia en el
servicio del Evangelio, la multitud de personas y
trabajos que enriquecen a esta diócesis”, indicó Mons.
Sanguinetti al tiempo que evocó suscitamente las raíces
familiares que lo relacionan con la tierra y la sociedad
de Canelones.
“Créanme, que así como los quiero entrañablemente y los
llevo conmigo, me dejaré querer por ustedes”, aseguró
Mons. Sanguinetti al finalizar su alocución.
Antes de concluir la Santa Misa de ordenación episcopal
de Mons. Sanguinetti, el Nuncio Apostólico, Mons.
Anselmo Pecorari, dirigió unas palabras a los presentes
a los que exhortó a agradecer al Santo Padre por haber
nombrado a este Pastor específicamente para la Diócesis
de Canelones. Expuso su deseo de que Mons. Sanguinetti
sea “padre, maestro, guía y testigo” y que tenga mucha
“caridad y bondad” porque “esos son signos del amor de
Dios Padre hacia cada uno de vosotros”.
Asimismo, pidió a los diocesanos que ayuden al nuevo
pastor a ser “un buen Obispo, por él, por la Iglesia,
por el Pueblo de Dios y por Canelones”.
Ha llegado el momento de despedirnos.
Estas circunstancias rescatan lo mejor que hemos vivido
y compartido a lo largo de estos 15 años que hemos
caminado juntos en esta Diócesis de Canelones.
El primer sentimiento que brota en mi
corazón es de una incontenible gratitud al Señor quien
misericordiosamente me ha elegido, regalándome la
vocación al sacerdocio; a la Iglesia que ha depositado
en mí la confianza de pastorear esta porción del Pueblo
de Dios, y a toda la Comunidad Diocesana que me ha
sostenido con su oración, afecto y comprensión
facilitada por la corresponsabilidad pastoral.
Gracias al pueblo de Canelones, a las
autoridades públicas y demás instituciones de quienes he
recibido un trato gentil, respetuoso y cercano. Hemos
tenido la satisfacción de compartir inquietudes comunes
y emprendimientos en favor de las necesidades de nuestro
pueblo.
Gracias a los colaboradores más cercanos,
los sacerdotes seculares, religiosos y diáconos contando
con el afecto, la comprensión y el perdón tanto en los
errores como en los desaciertos; en particular los que
han compartido responsabilidades en los diversos
servicios diocesanos: secretario, vicarios pastorales,
decanos, consultores, animadores de los servicios
pastorales diocesanos, a la secretaria del obispado, a
las los profesionales. al administrador, a quienes me
han servido en la vida cotidiana (comida y en la
administración de los medicamentos. a quien ha mantenido
la casa limpia y acogedora).
Gracias a los integrantes de la Vida
Consagrada, testigos discretos, cimientos sólidos de la
evangelización, entregando su vida contemplativa en los
monasterios, en la docencia, en la inserción en los
barrios populares y parroquias, en los servicios
variados a los niños en zonas de marginación.
Gracias a los laicos, tanto los
integrados en los Consejos sea diocesano como en los
decanatos y en las parroquias, integrantes de los
diversos organismos diocesanos, como a todo un laicado
anónimo que ha tratado de irradiar su fe en las
estructuras humanas: políticas, económicas, sociales,
vecinales o familiares.
Queridos diocesanos: Hemos compartido
muchas cosas, hemos rezado juntos, recordamos los
últimos lunes de cada mes con los sacerdotes, las Misas
crismales donde hemos estrechados los lazos de unidad en
el presbiterio, los retiros y encuentros de formación,
los retiros con comunidades parroquiales, con
catequistas, cursillos, etc., hemos escuchado la Palabra
de Dios, la lectio divina ha sido un estilo de
espiritualidad que hemos ido incorporando en nuestra
oración, hemos tratado de planificar nuestro quehacer
evangelizador con el único anhelo de ser fieles al Buen
Pastor y a las necesidades de nuestras comunidades y a
nuestra gente.
Ha sido machacona la insistencia en las
pequeñas comunidades (las CEBs), los ministerios
laicales, la dimensión misionera de nuestra tarea. Que
podría haber sido mejor, más adecuado a la realidad, con
mayor participación y comunión... sin duda que sí. Que
queda mucho, muchísimo por hacer, por ordenar... sin
duda. pero la diócesis está en camino, no está en cero
por la sencilla razón de que es el Espíritu Santo el
primer evangelizador, el que nos acompaña y plenifica.
Nada de original por cierto, pero ¡qué hermoso recordar
nuestra vida de familia diocesana!
Mi lema "Anunciaré tu nombre a mis
hermanos" ha sido como la columna vertebral, en toda mi
vida sacerdotal y episcopal inspirando mi vida
espiritual y pastoral. El espíritu de Mons. Orestes S.
Nuti, mi antecesor, creador, organizador y animador de
esta Diócesis en la que no hay ningún rincón sin que
recuerde su inquietud y celo apostólico.
Hemos sido convocados por el Señor en
esta Iglesia diocesana de Canelones para participar en
uno de los acontecimientos más trascendentes para la
vida de una diócesis, como es recibir y ordenar al nuevo
Pastor que Jesús, el Obispo y Pastor de nuestras almas
le entrega.
Saludo a todos los hermanos Obispos
presentes: al Sr. Nuncio Apostólico quien representa al
Papa entre nosotros; saludo a Mons. Orlando Romero,
quien apacentó la diócesis en estos últimos años. Saludo
a todos los hermanos y hermanas de esta Iglesia
sufragánea de la Provincia eclesiástica de la R.O.U.
Un saludo cordial y fraterno para ti,
querido Alberto, hermano Obispo, llamado a integrar el
Colegio Episcopal que sucede al Colegio Apostólico.
Celebrar esta Eucaristía en la que vas a recibir la
plenitud del sacramento del Orden que te hace sucesor de
los Apóstoles es ciertamente un acontecimiento de
gracia, de alegría y de responsabilidad, que compartimos
con todos los hermanos y hermanas que formamos el Pueblo
de Dios.
Percibimos en lo más profundo de nuestro
ser que por nuestro ministerio es Jesús, el Señor,
nuestro Buen Pastor quien está real y personalmente
presente para pedir desde el Padre el don del Espíritu y
marcarte con su sello imborrable de discípulo
configurado a Cristo Pastor, Cabeza de la Iglesia.
Él nos ha hablado a través de las
Escrituras proclamadas en este quinto domingo de
cuaresma, en la proximidad de la celebración de la santa
semana que culminará con la Pascua. Entre los múltiples
aspectos que podríamos analizar, quisiera detenerme en
dos, que seguramente iluminan dimensiones fundamentales
y perennes del ministerio episcopal.
1. JESÚS LLORA FRENTE A LÁZARO, SU AMIGO
MUERTO.
2. JESÚS SE PROCLAMA LA RESURRECCIÓN Y LA
VIDA.
En primer lugar: JESÚS LLORA.
¿Cómo entender este llanto? ¿Qué valor
tiene? Puesto que, aquí, quien llora es totalmente
hombre y personalmente: ¡Dios!
Leemos en la Carta a los Hebreos:
"habiendo ofrecido en los días de su vida
mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas
al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su
actitud reverente" (5, 7). Para la carta a los Hebreos -
comenta el Papa Benedicto XVI - el elemento esencial de
nuestro ser hombre es la COMPASIÓN, ES EL SUFRIR CON
LOS DEMÁS.
[...1 Como Obispos "entramos como Cristo
en la miseria humana, la tomamos con nosotros, vamos a
las personas sufrientes, recogemos en nosotros mismos la
"pasión” de nuestro tiempo, de nuestras diócesis, de las
personas a nosotros confiadas. Estamos inmersos en la
pasión del mundo y, con la ayuda de Cristo y en comunión
con Él, debemos intentar transformarlo, y llevarlo lacia
Dios”.
Jesús llora
ante la tumba de Lázaro. Está realmente tocado
interiormente por el misterio de la muerte, por el
terror de la muerte. Jesús es puesto a prueba y se
confronta hasta lo profundo de su alma con este
misterio, con esta tristeza que es la muerte, y llora.
Las lágrimas de Cristo, son la expresión
de los padecimientos de toda la humanidad de todos los
tiempos. No están al lado de su gran misión.
Precisamente, de esta forma Él ofrece el sacrificio. Él
es el Redentor del hombre y actúa como Sumo y Eterno
Sacerdote.
En este sentido, nuestra misión
episcopal, nuestro servicio sacerdotal, tampoco se
limita al acto cultual de la Santa Misa, en el que todo
es puesto en las manos de Cristo. Toda nuestra compasión
hacia el sufrimiento de este mundo tan alejado de Dios,
es acto sacerdotal. "En este sentido – sostiene el Papa
Benedicto XVI - me parece que debemos entender y
aprender a aceptar más profundamente los sufrimientos de
la vida pastoral, porque precisamente esto es acción
sacerdotal, es mediación, es entrar en el misterio de
Cristo, es comunicación con el misterio de Cristo, muy
real y esencial, existencial y también sacramental".
"Jesús oró fuertemente, con gritos y con
lágrimas, a Dios
que podía salvarlo de la muerte, y por su pleno
abandono, fue escuchado (cfr.
5, 7).
¿Fue escuchado? Pero, ¿cómo?, ¡si murió!
Escuchado en el sentido más profundo – lo
subrayó el padre Vanhoye – quiere decir que 'fue
redimido de la muerte", pero no en aquel
momento, para aquel momento, sino para siempre, en
la Resurrección: la verdadera respuesta de Dios a la
oración de ser redimido de la muerte es la
Resurrección, y la humanidad es redimida de la muerte
precisamente en la Resurrección, que es la verdadera
curación de nuestros sufrimientos, del misterio
terrible de la muerte.
De este modo, Cristo transforma las
lágrimas de la humanidad en sacerdocio. Y VENCE LA
MUERTE CREANDO RESURRECCIÓN.
2. YO SOY LA RESURRECCSON Y LA VIDA
El llanto de Cristo es real, pero no es
la última palabra. El grito de la vida derrota
definitivamente la amargura y la tristeza de la muerte:
¡YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA. QUIEN CREE EN Mí
VIVIRÁ PARA SIEMPRE!
La resurrección de Cristo y en El nuestra
propia resurrección es el exponente infinito aplicado al
ser humano y a toda la historia.
