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FUE ORDENADO UN NUEVO OBISPO
PARA URUGUAY: MONS. MILTON TRÓCCOLI
“EL AMOR DE CRISTO NOS
APREMIA”
En una Misa presidida por Mons. Nicolás Cotugno, Arzobispo de
Montevideo y concelebrada por los Obispos en
Uruguay, el pasado domingo, 20 de diciembre,
fue Mons. Milton Tróccoli como Obispo
Auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo.
Oficiaron de Co-ordenantes el Nuncio Apostólico, Mons.
Anselmo Guido Pecorari y el Obispo de San
José, Mons. Arturo Fajardo ante una Catedral
colmada de sacerdotes, religiosos, diáconos,
fieles, familiares y amigos de Mons. Milton.
En su homilía, Mons. Cotugno explicó la liturgia de la
ordenación episcopal a la vez que destacó
las tres características principales del
Ministerio Episcopal: la fidelidad, la
prudencia y la bondad. Tras detallar las
funciones del Obispo Auxiliar destacó que el
“sacerdocio ministerial está al servicio del
sacerdocio bautismal de la vida santa a la
que todos estamos llamados, también nosotros
que hemos recibido la plenitud del
sacerdocio jerárquico de Cristo en la
sucesión apostólica”.
Señaló que la Virgen de Nazaret es “la encarnación del
sacerdocio de la vida santa en el servicio
de la vida cotidiana entregada totalmente a
Jesús su Hijo y a José su esposo. Allí, en
Nazaret, se llevó a cabo la existencia
prototípica del ser humano amasado en el
misterio de Dios en ese Verbo hecho
carpintero, celebrando el pontifical más
auténtico de la historia, quemando el
incienso de la entrega familiar cotidiana
ofrecida en la convivencia hecha sacerdocio
de alabanza a nuestro Dios y Padre”.
“María pasó toda su vida ‘sirviendo’ a Jesús y a José. Vivió
su sacerdocio sirviendo toda su vida.
Imitando a Jesús como nadie jamás podrá
hacerlo, vive el sacerdocio de la vida santa
encarnando en su cotidianeidad rutinaria el
hecho extraordinario del sacerdocio de
Cristo inaugurado y consumado en el altar de
la cruz y glorificado en la resurrección.
María es la más grande entre todas las
personas humanas de todos los tiempos porque
sirvió a Jesús, como Jesús sirvió al Padre”,
sostuvo el Arzobispo de Montevideo.
PRIMER MENSAJE DEL NUEVO OBISPO
En sus primeras palabras, tras recibir por imposición de
manos de Mons. Cotugno la ordenación
episcopal, Mons. Milton adelantó las claves
de su tarea como Pastor:” el deseo profundo
de evangelizar, animar para crecer en la fe,
trabajar en equipo, y acompañar para
discernir la voluntad de Dios”.
Explicó que el lema elegido: “Caritas Christi urget nos”, “el
Amor de Cristo nos apremia”, nos urge,
“quiere expresar mi motivación más honda al
comenzar este ministerio. Que sea el amor de
Cristo, su amor de Buen Pastor, su amor
hasta dar la vida por el rebaño, el que me
mueva a entregarme, y a dejar lo mejor de mí
para servirlos a todos. Que sea Él, el que
se transparente en cada palabra y en cada
gesto”.
“En estos días de retiro y de preparación para la ordenación
he tenido presentes de un modo especial a
Mons. Pironio, y al querido, hoy Venerable,
Juan Pablo II, a quienes les he pedido, como
el profeta Eliseo a Elías, el don de la
paternidad espiritual, y el incansable
espíritu sacerdotal y misionero”, confesó el
flamante Obispo.
Señaló que “estamos en tiempo de misión, y el amor de Cristo
quema nuestro corazón para que su Vida
llegue a cada rincón de la diócesis,
humanizando, y devolviendo alegría y
dignidad, allí donde se ha perdido”.
“En un mundo herido y tensionado, con nostalgia de paz y de
reconciliación, con una profunda nostalgia
de Dios, queremos ser testigos de esperanza,
y testigos esperanzados, con aquella
esperanza que no defrauda, la esperanza en
el Hombre que humaniza, Jesucristo”, destacó
Mons. Tróccoli.
En
www.iglesiacatolica.org.uy está
disponible la homilía del Arzobispo de
Montevideo, Mons. Nicolás Cotugno, el saludo
del flamante Obispo Auxiliar, Mons. Milton
Tróccoli, imágenes y audio de estos
mensajes.
Galería de imágenes
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HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO DE MONTEVIDEO
MONS. NICOLÁS
COTUGNO, SDB
ORDENACION EPISCOPAL
DE
MILTON TROCCOLI
IV
DOMINGO DE ADVIENTO
MONTEVIDEO, 20 de noviembre de 2009

Introducción
Con gran
alegría y afecto saludo y doy la bienvenida
a todos los hermanos y hermanas convocados
por el Señor esta tarde para la celebración
eucarística en esta Iglesia Matriz, en la
que nuestro hermano Milton recibirá la
ordenación episcopal. Un saludo especial
para el Sr. Nuncio Apostólico a quien
manifestamos, para que se lo transmita al
Santo Padre, nuestro agradecimiento por el
don del Obispo Auxiliar; un saludo especial
también para todos los hermanos Obispos
presentes, a los presbíteros y diáconos, a
todos los seminaristas, a los integrantes de
la Vida consagrada y a todos los hermanos y
hermanos en la fe.
LA
PALABRA DE DIOS
Estamos
en el IV Domingo de Adviento a pocos días de
la celebración del misterio de la
encarnación del Hijo de Dios. Dios se nos
acaba de comunicar a través de su Palabra.
Nos
dice, a través del profeta Miqueas,
que cuando dé a luz la que debe ser madre,
nacerá el que debe gobernar a Israel y el
mismo Dios lo apacentará con la fuerza del
Señor, con la majestad del nombre del Señor,
su Dios y Él mismo será la paz”.
Por otro
lado, la carta a los Hebreos nos dice
que el que va a nacer de mujer y gobernará a
Israel, el Mesías, Cristo Jesús, viene al
mundo para hacer la voluntad de Dios, quien
ya no mira con agrado los holocaustos ni los
sacrificios expiatorios. Pero le ha dado un
cuerpo, por cuya inmolación, hecha de una
vez para siempre, quedamos santificados.
Y en el
evangelio de Lucas, contemplamos a
María que después de haber recibido en la
anunciación el pedido de ser la madre del
Hijo de Dios y habiéndose abandonado a su
voluntad, parte sin demora para ir a
auxiliar a su prima Isabel. En la maternidad
de ambas y en el encuentro de Jesús y de
Juan Bautista se experimenta la alegría de
la salvación. Y María, por haber creído, es
proclamada feliz y ella canta dichosa la
grandeza del Señor.
LA
ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MILTON TROCCOLI
En este
contexto, nuestro hermano Milton recibe el
Espíritu Santo que entregándole la plenitud
del sacramento del Orden, lo incorpora al
Colegio episcopal que sucede al Colegio
apostólico, transformándolo en verdadero
sucesor de los Apóstoles.
También
nuestro hermano, hoy, al decir, como Jesús,
VENGO PARA HACER TU VOLUNTAD,
entra en ese conjunto de intervenciones de
Dios en la historia por las que Jesús, Verbo
eterno encarnado, Sumo y Eterno Sacerdote,
dispone de su persona como lo hizo en
relación a su cuerpo, a los Apóstoles y a
los discípulos y sobre todo en relación a
María, la Mujer de quien nació el Mesías, el
redentor del hombre, el principio y fin de
la Iglesia y del mundo.
Querido
hermano Milton, ya eres sacerdote. Sin
embargo, hoy Jesús te dona su Espíritu para
establecer una relación nueva de Él para
contigo e de ti para con la Iglesia.
Permítenos acompañarte con todo nuestro
cariño y meditar y agradecer juntos lo que
estás llamado a ser y a vivir.