¡YO SOY LA RESURRECCIÓN! ¡Y USTEDES SON
MIS TESTIGOS!
Si todo el pueblo de Dios está llamado a
dar testimonio de Cristo resucitado, los Apóstoles y sus
sucesores lo somos a título particular. Los Obispos, por
voluntad explícita de Jesús, el Buen Pastor, son
TESTIGOS CUALIFICADOS. Jesús, llama y consagra con su
Espíritu a los Doce y a quienes les suceden, para que en
ellos, EL, siga siendo el Pastor, el Obispo que
apacienta a su pueblo.
El episcopado no es una delegación
burocrática funcional, es ante que nada MISTERIO, que en
su expresión más acabada es el mismo VERBO ENCARNADO,
MUERTO Y RESUCITADO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE DE LA NUEVA
Y ETERNA ALIANZA.
Alberto, al ser ordenado Obispo entras a.
formar parte del COLEGIO EPISCOPAL, que sucede al
COLEGIO APOSTOLICO.
Es característica del MINISTERIO
APOSTÓLICO SER TESTIGOS MINISTERIALES DEL RESUCITADO,
SIENDO SUCESORES DE LOS APOSTOLES, EL ESPIRITU NOS HACE
TESTIGOS APOSTÓLICOS DEL RESUCITADO.
AQUí, no hay NADA DE FUNDAMENTALISMO
FIDEISTA. ¡Es purísimo kerigma apostólico!
Efectivamente los Apóstoles identifican
su misión con este testimonio:
·
Ya se lo había anunciado Jesús:
"Recibirán una fuerza cuando el Espíritu Santo venga
sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaria,
y hasta los confines de la tierra-(He 1,
8).
·
"A este Jesús Dios lo resucitó; de lo
cual todos nosotros somos testigos. [...]
Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha
constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien ustedes
han crucificado" (Discurso de Pedro en Pentecostés. Hc.
2,32.36).
·
"Ustedes renegaron del Santo y del Justo,
y pidieron que dejaran en libertad a un asesino; mataron
al jefe que lleva a la vida. Pero Dios le resucitó de
entre los muertos; nosotros somos testigos de ello"
(Discurso de Pedro después del milagro del tullido en la
puerta del templo. Hc 3, 14-15).
·
Lucas 24, 46: "Y les dijo: 'Así está
escrito: que Cristo debía padecer y resucitar de entre
los muertos al tercer día […] 48:
Ustedes son testigos de estas cosas".
·
"No podemos nosotros dejar de hablar de
lo que hemos visto y oído"
(Hc 4,21) dijeron Pedro y Juan ante el
Sanedrín.
·
Hc 4,33: "Los apóstoles daban
testimonio de la resurrección del Señor Jesús con
gran poder".
·
"El Dios de nuestros padres resucitó a
Jesús, a quien ustedes mataron colgándole de un madero.
A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y
Salvador, para conceder a Israel la conversión y el
perdón de los pecados. Y nosotros somos testigos de
estos hechos, y también el Espíritu Santo que ha
dado a los que le obedecen" (He 5, 27-32).
·
"Después de haberlos azotado les
intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y los
dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del
Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de
sufrir ultrajes por su Nombre. Y además ni un solo día
cesaban de enseñar en el Templo y por las casas y de
anunciar la Buena Nueva de que Jesús es el Cristo" (Hc
5, 40-42).
QUERIDO ALBERTO, ERES OBISPO. UNGIDO POR
EL ESPÍRITU SANTO ERES TESTIGO DE CRISTO RESUCITADO.
Como Sucesores de los apóstoles estamos
llamados a servir a Dios y a la Iglesia en el mundo
haciendo nuestro el testimonio de Cristo resucitado de
los apóstoles:
- ellos lo vieron,
- nosotros también: en la
intimidad de la oración;
- ellos lo oyeron, nosotros
también: en la escucha de la Palabra;
- ellos lo tocaron,
- nosotros también, en los
pobres y abandonados;
- ellos comieron con Él,
nosotros también, en la Eucaristía.
Nuestra mirada puesta en la resurrección
de Cristo, lejos de apartarnos de los gozos y tristezas
de los hombres, nos los hace asumir con la máxima
profundidad y radicalidad:
Hemos contemplado en el evangelio de hoy
como Jesús frente a la tumba de Lázaro, hace suyo el
sufrimiento de sus hermanas Marta y María. Y llora.
Sufre de verdad, como se sufre cuando se pierde un ser
querido.
Hacemos una doble constatación: por un
lado, subrayamos el hecho por el que Jesús se proclama
la resurrección y la vida no en las bodas de Caná, sino
frente a la tumba de su amigo y rodeado por sus hermanas
que lo lloran muerto. Nuestro testimonio apostólico de
la resurrección de Cristo tendrá que hacerse presente,
además que en la Vigilia pascual, también en los
momentos de dolor y de angustia de nuestros hermanos.
Por otro lado, no cabe duda, que para
poder hacer presente a Cristo resucitado en las
catástrofes de Haití y de Chile — entre otras - la mejor
premisa es experimentar su presencia en esa Eucaristía
que Él mismo nos manda hacer en conmemoración suya.
María, la Madre de Jesús,
no sólo estuvo en Belén, sino también en los distintos
momentos de la vida pública de su Hijo: estuvo en Caná,
pero también bajo la Cruz.
En Caná hizo que Jesús transformara el
agua en vino; al pie de la Cruz une nuestras lágrimas a
las suyas y las pone en el cáliz de la sangre de Cristo
para la redención del mundo. La Virgen de los Treinta y
Tres, metida en las entrañas de nuestra historia, nos
acompaña en nuestro servicio pastoral como Madre y Reina
de los Apóstoles, como Madre de la Iglesia, Madre de la
Patria.
Todos sabemos que Artigas, el prócer de
la Patria, tenía una robusta fe en la presencia de
Cristo en la Eucaristía. Baste recordar su actitud al
recibir el santo Viático antes de su muerte. El nos
recuerda a los católicos todos, particularmente a
quienes sirven en las estructuras de la educación, de la
cultura y de la política, que la separación de la
Iglesia del Estado representa la mejor oportunidad
social para brindar, en un contexto de auténtica y
positiva laicidad, el testimonio entusiasta en favor del
Cristo vivo resucitado en medio de nosotros, dando vida
a toda la sociedad.
¿Cómo no recordar el testimonio
apostólico de Mons. Jacinto Vera, el primer Obispo y
Padre de la Iglesia en nuestro Uruguay? Con sus virtudes
heroicas de Pastor nos ha dejado el testimonio de Obispo
discípulo misionero, martirizado, como Cristo, por su
pasión apostólica y glorificado, como Cristo, en la
resurrección del Reino eterno de Dios.
Tú, Alberto, has elaborado con gran
cariño, dedicación y esfuerzo esa POSITIO, trabajo que
recoge todos los datos de la persona de Mons. Vera, y
que representa un paso más en su camino hacia los
altares. En este día tan especial para ti, al desearte
un fecundo ministerio episcopal te encomendamos a ti y
nos encomendamos también todos nosotros a nuestro primer
Obispo, para llevar a cabo en nuestras diócesis la
MISIÓN CONTINENTAL propiciada por Aparecida, a fin de
que nuestros pueblos, en Cristo, nuestro Obispo y
Pastor, tengan vida y vida en abundancia.
Con Él y por Él sea alabado y bendito
Dios, su Padre, que nos ha bendecido en Cristo con toda
clase bienes del Espíritu Santo en los cielos y nos ha
elegido y llamado antes de la creación del mundo a ser
sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia con
que nos agració en su Hijo amado (cf. Ef1,1-6).
Que la unción del Espíritu, el óleo de la
alegría, rebose en nuestros corazones, nos una en la
caridad y nos vuelva más y más ofrenda agradable a Dios.
En este momento, habiendo participado
juntos la intensidad de esta celebración, muchos, como
es natural, esperan que mis palabras digan algo de lo
que el nuevo obispo siente, lo que experimenta y de
alguna forma lo que se propone para realizar en el
futuro.
Y yo, sin embargo, no querría hablar de
otra cosa que de Jesucristo, de su verdad, de su amor,
de su belleza, que se refleja y se nos comunica en la
Santa Iglesia.
Sin embargo, espero poder conjugar ambas
cosas. Porque, hermanos santos, partícipes de una
vocación celestial, ¡qué hace este pobre hombre, el
tercer hijo de Horacio y Rosina, sentado en la cátedra,
como Pontífice, en nombre y representación del apóstol y
Sumo Sacerdote de nuestra fe, Jesús, el Hijo de Dios,
que penetró en el santuario del cielo y está sentado a
la diestra del trono de la majestad en las alturas (cf.
Heb. 3,1; 4,13, 8,10)!, qué hago yo sino ser un
instrumento del Señor Jesús, para salvación de su
pueblo, para el perdón de los pecados, y para que el
pueblo santo, por la ofrenda de su vida, santificada en
el sacrificio mismo de Cristo, se vuelva oblación
agradable al Padre.
Lo primero que quiero decirles, a lo
primero que quiero invitarlos es a que reconozcamos el
amor de Jesús, por quien fuimos creados, en quien somos
salvados, Él que nos da la gracia de ser hijos de
adopción y nos conduce al Padre. Él de quien cada uno de
nosotros puede decir, con San Pablo: me amó y se entregó
por mí (Gal.2,20).
De tal manera hemos de conocer y hacer
memoria del Jesucristo y de su amor, que en nuestros
corazones y en nuestra vida nada se anteponga al amor a
Jesús.
Y aquí les hago una pequeña confesión.
Cuando yo nací y por muchos años el día de mi cumpleaños
estaba indicada la memoria de San Francisco de Borja; es
por él que me impusieron como segundo nombre Francisco.
La lectura de la fiesta era un texto de San Pablo, que
yo leía y meditaba con frecuencia y que, con la gracia
del Espíritu Santo se fue metiendo en mi corazón: "todo
lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí
todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y
existir en él... para conocerlo a él y la fuerza de su
resurrección y la comunión con sus padecimientos". Y
agrego lo que sigue: "No que lo haya logrado ya, ni
llegado a la perfección, pero yo sigo mi carrera por ver
si lo alcanzo, ya que fui alcanzado por Cristo Jesús...
Mi única mira es, olvidando las cosas de atrás, y
atendiendo sólo y mirando las de adelante ir corriendo
hasta la meta" (cf. Fil.3, 8-10).