Nada
mejor que dar una mirada a lo que se hace en
la liturgia de la ordenación episcopal que
estamos realizando.
LA
IMPOSICIÓN DE MANOS Y LA ORACIÓN
Hay dos
elementos que merecen, entre otros, ser
destacados: la imposición de manos y la
oración en silencio.
El
primer elemento:
la imposición de manos. “Según la Tradición
apostólica – afirmó el Papa Benedicto XVI -
este sacramento (la ordenación episcopal) se
confiere mediante la imposición de
manos. La palabra humana enmudece.
El alma se abre en silencio a Dios, cuya
mano se alarga hacia el hombre, lo toma para
sí y, a la vez, lo cubre para protegerlo, a
fin de que, a continuación, sea totalmente
propiedad de Dios, le pertenezca del todo e
introduzca a los hombres en las manos de
Dios.
El
segundo elemento:
la oración en silencio. La ordenación
episcopal es un acontecimiento de oración.
Ningún hombre puede hacer a otro sacerdote u
obispo. Es el Señor mismo quien, a través de
la palabra de oración y del gesto de la
imposición de manos, asume a ese hombre
totalmente a su servicio, lo atrae a su
propio sacerdocio. El mismo consagra a los
elegidos. El mismo, el único Sumo Sacerdote,
que ofreció el único sacrificio por todos
nosotros, le concede la participación en su
sacerdocio, para que su Palabra y su obra
estén presentes en todos los tiempos.
EL
EVANGELIARIO
Por esta conexión entre la oración y la
actuación de Cristo sobre el hombre, la
Iglesia en su liturgia ha desarrollado
un signo elocuente. Durante la
oración de ordenación se abre sobre el
candidato el Evangeliario, el
libro de la Palabra de Dios. El Evangelio
debe penetrar en él; la Palabra viva de Dios
debe, por así decirlo, invadirlo. Cristo
mismo es el Evangelio. Con la Palabra, la
vida misma de Cristo debe invadir a aquel
hombre, de manera que se convierta
totalmente en una sola cosa con él, que
Cristo viva en él y dé a su vida forma y
contenido. De esta manera debe realizarse en
él lo que se presenta como la esencia del
ministerio sacerdotal de Cristo. El
consagrado debe ser colmado del Espíritu de
Dios y vivir a partir de él. Debe llevar a
los pobres el alegre anuncio, la verdadera
libertad y la esperanza que permite vivir al
hombre y lo sana. Debe establecer el
sacerdocio de Cristo en medio de los
hombres, el sacerdocio según el modo de
Melquísedec, esto es, el reino de la
justicia y de la paz. Como los setenta y dos
discípulos enviados por el Señor, debe
llevar curación, ayudar a sanar la herida
interior del hombre, su lejanía de Dios. El
bien primero y esencial del que tiene
necesidad el hombre es la cercanía de Dios
mismo.
HE
VENIDO A SERVIR Y A DAR MI VIDA
Jesús
sintetizó todos estos múltiples aspectos de
su sacerdocio en una frase: “El Hijo del
hombre no ha venido a ser servido sino a
servir y a dar su vida como rescate por
muchos” (Mc 10,45). Servir y en ello
donarse uno mismo, ser no para uno
mismo, sino para los demás, de parte de Dios
y con vista a Dios; este es el núcleo más
profundo de la misión de Jesucristo y, a la
vez, la verdadera esencia de su sacerdocio.
Así, él hizo del término “siervo” su más
elevado título de honor. Con ello llevó a
cabo un vuelco de los valores; nos donó una
nueva imagen de Dios y del hombre: Jesús no
viene como una de los señores de este mundo,
sino que él, que es el verdadero Señor,
viene como siervo. Su sacerdocio no es
dominio, sino servicio: este es el nuevo
sacerdocio de Jesucristo al modo de
Melquísedec.
San
Pablo formuló la esencia del ministerio
apostólico y sacerdotal de forma muy clara.
“Es preciso que los hombres vean en
nosotros a siervos de Cristo y
administradores de los misterios de Dios.