Habiendo ya recorrido la mayor parte de
la vida, corriendo hacia delante les digo: miren a
Jesús, conozcan en él la realidad y el sentido de la
existencia. Nada se anteponga al amor de Cristo, porque
Él no antepuso ni su propia categoría de Dios al amor
con que se entregó por nosotros y a los tesoros de
gracia que derrama en nosotros desde el seno del Padre.
La segunda realidad de la que quiero dar
testimonio es la Iglesia Santa y Católica. Tomé como
lema de mi escudo episcopal: amicus Sponsi. Es el
testimonio de Juan el Bautista, que afirma que él no es
el Mesías, él no es el Novio que viene a desposarse con
la esposa virgen, con el pueblo santo, sino el amigo del
Novio, del Esposo, que acompaña a la novia virgen, para
las bodas, que testifica la alianza nupcial, que se
alegra con inmensa alegría porque el Esposo posea a la
Esposa, porque Cristo une consigo a la Iglesia y la
llena de gracia y limpia hermosura.
En esta perspectiva, guiado por Juan el
Bautista, como obispo me confieso siervo humilde de
Jesucristo, para que él crezca y yo disminuya,
reconociendo, al mismo tiempo, que soy instrumento del
que es Señor, que ha recibido todo poder en el cielo y
en la tierra.
Hoy, al dar el testimonio de Cristo, uno
inseparablemente el de mi amor a la Iglesia, cuerpo de
Cristo, Esposa del Verbo de Dios, lavada por la sangre
del Cordero, a quien Jesús amó y por quién se entregó
para presentarla ante sí sin mancha ni arruga ni nada
parecido, sino santa e inmaculada (cf. Ef.5,25-27). La
Iglesia obra de la Trinidad, a la confesamos una, santa,
católica y apostólica. La Iglesia que es nuestra Madre,
que nos ha engendrado por la fe y el bautismo, fecunda
por la gracia del Espíritu Santo, la Iglesia que nos
alimenta con la Palabra Divina y el cuerpo y la sangre
de Cristo.
Por esto, y mucho más, como amigo del
Esposo, quiero exhortar a amar a la Iglesia, humana y
divina, temporal y eterna, constituida por hombres
llamados entre los pecadores y santa y santificadora,
que da el perdón de los pecados y la vida eterna.
Al mismo tiempo, mi ministerio episcopal,
ha de ayudar a que la Iglesia, la comunidad de los
bautizados y creyentes en Cristo, afirmados por el mismo
Señor a través del ministerio de los sucesores de los
apóstoles, cada vez ame más a su Señor. La Iglesia
Esposa, que dice con las palabras del Cantar de los
Cantares: "estoy enferma de amor (Cant.2,5)". Y suplica
con todas sus fuerzas: "atráeme en pos de ti. Corramos"
(Cant.1,3).
Yo no puedo sino alegrarme muchísimo de
que esta Iglesia de Canelones, tiene el don inestimable
de sus cuatro monasterios femeninos, en que las monjas
viven y hacen presente a la Iglesia Esposa, dedicada a
Cristo su Esposo, y nos recuerdan a todos que el
misterio último, es decir, la realidad total de la
historia es la unión nupcial del Verbo hecho carne,
Jesucristo, con la humanidad reconciliada y vuelta
cuerpo de la Esposa, son las bodas eternas del Cordero y
de la Iglesia: misterio nupcial que se hace presente en
cada Eucaristía y que el obispo debe cuidar y proclamar.
La Iglesia, que debe guiar y cuidar el
Obispo, ha de ser humilde en todo, reconociendo las
debilidades y pecados de sus miembros, a los que llama a
conversión y a los que le da el perdón y la vida nueva.
Los cristianos no nos asombramos de que haya pecados,
porque sabemos de la universalidad del pecado y de la
muerte, y confesamos que Cristo vino a salvar a los
pecadores, entre los cuales, cada uno con San Pablo, y
antes que nada el obispo ha de decir: "y el primero de
ellos soy yo" (1 Tim.1,15).
Pero, la misma humildad de la Iglesia, la
vuelve intrépida en anunciar la gracia de Cristo su
Esposa y Señor. Por ello, proclama en todas las plazas
del mundo la verdad del Evangelio, con plena libertad
apostólica que no recibe como donación de ningún poder
humano, sino de Dios mismo, libertad que la obliga a ir
hasta el martirio en la confesión del nombre de
Jesucristo.
Con esa misma humildad la Iglesia no
puede dejar de reconocer lo que Dios obra en Ella, que
Cristo glorioso, que ha recibido del Padre todo poder en
el cielo y en la tierra, asocia consigo a su Esposa, que
es su Cuerpo y por medio de ella, salva al mundo, que la
ha constituido Señora y Reina, y columna y fundamento de
la verdad.
Respetando la libertad de cada hombre, la
Iglesia proclama la total verdad sobre Dios y sobre el
hombre: esa es su misión, ese es su servicio al hombre,
a los pueblos.
Llamando a los hombres a la obediencia de
la fe, la Iglesia, y de un modo particular el obispo, ha
de enseñar con palabras y con hechos, que la máxima obra
del hombre es adorar a Dios, y que el principio, el
centro y la cumbre de toda la actividad y cultura humana
está en la recta adoración del Padre, por Jesucristo en
el Espíritu. En este sentido, el culto y la liturgia de
la Iglesia Católica no son ni un adorno, ni un mero
gusto cultural, sino la más plena verdad y realización
de la existencia. La Iglesia, el Pueblo de Dios, es un
pueblo consagrado al culto del Dios vivo, como culto
público y cósmico.
Ahora me vuelvo hacia ti, Iglesia de
Canelones, con su presbiterio y sus diáconos. Mi
Iglesia, la que me ha sido personalmente confiada. Les
abro mi corazón con las palabras de San Pablo: desde el
día de mi nombramiento yo no dejé de rogar por ustedes,
y de pedir que lleguen al pleno conocimiento de la
voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia
espiritual, para que vivan de una manera digna del
Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra
buena y creciendo en el conocimiento de Dios;
confortados con toda fortaleza por el poder de su
gloria, para toda constancia en el sufrimiento y
paciencia; dando con alegría gracias al Padre que los ha
hecho aptos para participar en la herencia de los santos
en la luz (cf. Col. 1,9-12).
Al recibir esta cátedra de la Iglesia de
Canelones, recibo el testimonio de su fe y perseverancia
en el servicio del Evangelio, la multitud de personas y
trabajos que enriquecen a esta diócesis. La presencia de
ustedes aquí testifica la unción del Espíritu que han
recibido, como para poder reconocer en este hombre, al
enviado del Señor. Agradezco de un modo particular las
múltiples deferencias que ya he recibido, en especial
por parte de los sacerdotes, resumidas en el cáliz que
me han regalado, con el que hemos celebrado la alianza
nueva eterna. Entre las riquezas de esta Iglesia está la
huella que dejó el modelo de pastores, el Siervo de Dios
Jacinto Vera, cuyas reliquias están en esta Catedral. Él
mismo, en su ardiente celo pastoral, llevó adelante las
obras de la entonces iglesia parroquial de Guadalupe y
pudo abrirla al culto. Sea él mi maestro, mi guía y mi
sostén.
Para que nos sintamos más vinculados yo y
ustedes los miembros de esta diócesis canaria, me da
mucho gusto evocar, aunque sea sucintamente las raíces
familiares que me relacionan con esta tierra y esta
sociedad. Por el lado materno, Don Juan Montero, el
primero de esta familia que llegó de Galicia, como
artillero del Rey, ya se había afincado en esta zona en
1773. Ya fundada la Villa de Guadalupe, aquí casó en
1800 con una hija de San Juan Bautista, hoy Santa Lucía,
descendiente de fundadores de Montevideo, con quien tuvo
sus hijos. Colaboró pecuniariamente con las colectas del
Cura Párroco para el ejército artiguista antes de la
batalla de Las Piedras, y aquí murió y se realizaron sus
exequias en 1817. En esta ciudad, nació mi tatarabuelo,
ya criollo y fue bautizado en 1810. Él también casó con
una hija de San Juan Bautista, descendiente de
fundadores de esa villa. Fue él amigo del Siervo
Jacinto, que frecuentaba la casa.
Permítanme también recordar que por el
lado de mi padre estoy íntimamente relacionado con la
actual ciudad de la costa. Cuando eran arenales que se
movían con los vientos, yo de niño recorrí parte de esa
zona a caballo con mi padre, cuando se intentaban
plantar pinos, para fijar las arenas y poder abrir las
calles. En esos parajes, recibida después de varias
generaciones, tengo desde hace 25 años mi casita, de
modo, que al menos temporariamente soy feligrés de esta
diócesis desde tiempo atrás.
Estas alusiones familiares, me invitan a
recordar la presencia histórica de la Iglesia en esta
tierra, en nuestra patria. Ahora que, con las hermanas
repúblicas americanas, nos aprestamos a los festejos de
los 200 años del proceso de la independencia, cabe que
recordemos a aquellos cristianos católicos, que en sus
tareas temporales se entregaron a esa causa. Conviene
acordarse de tantos clérigos, que sostuvieron la causa
criolla, pero es también necesario traer a la memoria la
entrega de los laicos, a quienes competen especialmente
los asuntos temporales, que trabajaron uniendo su
patriotismo y su fe. Como un gesto concreto de su amor
al culto católico, cabe mencionar hoy y aquí que el
Gral. José Artigas, en plena resistencia a la invasión
portuguesa, ordenó que se entregaran los diezmos de esta
zona a D. Tomás de Gomensoro, para la obra de esta misma
iglesia que el celoso cura párroco comenzó en 1816.
La Iglesia Católica, como institución,
con su fe, su cultura y sus obras, por todos sus
miembros, tanto del clero, religiosos, religiosas y
laicos, tiene una presencia señera en la historia
nacional que es preciso y justo conocer, y también hacer
conocer e integrar más vivamente en la conciencia y la
vida de la Nación.
Iglesia de Dios, Iglesia de Canelones,
hermanos míos tan queridos, les he hablado con toda
franqueza; mi corazón se ha abierto de par en par (cf. 2
Cor. 6,11). Decía San Juan Crisóstomo, que cuando la
caridad se goza, allí se da la fiesta. Cierro esta
reflexión sobre esta gran fiesta de hoy, con las
palabras del himno litúrgico: Donde la caridad es
verdadera, allí está Dios. Y también, cuidemos que no
nos dividamos en el corazón, porque nos ha congregado en
la unidad, Cristo Dios.