Por lo demás lo que, en fin de cuenta, se
exige de los administradores es que sean
fieles” (1Co 4,1-2).
TRES
CARACTERÍSTICAS DEL MINISTERIO EPISCOPAL
Jesús subrayó tres características del modo
en que se debe servir,
en las que se concreta también la imagen del
ministerio sacerdotal, episcopal.
Así las
presenta el Papa Benedicto XVI en la homilía
de la ordenación episcopal de cinco obispos
en la basílica de san Pedro el sábado 12 de
setiembre de este año:
La
primera característica
que el Señor pide al siervo es la
FIDELIDAD. Le ha sido confiado un gran
bien que no le pertenece. La Iglesia no es
nuestra Iglesia, sino su Iglesia, la Iglesia
de Dios. El siervo debe dar cuenta sobre la
gestión del bien que se le ha encomendado.
No atamos a los hombres a nosotros; no
buscamos poder, prestigio, estima para
nosotros mismos. Conducimos a los hombres
hacia Jesucristo y así hacia el Dios vivo.
Con ello los introducimos en la verdad y en
la libertad, que deriva de la verdad. La
fidelidad es altruismo, y precisamente así
es liberadora para el ministro mismo y para
cuantos le son confiados. Sabemos cómo las
cosas en la sociedad civil, y no raramente
también en la Iglesia, sufren por el hecho
de que muchos de aquellos a quienes les ha
sido conferida una responsabilidad trabajan
para sí mismos y no para la comunidad, por
el bien común.
…
En
griego la palabra que indica “fidelidad”
coincide con la que indica “fe”. La
fidelidad del siervo de Jesucristo consiste
precisamente también en el hecho de que no
busca adecuar la fe a las modas del tiempo.
Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna, y
debemos llevar estas palabras a la gente.
Son el bien más precioso que se nos ha
confiado. Esta fidelidad no tiene nada de
estéril ni de estático; es creativa… El
dueño alaba al siervo que ha hecho
fructificar sus bienes. La fe requiere que
sea transmitida (recordemos lo de Juan Pablo
II: “La fe se enriquece dándola”): no se nos
ha entregado sólo para nosotros mismos, para
la salvación personal de nuestra alma, sino
para los demás, para este mundo y para
nuestro tiempo. Debemos situarla en este
mundo, para que en él se transforme en una
fuerza viva; para que aumente en él la
presencia de Dios.
La
segunda característica
que Jesús pide al siervo es la PRUDENCIA.
Aquí es necesario eliminar inmediatamente un
malentendido. La prudencia es algo distinto
de la astucia. Prudencia, indica el primado
de la verdad, que se convierte en criterio
de nuestra actuación. La prudencia exige la
razón humilde, disciplinada y vigilante, que
no se deja ofuscar por prejuicios; no juzga
según deseos y pasiones, sino que busca la
verdad, también la verdad incómoda.
Prudencia significa ponerse en busca de la
verdad y actuar conforme a ella. El siervo
prudente es ante todo un hombre de la verdad
y un hombre de la razón sincera. Dios, a
través de Jesucristo, nos ha abierto de par
en par la ventana de la verdad que, ante
nuestras solas fuerzas, se queda con
frecuencia estrecha y sólo en parte
transparente. Él nos muestra en la Sagrada
Escritura y en la fe de la Iglesia la verdad
esencial del hombre, que imprime la
dirección justa a nuestra actuación. Así, la
primera virtud cardinal del sacerdote,
ministro de Jesucristo, consiste en dejarse
plasmar por la verdad que Cristo nos
muestra. De esta manera nos transformamos en
hombre verdaderamente razonables, que juzgan
según el conjunto y no a partir de detalles
casuales. No nos dejamos guiar por la
pequeña ventana de nuestra astucia personal,
sino desde la ventana que Cristo nos ha
abierto sobre toda la verdad, contemplamos
el mundo y a los hombres y reconocemos así
qué es lo que cuenta verdaderamente en la
vida.
La
tercera característica
de
la que Jesús habla en la parábola del siervo
es la BONDAD: “Siervo bueno y
fiel…entra en el gozo de tu señor” (Mt
25,21.23). Se nos puede aclarar lo que se
entiende con la característica de la
“bondad” si pensamos en el encuentro de
Jesús con el joven rico. Este hombre se
dirigió a Jesús llamándolo “Maestro bueno” y
recibió la sorprendente respuesta: “¿Porqué
me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo
Dios” (Mc 1,17s). Bueno, en sentido pleno,
es sólo Dios. Él es el Bien, el Bueno por
excelencia, la Bondad en persona. Por lo
tanto, en una criatura – en el hombre –
el ser bueno se basa necesariamente en una
profunda orientación interior hacia Dios.
La bondad crece uniéndonos interiormente al
Dios vivo. La bondad presupone sobre todo
una viva comunión con Dios, el Bueno, una
creciente unión interior con él. En efecto,
¿de quién más se podría aprender una bondad
sino de Aquel que nos ha amado hasta el
final, hasta el extremo? (Cf Jn 13,1). Nos
convertimos en siervos buenos mediante
nuestra relación viva con Jesucristo. Solo
si nuestra vida se desarrolla en el diálogo
con él; sólo si su ser, sus características,
penetran en nosotros y nos plasman, podemos
transformarnos en siervos verdaderamente
buenos.
EL
SERVICIO DEL OBISPO AUXILIAR EN MONTEVIDEO
Querido
hermano Milton Obispo, el Señor te ha hecho
Obispo Auxiliar de Montevideo, colaborando
en la tarea pastoral de su pastor, el
Arzobispo: serás mi ‘auxilio’.
1.
Además
de desempeñar el oficio de Vicario General,
en conformidad con lo establecido en CJC,
2.
acompañarás y animarás la VIDA CONSAGRADA en
sus múltiples expresiones, valorizando la
riqueza de los carismas que el Espíritu
Santo distribuye en el tiempo a su Iglesia .
Te pido que ayudes a toda la comunidad
eclesial a asumir la VC, en todos sus
expresiones, como algo que debe se valorado,
impulsado, promovido en función de la
Iglesia en su misterio de comunión,
acentuando de una forma particular el
servicio prestado por la misma, desde la
fidelidad a la consagración, que de por sí,
a la manera de María, se transforma en
irradiación de la presencia de Cristo el
Señor en la plenitud de su transfiguración.
María sale de su casa de Nazaret para ir a
visitar y auxiliar a su prima Isabel, movida
por lo que el Espíritu Santo obró en ella en
el misterio de la anunciación. NO HAY
VISITACIÓN SIN ANUNCIACIACIÓN. En la
anunciación el Espíritu CONSAGRA A MARIA,
que se deja poseer por el MISTERIO DE LA
ENCARNACIÓN que podía hacerse historia a
partir de su disponibilidad para la
realización del designo de salvación del
Padre.
Por otro
lado, históricamente, a la anunciación le
siguió la VISITACIÓN. Es un hecho: cuando
Dios se nos comunica en las variadísimas
formas que él solo conoce, le sigue siempre
la realización de una tarea que tiene como
fin la manifestación del amor de Dios a los
hermanos. Es así que por ser discípulos,
necesariamente somos misioneros: tal vez
podríamos sintetizar Aparecida en una
Iglesia que, como María, quiere vivir por
desborde de alegría y gratitud los misterios
de la Anunciación y de la Visitación: en la
Anunciación el Espíritu nos hace discípulos;
en la Visitación nos envía como misioneros.
3. Tu
consagración episcopal es como una
anunciación de la presencia particular del
Espíritu en ti y que te capacita para salir
de ti visitando a tus hermanos en la Iglesia
que se nos ha confiado para ser promotores
del quehacer pastoral de toda la Iglesia que
peregrina en Montevideo, en el Uruguay y en
el mundo entero. Hasta ahora fuiste un
celoso Vicario Pastoral de la Arquidiócesis.