Sólo me resta dar gracias. Discúlpenme
que lo hago muy brevemente.
Gracias a Dios, nuestro Señor: lo hemos
hecho ofreciendo la Eucaristía. Gracias a la Santa
Iglesia, todo el bien que les pueda dar, de ella lo he
recibido. En particular gracias al Papa Benedicto, que
me nombró para este ministerio. Agradezco al Señor
Nuncio Apostólico, Mons. Anselmo Guido Pecorari por sus
atenciones, al Arzobispo de Montevideo, en quien
permítanme que salude a esa Iglesia, que es mi Madre, a
sus fieles y su presbiterio, a Mons. Orlando Romero que
ha servido por años esta Diócesis, a Mons. Carlos
Collazzi y en él a toda la Conferencia Episcopal del
Uruguay.
Soy hombre de muchos amigos, y de
amistades duraderas. No puedo referir una lista
completa, pero quiero nombrar especialmente, a quienes
viniendo de más lejos, personifican amistades de más de
cuatro décadas: Mons. Marcelo Martorell, obispo de
Puerto Iguazú en Argentina y Mons. Carlos Suárez, de
México, que nos trae la comunión especial con las
tierras que visitó la Virgen de Guadalupe.
Gracias a todos los que de una y otra
forma se hicieron presentes y me manifestaron alegría,
consuelo, comunión en esta nueva responsabilidad que me
ha sido conferida.
Gracias a ustedes los aquí presentes, los
que conozco desde hace años, los que no me conocían
personalmente, pero han venido por su fe en el misterio
del obispo.
Quiero agradecer a mi familia presente,
la que no puedo venir, y los que ya fueron llamados por
Dios: muchos, espero, estarán acompañando en la comunión
de los Santos.
Muchísimas gracias a todos los que en
estos días me rodearon de afectos, que se alegraron en
el Espíritu, que me hicieron vivir una profundísima
comunión. Quiero agradecer muy especialmente a los que
colaboraron antes y ahora para que fuese posible esta
celebración.
Muchas gracias, porque aunque no soy el
Esposo, sino el amigo del Esposo, ustedes me tratan como
a Él mismo, reconociendo en el obispo al que es
sacramento personal de Cristo, Cabeza y Esposo, como lo
señala precisamente el anillo que ha sido puesto en mi
mano, al que los fieles solían llamar `la Esposa'. Y yo,
créanme, que así como los quiero entrañablemente y los
llevo conmigo, me dejaré querer por ustedes.
Que Santa María, la Virgen Madre de Dios,
la que es nuestra capitana en los combates de la fe y
guía en la esperanza y la caridad, la que es madre y
patrona de esta Iglesia de Canelones con el dulce nombre
de Nuestra Señora de Guadalupe, a todos nos proteja, nos
sostenga y nos guíe hacia Cristo Jesús.
"A Aquel que tiene poder para realizar
todas las cosas incomparablemente mejor de lo que
podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en
nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús
por todas las generaciones de los siglos de los siglos.
Amén (Ef.3,20-21).
En el cuartel
superior derecho: la corona de la Virgen de los Treinta y Tres en
oro, sobre campo de azur.
Representa a la
Virgen María, madre, socia de Jesucristo y reina, agraciada por
Dios, que por su inmaculada concepción y por su gloriosa asunción
participa plenamente de la gloria de Jesucristo, El oro es luí y
vida imperecedera, propia de Dios y de Jesucristo resucitado, y por
gracia dada a María. Asimismo María personifica a la Iglesia Santa,
Esposa inmaculada, llamada a las bodas eternas, en el ámbito
celestial y divino significado en el color azul La Madre de Dios es
invocada como patrona del Uruguay, con el histórico título de Virgen
de los Treinta y Tres. A su servicio el nuevo obispo dedicó muchos
años.
Con su título de
Nuestra Señora de Guadalupe María es reconocida como patona de
América y su imagen coronada es fundadora de la ciudad de Canelones
y titular de su Iglesia Catedral.
En el cuartel
superior izquierdo: una flor de Jacinto sobre campo de gules (rojo).
Representa al Siervo
de Dios, Mons. Jacinto Vera, primer Obispo de Montevideo, modelo de
santidad y de pastor fiel, padre v patriarca de la Iglesia en el
Uruguay. A su vez los tres Colores indican la vida divina que el
Espíritu Santo infunde en la Iglesia peregrinante, guiada por la luz
de la fe (blanco), ardiente en la caridad hacia Dios y al prójimo (gules,
rojo fuego) y sostenida en la perseverancia y las pruebas por la
esperanza de Dios y en Dios (verde).
En el cuartel
inferior: la Iglesia Catedral de Canelones sobre campo de plata.
Siendo Cristo luz de
las naciones, como el sol sobre la luna, resplandece sobre el rostro
de la Iglesia, que está congregada en esta Iglesia local de
Canelones: en ella verdaderamente está y obra la única Iglesia de
Cristo, que es Una, Santa, Católica v Apostólica; para ella el
Obispo es consagrado sacramento de
Jesucristo, Sumo
Sacerdote, Testigo de la Verdad, Cabeza y Esposo.
Timbre: la cruz
gloriosa.
Hace presente a
Jesucristo, muerto, resucitado, glorificado. La cruz es el símbolo
de la bienaventurada pasión del Hijo y Siervo de Dios, que nos
redime por su preciosa sangre. El oro, luz incorruptible, manifiesta
a Cristo resucitado, entronizado a la derecha del Padre, que vive y
reina como Señor, Salvador, Juez. Las cinco llagas en piedra,
firmeza y luz, significan el carácter perpetuo del sacrificio de la
cruz, que Jesús, Hijo de Dios, ofrece continuamente ante el Padre en
el santuario de la Jerusalén celestial, al que une a la Iglesia en
el Sacrificio de la Misa por medio del ministerio sacerdotal.
El lema: amicus
Sponsi.
Jesús es el Mesías
divino, que, como Esposo se entrega por la Iglesia, para hacerla su
Esposa santa e inmaculada. La alianza nueva y eterna, entre Dios y
los hombres, es una alianza nupcial, entre el I lijo do Dios hecho
hombre y la humanidad convertida por la gracia en Iglesia, Esposa y
cuerpo de Cristo. Esta alianza, a la que se entra por el bautismo,
se actualiza en el banquete nupcial de la Eucaristía, participación
del eterno banquete de bodas del Cordero.
Juan el Bautista, que
no es el Mesías, se define a sí mismo como “amigo del novio-esposo”,
que viene a desposarse con su pueblo: a el lo anuncia y se alegra
plenamente de que Jesús posea a su esposa la Iglesia.
El Obispo hace
presente a Cristo Esposo, y su ministerio está al servicio del
desposorio virginal de la Iglesia con su Señor. Pero, a su vez, no
es el esposo, sino el que lo sirve con amor, el amigo del novio, que
se alegra de que se realice y viva el misterio nupcial del Esposo y
la Esposa.
INVITACIÓN
Monseñor Alberto
Francisco María Sanguinetti Montero, tiene el agrado de participarle
(s) que S.S. Benedicto XVI lo ha elegido para el ministerio de
Obispo de Canelones, y lo (s) invita a acompañarlo en la Santa Misa
de su ordenación episcopal, que tendrá lugar en la Santa Iglesia
Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de Canelones,
el sábado 20 de los corrientes.
10:00 hs- Recepción de Mons. Alberto Sanguinetti de Canelones en la
Plaza 18 de julio.
16:15 hs- Rezo de I Vísperas del V Domingo de Cuaresma.
17:00 hs- Santa Misa de ordenación episcopal.
Ordenante principal: Mons. Nicolás Cotugno Fanizzi, Arzobispo
Metropolitano de Montevideo.
Obispos ordenantes: Mons. Orlando Romero Cabrera, obispo emérito de
Canelones; Mons. Carlos María Collazzi, obispo de Mercedes y
Presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay; Mons. Anselmo
Guido Pecorari, Nuncio Apostólico en el Uruguay; Mons. Marcelo Raúl
Martorell, obispo de Puerto Iguazú; todos los Sres. Obispos
presentes.
EL 20 DE MARZO SERÁ LA ORDENACIÓN
EPISCOPAL Y ASUNCIÓN DEL DEL OBISPO ELECTO DE LA
DIÓCESIS DE CANELONES, MONS. ALBERTO SANGUINETTI
El
Pbro. Alberto Sanguinetti Montero nombrado por el
Papa Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de
Canelones el pasado martes 23 de febrero, recibirá
la consagración episcopal y tomará posesión de dicha
circunscripción eclesiástica el 20 de marzo, a las
17 hs, en la Catedral de Canelones
El
Pbro. Sanguinetti es oriundo de Montevideo y hasta
ahora se desempeñó como miembro del Consejo
Presbiteral Arquidiocesano de Montevideo, Párroco de
la Parroquia “Nuestra Señora del Carmen” (Cordón) y
docente de la Facultad de Teología del Uruguay
“Mons. Mariano Soler”.
EL ANUNCIO DE MONS. ORLANDO ROMERO
Mons. Orlando Romero, quien presentara su renuncia
al Papa como Obispo de la Diócesis de Canelones al
llegar al límite de edad para el cargo, fue
designado por el Santo Padre Administrador
Apostólico de la Diócesis hasta la toma de posesión
del nuevo Pastor.
A
primeras horas de la mañana del 23 de febrero se
dirigió a través de una carta a la comunidad
diocesana para anunciar “con profunda gratitud al
Señor y al Santo Padre, Benedicto XVI” la
designación Mons. Alberto sanguinetti como nuevo
Obispo de Canelones. Expuso total adhesión al nuevo
Obispo a la vez que lo saludó con “filial afecto”:’
“Bendito el que viene en el nombre de Señor”’.
Señaló que ese día en la Catedral y en todos los
templos y capillas de la Diócesis de Canelones se
tocarían a vuelo las campanas al mediodía y al
atardecer. Manifestó, asimismo, que en las
celebraciones Eucarísticas todas las comunidades
parroquiales se unirán en la Oración por el Obispo,
propuesta en el Misal Romano, hasta la fecha de su
Ordenación Episcopal y toma de posesión de la
Diócesis:
“Dios
y Pastor eterno de tus fieles,
que
gobiernas a la Iglesia con providencia y amor;
haz
que tu hijo ALBERTO,
a
quien pones al frente de tu
pueblo
para
presidirlo en nombre de Cristo,
sea
maestro fiel de la verdad,
sacerdote digno de la sagrada liturgia
y
guía seguro de tu pueblo santo.
Por
Jesucristo Nuestro Señor. Amén”
Mons. Romero se hizo portador, asimismo, del primer
mensaje del Obispo electo a sus diocesanos (nota
aparte).
LA DIÓCESIS DE CANELONES
La
Diócesis de Canelones, erigida por mandato del Papa
Juan XXIII el 25 de noviembre de 1961, abarca el
departamento de Canelones y alberga a unos 514.616
habitantes. Su primer Obispo fue Mons. Orestes Nuti
(1962-1994), siguiéndole Mons. Orlando Romero. Con
este nombramiento, el P. Sanguinetti se convertirá
en el tercer Obispo de la Diócesis.
A
partir de la toma de posesión del nuevo Obispo, la
Conferencia Episcopal del Uruguay pasará a estar
conformada por 9 Obispos Diocesanos (uno de los
cuales es, además, Administrador Apostólico de
Minas), 2 Obispos Auxiliares (Montevideo y
Canelones) y 4 Obispos eméritos (2 en Melo, 1 en
Florida y 1 en Canelones).
“Dios me ha regalado una maleabilidad de adaptación
muy grande”
En esta entrevista con el Pbro. Alberto Sanguinetti,
el lector como que se sienta a conversar con un
sacerdote amigo que tiene una muy vasta y rica
trayectoria.
En diálogo cordial con el entrevistador, expresa sus
sentimientos, las expectativas con las cuáles va a
asumir el gobierno de la Iglesia local que le será
confiada; repasa su trayectoria en nuestra Iglesia,
sea en las diversas comunidades a las que sirvió
como párroco, en el plano de la docencia teológica
en el Instituto y luego Facultad de Teología; nos
habla de su empeño en la difusión de la devoción a
la Virgen de los Treinta y Tres; de su estudio y
trabajo por la causa Mons. Jacinto Vera; de los
sacerdotes y pastores que marcaron su vida; y de su
verdadero “culto a la amistad”. No faltó ningún tema
que los lectores hubieran querido saber.
ET-¿Te sorprende este nombramiento?
AS-Bueno, uno que es bastante veterano, conoce más o
menos las cosas de la Iglesia y por otra parte, con
meses, la posibilidad ya se sabía. En ese sentido no
me sorprende, aunque…¡en los hechos, sí! Es un
cambio. Citando el famoso dicho de Unanumo “Soy yo y
mis circunstancias”, en este caso, las
circunstancias cambian todo, a una altura de la vida
en que uno no está tan maleable. Cambia el lugar
donde vivir, la gente, las responsabilidades, el
oficio, todo cambia. Y en ese sentido es una gran
novedad. Por otro lado, en el ministerio episcopal,
uno va a hacer, lo mismo que hizo siempre, de otra
forma, porque uno ya está formado como sacerdote.
Bajo este aspecto no es algo tan nuevo; pero sí, las
responsabilidades son otras, las relaciones son
otras, la presentación ante la gente, es otra. Hay
un salto, digamos, cualitativo, porque el episcopado
es la plenitud del sacerdocio.
ET-Es la plenitud del sacerdocio y el obispo, de
algún modo, personifica toda la Iglesia. Los
sacerdotes como miembros del presbiterio y con el
obispo, son una presencia de esa personificación del
ministerio del obispo, con la cual él apacienta a su
Iglesia local entera.
AS-Tiene otras responsabilidades: el cuidado del
gobierno, de la conducción de su diócesis. El
“episcopo” es que mira y cuida como el Buen Pastor a
su grey. En ese sentido, es todo distinto. Y aún
hacia afuera, la relación con los otros obispos, con
las otras iglesias, la relación de la Iglesia
particular con Roma. Hace de gozne en una cantidad
de relaciones que componen la trama de la comunión
eclesiástica.
ET-La pregunta puede parecer un poco antipática,
pero te la hago igual: ¿Te sentís preparado para el
ministerio episcopal?
AS-En parte, me siento, dentro de las medidas y los
límites humanos, preparado. Yo he ejercido el
ministerio pastoral directo, es decirla “cura de
almas”, toda la vida, De párroco nomás ya llevo casi
30 años, en distintos medios: Maroñas, Carrasco,
Arroyo Seco, Cordón...Con variedad de trato con
gentes muy diversas. Después, yo he trabajado en
cosas muy distintas, en Pastoral Popular, en
docencia, en investigación, en todo lo que ha sido
en estos doce años de investigación en torno a Mons.
Vera, en quien he visto un modelo de pastor, de
Iglesia, ya que fue él que creó esta Iglesia desde
sus inicios hasta como la conocemos, la idea del
clero que tuvo...Dios me ha regalado -creo poder
usarla bien- una experiencia humana y pastoral,
hasta una maleabilidad de adaptación muy grande. El
mismo clero de Canelones, que va a ser mi clero, no
los conté, pero creo que al menos el setenta por
ciento ha sido alumno mío. No soy un desconocido, ya
los he servido, les he dado clases. Creo que tengo
también una trayectoria sacerdotal y cristiana,
y...¡alguna madurez por años, aunque sea, también
tengo! Bueno, todo ese bagaje me parece que me
permite estar bastante preparado para ese
ministerio. Las zonas de Canelones las conozco
bastante, unas más que otras. Es una diócesis
variada, compleja. Yo tengo raíces canarias, tanto
por el lado paterno como materno. No es que fuera al
África o algún otro lugar que no conozca nada. Al
contrario.
ET-Tu nombre está muy ligado a la Facultad de
Teología, como docente, como ex Rector. ¿Qué nos
puedes decir de esta veta de tu persona?
AS- En la Facultad de Teología, primero estuve como
docente del Instituto de Teología muchísimos años.
He dado muchos tratados: Vida cristiana, Gracia,
Virtudes, además de haber ido a congresos y
encuentros. Es decir, tengo una preparación
teológica más que media. Después, desde el punto de
vista más así organizativo, integré varios consejos,
fui el que armé todo, desde el punto de vista
económico, administrativo, para la erección por
parte de la Santa Sede, de este Instituto en
Facultad de Teología y luego su reconocimiento por
el Estado como Instituto Universitario. Fue el año
2.000. ¡Aunque sea por eso pasaré a la historia como
el primer rector de la Facultad de Teología! Siempre
me importó que creciera el nivel intelectual del
laicado, del clero, de la Iglesia, ayudando a crear
instituciones para ello, porque nosotros, un poco
porque la Iglesia en Uruguay es débil, un poco
quizás por esa idiosincracia, tendemos a no crear
las instituciones y así las cosas se hacen a
impulsos y luego se desinflan. En cambio, las
instituciones permanecen. En ello estoy trabajando
muchísimo; he dado cursos a distintos niveles,
cursos básicos, licenciaturas, investigaciones, etc.
ET-También publicaciones.
ET-Sí. Tengo publicaciones de distinta índole.
Prácticamente todos los años he publicado uno o dos
artículos de investigación. He publicado también en
distintas partes, tanto aquí como en Europa, en
Argentina.
AS-Otra faceta tuya ha sido el trabajo en Pastoral
Popular con la Virgen de los Treinta y Tres.
Contános un poco.
AS-Ya en Santa Rita había trabajado en Pastoral
Popular. Pero después, la Virgen de los Treinta y
Tres se me metió en la vida, porque yo no lo tenía
registrado ni mucho pensado. No voy a hacer la
historia de cómo surgió porque es muy larga. También
aquí tuve que estudiar el por qué de esta devoción,
qué sentido tenía y qué se podía hacer para
fomentarla. Y así, desde el 92, 93, a Ella me
entregué, desde la parte más mínima: hacer estampas,
medallas, oraciones que no había. La Casa del
Peregrino en Florida. Saqué opúsculos diversos sobre
historia, su teología, descripción del Santuario y
de su imagen. Es decir, toda una parafernalia
necesaria para que una devoción a la Virgen pudiera
acrecentarse. En la casa del Peregrino vino la Hna.
Noemí para darle una gran continuidad. También yo
llevé, con la anuencia del Sr. Obispo, la Virgen que
estaba en la capilla lateral de su Santuario al
camarín central donde está ahora, ayudé a que se
declarara Santuario Nacional. La súplica a la Virgen
que es una oración teológica, muy importante.
Trabajé mucho en el Festival de los artistas
“Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres”
que ha ayudado a la difusión de la devoción a la
Virgen. En el Santuario hay que trabajar bastante
más para que la gente vaya, no solamente a la
peregrinación nacional, sino tener el hábito de
llevar los hijos a Florida; después de casarse ir a
Florida, por lo que sea ir a Florida, los grupitos,
las familias, las personas para crear ese río que
desemboque allí. Después llevé la imagen a Roma, a
la Basílica de los Santos Apóstoles, donde le
encontré un lugar que es un poco la capilla uruguaya
en Roma, hice hacer una réplica para llevar al
Santuario de Nazareth, donde hay representaciones de
la Virgen de todos los países. Cuando fue la
peregrinación del año 92, en la cual la imagen
histórica recorrió todo el país, ahí fui a dar
charlas preparatorias a muchísimos lados. Creo,
además, que es una bendición la misma imagen y su
historia; así como también es una bendición, que no
esté en Montevideo, que sea más de todo el país,
estando en Florida.
ET-¿Y de la causa de beatificación de Mons. Jacinto
Vera?
AS-Yo ya estuve en la Comisión que se formó para el
centenario de su muerte en 1981. Se hicieron muchas
cosas, entre ellas, una oración que redacté yo. Pero
siempre estaba ese escollo del proceso, que ya
llevaba más de medio siglo que no había quien
escribiera la “positio”, ese alegato histórico y
jurídico, formal, que normalmente necesita una
persona que se dedique añosa eso. Y hace 12 años,
aquí en la sacristía del Cordón, Mons. Gottardi que
estaba para la celebración de los 80 años del P.
Vidal, me llamó aparte a un rinconcito y me dijo que
tenía que hacer la “positio”. Yo me resistí,
diciéndole que era un trabajo enorme, que tenía que
ser un historiador, que no era mi especialidad. Pero
al final me lo impuso y empecé despacito, de a
poco.¡Sabía que era difícil pero no sabía que era
tanto! Hice un esquema, lo mandé a Roma, fui a
consultar como se hacía. Resultó un trabajo enorme,
tengo más de 4 mil documentos estudiados y
bueno...cuando llegue, porque creo que llegará,
porque es imprescindible la beatificación y
canonización de Mons. Vera, para mí va a ser el acto
pastoral más importante, porque va a ser un elemento
de evangelización permanente. Estoy muy contento
porque la parte más difícil que es la biografía ya
está terminada, el primer tomo ya lo tengo en PDF
para imprimirlo y el segundo para las últimas
revisiones.
ET-¿Ahora, siendo obispo de Canelones, vas a poder
terminarlo?
AS-Sí, voy a terminarlo. Buscaré alguien que me
ayude y bueno, lo haré más lento, pero hay que
terminarlo. Espero dentro del año y un poquito más.
La historia documentada van a ser más o menos 1.500
páginas.
ET-¿Se va a publicar? ¡Mirá que estamos ansiosos por
leer todo esto!
AS-Cuando se haga la positio, sí. Voy a entregar
unos 50 o 60 copias a Roma y voy a mandar a imprimir
otras más para bibliotecas y para que quede acá como
una fuente documental enorme. Aún para la Historia
Nacional, porque hay cosas que se dicen y se repiten
en todos los libros, en Ardao, en una obra de Pivel
Devoto, que son erróneas. Repiten una cosa y otra es
una lectura no hecha, con los elementos propios,
empezando por el Derecho Canónico. En cosas que
Mons. Vera hacía, le ponen intenciones que no son;
él hacía lo que tenía que hacer según su oficio. Hay
dimensiones enteras de Mons. Vera que no se conocen.
Por ejemplo: su entrega impresionante a las
religiosas, de atenderlas personalmente, de ir a
confesarlas. Muchas otras cosas de su persona que
tampoco se conocen. Por ejemplo, el humor. Hay un
libro de Barrán que pone: “el gesto y el rostro
adusto de Mons. Vera” (!).¡Si algo dicen todos, era
lo jovial, lo bromista, lo alegre permanente que
era! Otro aspecto es la fama de santidad ya en
vida.¡No es que tenemos que “adornarnos” un
personaje para santo, porque es bueno tener un
santo! Todos sus contemporáneos así lo consideraban.
Además era el hombre más popular de la segunda mitad
del siglo diecinueve en Uruguay. Por lejos, aún para
la historiografía nacional tendría que estar como el
hombre más popular y más querido del país, incluso
el que lo recorrió más, el que estaba más cercano a
todo el mundo. La manifestación más grande el país,
fue cuando su muerte. Hay toda una época de la
Iglesia que yo la tengo viva, porque leí las cartas
y conozco el carácter, hasta sus momentos de mal
humor. Todo ha sido muy enriquecedor para mí. ¡Lo
tengo adentro a Mons. Vera! Y bueno, voy a Canelones
donde él fue párroco 17 años, donde él marcó esa
parroquia que entonces abarcaba medio departamento,
Santa Lucía, el Tala, etc. Realmente, eso que lo
tomé como un acto de obediencia y que me ha costado
mucho. ¡Las cosas que no hice por dedicarle tanto
tiempo! A veces pienso que no atendí a mi madre, por
sacar horitas de acá para allá. “Mamá no puedo ir”,
le decía muchas veces, por causa de este trabajo.
Pero en fin, creo que fue una bendición de Dios para
mí y creo que para la Iglesia en Uruguay. También
para formarme como obispo. Yo siempre digo que la
Iglesia uruguaya es “jacinta y mariana”.Por Jacinto
Vera y subordinadamente por Mariano Soler; digo
“subordinadamente” porque Mariano es producto de
Jacinto. Los dos se unen y articuladamente, porque
Mariano Soler con su aporte propio, fue vocación de
Mons. Vera, a quien llama “mi padre y protector”.
Son las raíces que Dios nos ha puesto y tener como
fundamento de una Iglesia a un obispo santo creo que
es un don inconmensurable. Todavía nos falta
tomarlo, apropiarlo y trabajarlo, quererlo y hasta
ponernos “la camiseta” por él.
ET-¿Algunos pastores, sacerdotes u obispos que te
hayan marcado?
AS-El primero que me acuerdo, de cuando iba a la
Sagrada Familia en Pocitos, era el párroco de
Carrasco, el P. Ponce de León (Haroldo).Yo empecé
allí como monaguillo, acólito en Semana Santa. ¡Ahí
uno se da cuenta cómo Dios ya me había metido la
vocación! Porque a mí, que me gusta todo, la
política y el arte, pero las cosas de Dios y de la
Iglesia, ya las iba pescando todas. A mí me puso el
roquete del pequeño clero el Arzobispo Barbieri.
Tengo todavía la imagen de la Catedral en reformas.
Y después, estando en Carrasco, el P. Elizaga que
fue, siendo sacerdote joven, como Teniente a la
parroquia. Él me llevó al Seminario, donde me
visitaba al comienzo. Pero el que me marcó ya como
sacerdote, fue el P. Vidal. Yo tuve, con una pequeña
discontinuidad,7 años aquí en el Cordón. El párroco
era el P. Vidal, de quien yo digo que era como
aquello que dijo Jesús de Natanael: “un israelita en
el cual no hay dolo”.El P. Vidal era un hombre de
una pieza, un sacerdote entero, sabio, prudente, con
esa distancia de años que había y más la que
parecía, porque él era más joven de lo que yo soy
ahora,. Pero en fin, era“¡El Padre Vidal!” Además en
aquellos años que eran un poquito turbulentos y de
búsqueda, a mí medio mucho apoyo. Realmente nos
quisimos bien hasta el final, con esa distancia y
con esa cierta timidez de él, pero con una gran
franqueza. Tuve también el gusto de poder
acompañarlo en su enfermedad y poder velarlo aquí,
estando yo como párroco en el Cordón. Yo soy hombre
de afectos muy fieles a mis amigos, así como en la
época más reciente con José Luis Bonifacino. Yo
nunca le dije Pepe, sino su nombre de pila como le
decía la madre. Soy de afectos de siempre, de
amistades duraderas; es muy difícil que yo deje de
ser amigo de alguien. Tiene que traicionarme muy
grande y aún así...Como obispo tuve primero a Mons.
Barbieri, apenas llegué una vez a verlo siendo
seminarista. El que conocí fue a Monseñor Parteli,
que fue quien me envío a estudiar a Roma, el que me
dio la tonsura antes de irme, para que yo me quedara
incardinado en Montevideo, porque yo fui siempre muy
de la Iglesia local, todos lo saben. Incluso no me
quise ordenar sacerdote en Roma, vine a ordenarme
acá. El me ordenó sacerdote y fue el que tuve
durante muchos años de sacerdocio. El me escribió la
homilía de mi ordenación, que dicho sea de paso,
todavía no la devolví al Archivo de Curia. Tengo que
buscar donde la tengo. En cambio cuando se ordenaron
ustedes, tú, Jorge Eduardo (Faget)y “Palalo” Bonavía,
en Corpus del 74, les cuento que, unos días antes
estuve con él y yo que soy medio atrevido y digo lo
que pienso, le dije: “Monseñor: ¿Va a hacer
homilía?“No – me dijo- ¿qué voy a decir si ya está
todo en el ritual de ordenación?” Y yo le respondï:
¡Pero Monseñor, se ordenan tres!“Bueno, hace un
borrador”, me dijo. Así que esa homilía la hice yo y
prácticamente la leyó tal cual. Son esas anécdotas
de la vida, esos entrecruzamientos que nunca se
saben porque uno no tiene tiempo de escribir. Fue un
hombre tímido, como era él, para el trato y a veces
uno hubiera querido que estuviera acompañado un
poquito más, pero un hombre recto, con capacidad de
recapacitar. Ya de seminarista, estando yo en Roma
estudiando, él fue un par de veces y yo lo atendí,
le hice de chófer, lo acompañé a varios lados y ahí
también pude conocerlo más personalmente. Después,
por supuesto conocí otros, los obispos auxiliares,
Rubio, Scarrone. Con Mons, Gottardi hice muchas
cosas con él pero, la verdad, no diría que me haya
marcado particularmente en mi vida. Sí en cambio, yo
tengo grandes amigos fuera de acá, por el hecho que
hice la Teología en Roma. En esa edad de adulto
joven, uno hace grandes amistades. Sobre todo dos;
uno de Salta, que ahora es obispo de Puerto Iguazú,
en Argentina, Marcelo Martorell y otro un obispo
mexicano, con quien durante 16 años no nos vimos y
mantuvimos la amistad por carta. Yo lo volví a
llamar cuando leí en L' Osservatore Romano, que lo
habían hecho obispo. Carlos Suárez Cáceres, que
ahora es Auxiliar en Morelia.
ET-¡Morelia! ¡Pah, nos costó un trasnoche ver el
otro día el partido de Morelia con Nacional
AS-!Él es un fanático del fútbol e incluso jugaba
muy bien al fútbol y da la casualidad que en la Copa
del Mundo Uruguay y México estamos en el mismo
grupo.
ET-Retomá lo que me estabas diciendo, para ir
terminando.
AS-Como te decía, yo tengo amistades de años y
nombro estos dos especialmente, no porque sean
obispos ahora, sino porque fueron compañeros míos de
estudio, como también soy amigo del obispo chileno
Christian Precht, quien ya era sacerdote cuando fue
a estudiar a Roma. En fin, soy hombre de amistades
de muchos años.
CARTA DE DESPEDIDA
“LOS AMO DE CORAZÓN”
A mis queridos hermanos de la Iglesia de
Montevideo:
Gracia, perdón y paz de parte de Dios
nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.
Con
estas palabras quiero despedirme de
todos ustedes, mis hermanos de la
Iglesia de Montevideo. Ella es mi madre,
en la que fui engendrado a vida nueva
por la fe apostólica, el baño del
Bautismo y la unción de la Confirmación,
en la que continuamente fui alimentado
con el pan de la Palabra y la
participación en el sacrificio del
Cordero inmaculado.
Para el servicio de la Iglesia Católica
que está en Montevideo entré en el
Seminario en 1962, fui incardinado a su
clero en 1967, ordenado diácono suyo en
1970 y presbítero de la misma Iglesia el
18 de mayo de 1973 por las manos y la
oración de Mons. Carlos Parteli.
No voy a mencionar todos los ministerios
que se me han encomendado, aunque sí
recuerdo especialmente las comunidades a
las que estuve adscrito: Nuestra Señora
del Carmen del Cordón, la Inmaculada
Concepción y San Felipe y Santiago,
Nuestra Señora del Sagrado Corazón y
Santa Rita de Maroñas, Stella Maris de
Carrasco y Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro y San Alfonso. Entre tantos
trabajos no puedo dejar de mencionar la
Facultad de Teología del Uruguay, sus
funcionarios y alumnos, a quienes
dediqué sin dudas muchísimas horas de mi
vida: a la mayor parte del clero formado
en este país le abrí las puertas de las
maravillas de la gracia de Dios.
A todos los hermanos que me tocó servir
y acompañar, les pido me perdonen lo que
por mis fragilidades haya hecho daño o
los haya ofendido. Me confío a su
caridad para que rueguen por el perdón
de mis pecados y, sobre todo, para que
el Señor me conceda el Espíritu a fin de
que por el ministerio episcopal pueda
hacer el mayor bien posible a la Iglesia
de Dios. Pero, sobre todo, les
agradezco, hermanos míos, su fe en
Cristo, que ilumina y da sentido al
ministerio sacerdotal, la entrega
generosa de tantos fieles laicos, la
caridad y la multitud de muestras de
cariño que me han dado en la vida.
Desbordante ha sido el baño de palabras
y gestos de amor, de comunión en la
caridad de Cristo y en el alma de la
Iglesia, que me han expresado con motivo
de mi nombramiento como obispo.
Una palabra especialísima a mis hermanos
presbíteros de la Iglesia de Montevideo,
con el Arzobispo y su Obispo auxiliar.
En ese maravilloso presbiterio fui
insertado por la ordenación sacerdotal.
Mil gracias por toda la vida de
servicio, amistad, entrega, gracia y más
cosas que podría decir de estos casi 40
años. En estos días, desfilan por mi
mente una multitud de imágenes, cargadas
de lindísimos recuerdos. Les pido que no
se olviden de mí en sus oraciones,
especialmente al ofrecer el Sacrificio
de Jesucristo. Yo los llevaré siempre
conmigo, incluidos aquellos que han sido
llamados a integrarse a la liturgia
celestial.
A todos ustedes, fieles de Cristo,
religiosos y religiosas, diáconos, y
sacerdotes de la Iglesia de Montevideo
los amo de corazón. No se olviden de mí
y de la Iglesia de Canelones a la que
estoy entregado, y a todos los que
puedan los invito a acompañarme en mi
ordenación episcopal.
Los bendigo con toda mi alma
Alberto Sanguinetti Montero, pbro.
Obispo electo de Canelones
PRIMER MENSAJE DEL NUEVO OBISPO
DE CANELONES A SUS DIOCESANOS
“Noche y día le pido
insistentemente a Dios poder ver el rostro de
ustedes y completar lo que falta a su fe. Que
Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús
orienten mis pasos hacia ustedes”
Queridos
fieles católicos de la Iglesia de Canelones:
Por estas líneas quiero enviarles un primer
saludo a ustedes, mis hermanos en Cristo, a
quienes la Providencia de Dios me encomienda,
para que cuide y apaciente en su nombre. Sé
cuánto han rezado pidiendo a Jesucristo les
diera un obispo según su corazón. Confío y estoy
cierto de que ahora orarán con mayor insistencia
por mí, para que sea un dócil instrumento en las
manos del Padre. Y espero que todos los que
puedan me acompañarán en la misa de ordenación
episcopal.
Hago mías estas palabras de San Pablo. Queridos
hermanos: “Noche y día le pido insistentemente a
Dios poder ver el rostro de ustedes y completar
lo que falta a su fe. Que Dios mismo, nuestro
Padre y nuestro Señor Jesús orienten mis pasos
hacia ustedes. En cuanto a ustedes, que el Señor
los haga progresar y sobreabundar en el amor de
unos con otros, y en el amor para con todos,
como es mi amor para con ustedes, para que se
consoliden sus corazones con santidad
irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la
Venida de nuestro Señor Jesucristo (1Tes. 3,
10-13)”.
A los sacerdotes del presbiterio diocesano les
envío un abrazo fraterno, con el ansia de
encontrarnos pronto: cuento con su caridad y el
deseo común de servir al Señor.
Con todos ustedes, queridos diocesanos, me
encomiendo a la Madre de Dios, Nuestra Señora de
Guadalupe, y, llevándolos a todos en mi corazón
sacerdotal, los bendigo en el nombre del Señor
“Acompañar a la Iglesia concreta
en sus comunidades”, será una de las
preocupaciones del recién nombrado obispo de
Canelones, Uruguay, Alberto Sanguinetti Montero,
quien explica en esta entrevista concedida a
ZENIT su vocación al sacerdocio, sus prioridades
pastorales y las urgencias para la Iglesia en
Uruguay.
El 23 de febrero pasado fue
nombrado obispo de la diócesis de Canelones
Alberto Sanguinetti Montero. La diócesis tiene
una superficie de 4.532 kilómetros cuadrados,
una población de 453.000, de los que son
católicos 339.000, 40 sacerdotes, 153 religiosos
y un diácono permanente. Sucede al obispo
Orlando Romero Cabrera, cuya renuncia al
gobierno pastoral de la diócesis fue aceptada
por límite de edad.
Alberto Sanguinetti Montero nació
en Montevideo, el 10 de octubre de 1945. En
1962, ingresó en el Seminario Interdiocesano
Cristo Rey, en Toledo, Uruguay. Siendo alumno
del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, en
1971, obtuvo la Licenciatura en Teología, en la
Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y
cursó luego un año de estudios en el Pontificio
Instituto Bíblico, en la misma ciudad.
El 18 de mayo de 1973 fue ordenado sacerdote
para la Archidiócesis de Montevideo. En 1978,
obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la
Facultad de Teología de San Miguel, Buenos
Aires. De 1979 a 1980, fue vicedirector del
Instituto Teológico del Uruguay “Monseñor
Mariano Soler”.
Tras su ordenación sacerdotal, se ha desempeñado
como párroco en diferentes lugares y, desde 1992
ha sido promotor de la devoción a la Virgen de
los Treinta y Tres, además de secretario
ejecutivo a nivel nacional de la Comisión de la
Pastoral Popular.
En 1999, asumió el cargo de director del
Instituto Teológico del Uruguay. En 2000, llevó
adelante la transformación de dicho instituto en
la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor
Mariano Soler”, y fue su primer rector hasta
2004.
Es miembro del Consejo Presbiteral de la
archidiócesis de Montevideo y profesor de la
Facultad de Teología del Uruguay.
Es autor de varios libros y
artículos publicados con éxito editorial. Ha
promovido el arte cristiano, siendo el creador
del Festival Musical “Uruguay le canta a la
Virgen de los Treinta y Tres”. Es miembro
cofundador de la Sociedad Uruguaya de Teología.
-¿Cómo surgió su vocación
sacerdotal?
Monseñor Sanguinetti: Yo nací en
una familia católica y fui educado en la fe. Se
me enseñó y asimilé que había que buscar la
voluntad de Dios para nuestras vidas,
preguntarle qué quería de uno y estar dispuesto
a hacer esa voluntad. Yo me estructuré de niño
en esa búsqueda de la voluntad de Dios.
Llevé una vida común de escolar,
estudiante medio y comencé los estudios
preuniversitarios de Arquitectura, que es mi
vocación laboral natural. Al mismo tiempo, llevé
vida cristiana parroquial, donde me fui dando
cuenta de que, entre la cantidad de aspectos de
la vida que me atraían e interesaban (la
arquitectura, la política, el arte, el
matrimonio, etc.), lo más importante fueron
siempre las cosas de Dios y de la Iglesia. Dios
nuestro Señor me iba invitando y yo iba
respondiendo: fui pasando a un par de misas
entre semana (aunque para ello tenía que
levantarme a las 6 de la mañana y no a las 6 y
media; luego pasé a la misa diaria, me fui
acercando al Evangelio. Y así el Señor me fue
mostrando su voluntad y yo la fui siguiendo,
hasta entrar en el Seminario.
-¿Cuáles han sido sus
sentimientos al conocer la noticia de su
nombramiento?
Monseñor Sanguinetti: Yo soy un
hombre mayor, aunque con buena salud. Muchas
veces se habló de la posibilidad de que fuera
llamado al episcopado. De modo que no voy a
fingir extrañeza ante el nombramiento, que
siempre es imprevisible y concreto. Me han dado
mucha alegría los cristianos que en comunión de
fe y amor a la Iglesia han compartido esta
designación, porque la he vivido con ellos como
una ocasión de renovarse en la pertenencia a la
Iglesia y en abrirse a la presencia de Dios en
ella. Tengo mucha serenidad para asumir este
ministerio, confianza en el clero y el laicado
de la Iglesia de Canelones y en que quien se
ocupa de ella es el Señor Jesús. Yo, como Juan
el Bautista quiero señalarlo a Él para que la
Iglesia se le una siempre más plenamente.
-¿Cuáles serán sus prioridades
pastorales?
Monseñor Sanguinetti: Yo voy a
seguir siendo el que soy, y a continuar viviendo
como lo que soy: un sacerdote católico. En ese
sentido no traigo novedades. De todas formas,
como obispo siempre lo primero es la atención al
clero, conocerlo, comprenderlo y ayudarlo a que
viva más plenamente su sacerdocio y pueda servir
a la Iglesia dando lo mejor de sí. Luego hay que
acompañar la Iglesia concreta en sus
comunidades, parroquiales, docentes, religiosas,
monásticas.
Sin dar cátedra, y menos en unas
líneas, creo sí que entre las cosas que la
Iglesia --por múltiples razones- debe hacer es
ahondar en lo principal, y vivir mejor y más
profundamente lo más rico de lo que Jesús le ha
dado. Entonces, sin dejar dimensiones
importantísimas, juzgo que hay que renovar y
centrarse en la adoración y entrega al Padre, y,
en las realizaciones concretas, en una vida
litúrgica, cada vez más auténtica, más
participada, según su verdad, es decir, según la
tradición de la Iglesia.
También es imprescindible una
renovación de la catequesis, que incluya un
conocimiento más pleno del tesoro de la
Revelación entregado por Cristo a su Pueblo. Es
necesario conocer la verdad de Cristo que nos
hace libres. Y en todo, la paciencia, la
humildad y la caridad.
-¿Cuáles cree que son las
urgencias de la vida de la Iglesia en Uruguay?
Monseñor Sanguinetti: Mucho está
contestado en lo anteriormente dicho. Urgencias
no sé si se pueden llamar, porque parece que
hubiera que salir corriendo con la sirena
abierta como una ambulancia. Y los procesos de
conversión permanente, que hacen a la vida de
los cristianos, no son de esa forma.
Sin embargo, son carencias
fuertes que hay que enfrentar diversas
debilidades del Pueblo de Dios que peregrina en
el Uruguay: la ignorancia religiosa, el
relativamente poco amor y conciencia de la
Eucaristía y de la participación en el
Sacrificio Eucarístico. Hay carencia de
sacerdotes, de religiosos y religiosas y de un
laicado preparado. Un punto principalísimo, pero
que tampoco se soluciona con urgencias es la
presencia cultural de la Iglesia. Al mismo
tiempo hay asuntos estructurales y económicos
que piden ser encarados.
-¿Qué mensaje enviaría los
sacerdotes en este Año Sacerdotal?
Monseñor Sanguinetti: Quiero
invitar a los sacerdotes a ahondar en las
dimensiones objetivas del sacerdocio, a partir
de la máxima realidad que es la Trinidad
Santísima.
Es el Padre el que envía al Hijo.
Es Jesucristo el que nos llama y nos asocia a
su poder salvador, es el Espíritu Santo el que
consagra y obra. De tal forma que el sacerdote
no debe atender principalmente --aunque tenga
parte en su vida- a lo que siente, gusta o teme,
ni a lo que los demás quieran o juzguen, sino al
fundamento de su realidad: Dios lo creó, lo
llamó, lo consagró tomándolo para sí, y obra en
él. Por supuesto, que esto pide una apropiación
personal y una recepción en y con la comunidad
eclesial. Por lo mismo la medida de la
respuesta, no es principalmente el realizarse ni
el agradar a los hombres, sino el ser fiel a
Dios, puesta la confianza sólo en él, y la
entrega y adoración del amor del Padre.
-¿Cuáles de sus actividades lo
prepararon para el ministerio episcopal?
Monseñor Sanguinetti: En primer
lugar, yo he estado en el ministerio sacerdotal
durante 37 años de los cuales 28 he sido párroco
de cuatro comunidades muy diversas por su gente,
barrio, tamaño.
En segundo lugar, el estudio, que
en mi caso ha sido intenso, porque he enseñado
la Sagrada Teología durante más de 35 años.
En tercer término, he tenido
ocasión de dedicarme de diversas formas a la
llamada Pastoral Popular, o la pastoral en
cuanto toma como sujeto al Pueblo de Dios, como
conjunto y me ha sido de gran enriquecimiento.
Además, señalo que el tomar parte
en la organización de eventos artísticos,
musicales, plásticos, arquitectónicos ha
contribuido a valorar esa creación humana y su
conexión con la fe vivido por la Iglesia.
Por último reitero que la Sagrada
Liturgia celebrada en su mayor solemnidad, con
la participación del pueblo cristiano en la
escucha, la respuesta, el canto y el silencio,
pero sobre todo con la ofrenda de Cristo y con
Cristo al Padre, es el gozo de la gracia y la
verdad que se nos da para que de ella vivamos
para la gloria de Dios.
(Oficina
de Prensa CEU - Martes 23 de febrero de 2010).El Pbro. Alberto
Sanguinetti Montero, de 64 años de edad, fue nombrado por el Papa
Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de Canelones.
A las
12 hs de Roma (9 hs de Montevideo) de esta jornada fue publicado el
referido nombramiento por L’ Osservatore Romano, al tiempo que se
anunció la designación del hasta ahora Obispo de esa Diócesis, Mons.
Orlando Romero Cabrera, como Administrador Apostólico “ad tempus” de
dicha circunscripción eclesiástica, hasta la toma de posesión
canónica por parte del nuevo Pastor.
El
Pbro. Sanguinetti es oriundo de Montevideo y hasta ahora se
desempeñó como miembro del Consejo Presbiteral Arquidiocesano de
Montevideo, Párroco de la Parroquia “Nuestra Señora del Carmen”
(Cordón) y docente de la Facultad de Teología del Uruguay “Mons.
Mariano Soler”.
La
Diócesis de Canelones abarca el departamento de Canelones, que
alberga a unos 514.616 habitantes.
La
Diócesis de Canelones fue erigida por mandato del Papa Juan XXIII,
el 25 de noviembre de 1961. Su primer Obispo fue Mons. Orestes Nuti
(1962-1994), le siguió Mons. Orlando Romero, convirtiéndose el P.
Sanguinetti con este nombramiento, en el tercer Obispo de la
Diócesis.
A
partir de la toma de posesión del nuevo Obispo, la Conferencia
Episcopal del Uruguay pasará a estar conformada por 9 Obispos
Diocesanos (uno de los cuales es, además, Administrador Apostólico
de Minas), 2 Obispos Auxiliares y 4 Obispos eméritos.
El
Rev. Alberto Sanguinetti Montero nació en Montevideo, el 10 de
octubre de 1945.
Realizó sus estudios primarios en el Colegio San Juan Bautista, en
Montevideo. Cursó luego estudios preuniversitarios de arquitectura
en el Colegio Sagrado Corazón.
En
1962 ingresó en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey, en Toledo
(Uruguay).
Siendo alumno del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, en 1971,
obtuvo la Licenciatura en Teología, en la Pontificia Universidad
Gregoriana de Roma, y cursó luego un año de estudios en el
Pontificio Instituto Bíblico, en la misma ciudad.
El 18
de mayo de 1973 fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de
Montevideo.
En
1978 obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la Facultad de
Teología de San Miguel (Buenos Aires)
De
1979 a 1980 fue Vice-director del Instituto Teológico del Uruguay
Monseñor Mariano Soler.
Después de su ordenación sacerdotal fue Vicario parroquial de
Nuestra Señora del Carmen (Cordón) durante 7 años, y por un año en
la Catedral.
En
1982 fue párroco de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y Santa Rita
(Maroñas), y desde 1989 hasta 2000, párroco de Stella Maris.
Desde
1992 ha sido promotor de la devoción a la Virgen de los Treinta y
Tres, además de secretario ejecutivo a nivel nacional, de la
Comisión de la Pastoral Popular.
Al
mismo tiempo, fue coordinador de la publicación “La Fiesta Hoy –
Estudio interdisciplinar sobre la fiesta”.
En
noviembre de 1999 asumió el cargo de Director del Instituto
Teológico del Uruguay Monseñor Mariano Soler. En el año 2000 llevó
adelante la transformación de dicho instituto en la Facultad de
Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”, y fue nombrado su primer
Rector, cargo que desempeñó hasta 2004.
Entre
el año 2000 al 2005 fue párroco de Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro y San Alfonso (Tapes). Desde 2005 es párroco de Nuestra
Señora del Carmen (Cordón). Además, es miembro del Consejo
Presbiteral de la Arquidiócesis de Montevideo, profesor ordinario
del Tratado sobre “Gracia y Virtudes” en la Facultad de Teología del
Uruguay y vice-postulador de la Causa de Beatificación del Siervo de
Dios, Mons. Jacinto Vera. Ha dictado cursos de Teología,
Eclesiología e Historia, particularmente, algunos Tratados sobre San
Agustín y Santo Tomás de Aquino.
El
Rev. Alberto Sanguinetti es autor de varios libros y artículos
publicados con éxito editorial. Igualmente, ha promovido el arte
cristiano: la escultura, la música y el canto sacro; siendo el
creador del Festival Musical “Uruguay le canta a la Virgen de los
Treinta y Tres”, que ha alcanzado ya su décima edición. Ha predicado
Ejercicios Espirituales a sacerdotes, laicos y seminaristas, tanto
en Uruguay como en Argentina. Es miembro co-fundador de la sociedad
Uruguaya de Teología.
Ha
sido también miembro de la Comisión Nacional de Doctrina y ha
participado en varios congresos internacionales de Teología y de
Cultura: en 2009 ha participado en el IX Coloquio anual del
Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa, sobre el tema “La
Religión en la Educación Pública”.
El 23
de febrero de 2010 ha sido nombrado Obispo de la Diócesis de
Canelones.
Il
Santo Padre Benedetto XVI ha accettato la rinuncia al governo
pastorale della diocesi di Canelones (Uruguay), presentata da S.E.
Mons. Orlando Romero Cabrera, in conformità al can. 401 § 1 del
Codice di Diritto Canonico.
Il Papa ha
nominato Vescovo di Canelones (Uruguay) il Rev.do Alberto
Sanguinetti Montero, del clero dell’arcidiocesi di Montevideo,
parroco della parrocchia Nuestra Señora del Carmen a Cordón.
Rev.do Alberto
Sanguinetti Montero
Il Rev.do Alberto
Sanguinetti Montero è nato il 10 ottobre 1945 a Montevideo. Nel 1962
ha iniziato gli studi nel Seminario Interdiocesano Cristo Rey
di Montevideo e, in pari tempo, ha frequentato i corsi di Umanità e
Filosofia presso il Collegio San Juan Bautista.
Nel 1973 ha
ottenuto la licenza in Teologia presso la Pontificia Università
Gregoriana.
È stato ordinato
sacerdote il 18 maggio 1973. Dopo un periodo di ministero pastorale
a Montevideo, ha ottenuto il Dottorato in Teologia Dogmatica presso
la Facultad de Teologia de San Miguel" (Argentina).
Nel 2000 è stato
nominato primo Rettore della Facultad de Teología del Uruguay
"Mons. Mariano Soler", incarico che ha svolto fino all’anno
2004.
È stato, quindi,
parroco a Carrasco, Tapes e dal 2004 è parroco della Parrocchia
Nuestra Señora del Carmen a Cordón. Attualmente è anche membro
del Consiglio Presbiterale dell’arcidiocesi di Montevideo e
postulatore della Causa di Beatificazione del Servo di Dio Mons.
Jacinto Vera.