De ahora en adelante serás Obispo y
auxiliarás la pastoral de la Iglesia
montevideana desde tu ser Pastor, sucesor de
los Apóstoles. La MISIÓN CONTINENTAL
ocupará, como hasta ahora y de una forma
nueva, toda tu vida de Pastor. Caritas
Christi urget nos: podrás sembrar amor a
lo largo y ancho de la Arquidiócesis y de
las Iglesias de todo el mundo.
4. En
ella tendrá un lugar muy especial el cuidado
de las vocaciones a la vida sacerdotal que
el Señor Jesús sigue enviando a su Iglesia,
porque sabe que la mies es mucha y no puede
echarse a perder por falta de obreros.
Sabemos que la mejor pastoral vocacional es
la vida cristiana fervorosa de nuestras
comunidades eclesiales. La presencia del
Espíritu Santo encontrará de una forma nueva
en tu persona consagrada con la plenitud del
sacerdocio de Cristo Jesús el modo de
concretar el VEN Y SIGUEME DE JESÚS que
continúa llamando a sus discípulos para que
lo sigan en su entrega total por medio del
ministerio sacerdotal conformándolo a su ser
de BUEN PASTOR.
El
irradiarse de nuestra vida desbordante de
alegría y de fervor, respaldado por el
testimonio de un presbiterio unido y fiel en
el servicio del sacerdocio ministerial, será
la mediación concreta para muchos jóvenes
que, llamados por el Señor, podrán percibir
la verdad de que quien deja padre, madre por
el reino de los cielos, recibirá el céntuplo
ya en esta vida.
EL
SACERDOCIO DE LA VIDA SANTA
Queridos
hermanos y hermanas, nuestro sacerdocio
ministerial está al servicio del sacerdocio
bautismal de la vida santa a la que todos
estamos llamados, también nosotros que hemos
recibido la plenitud del sacerdocio
jerárquico de Cristo en la sucesión
apostólica. Cómo no volver a esa ciudad de
Nazaret, donde María, José y Jesús han
vivido la casi totalidad de su vida
terrena…Cómo no ver en la Virgen de Nazaret
la encarnación del sacerdocio de la vida
santa en el servicio de la vida cotidiana
entregada totalmente a Jesús su Hijo y a
José su esposo. Allí, en Nazaret, se llevó a
cabo la existencia prototípica del ser
humano amasado en el misterio de Dios en ese
Verbo hecho carpintero, celebrando el
pontifical más auténtico de la historia,
quemando el incienso de la entrega familiar
cotidiana ofrecida en la convivencia hecha
sacerdocio de alabanza a nuestro Dios y
Padre.
MARIA
Así como
María, en previsión de los méritos de su
Hijo Jesús, en el comienzo de su existencia,
fue concebida sin el pecado original, así
también a lo largo de su vida en Nazaret, la
pequeña y desconocida aldea de Galilea, por
el sacerdocio de su Hijo llevado a cabo en
la Cruz con su pasión y muerte y glorificado
en su resurrección, vive concretamente la
vida nueva de los redimidos por la sangre
del Cordero: en la naturalidad de la vida
nazarena se celebra el sacerdocio de la vida
santa en su máxima pureza, en su insuperable
coherencia con la Nueva y Eterna Alianza,
como profecía de esa Iglesia sacramento del
Reino de Dios en la historia: desde María,
la perfecta discípula y misionera
comprendemos cuáles deben ser los rasgos
fundamentales de nuestro sacerdocio en la
participación del único sacerdocio de
Jesucristo el Señor.
María
pasó toda su vida “sirviendo” a Jesús y a
José. Vivió su sacerdocio sirviendo toda su
vida. Imitando a Jesús como nadie jamás
podrá hacerlo, vive el sacerdocio de la vida
santa encarnando en su cotidianeidad
rutinaria el hecho extraordinario del
sacerdocio de Cristo inaugurado y consumado
en el altar de la cruz y glorificado en la
resurrección. María es la más grande entre
todas las personas humanas de todos los
tiempos porque sirvió a Jesús, como Jesús
sirvió al Padre.
Querido
hermano Milton, Obispo: ¡sé lo que eres!
Vicario de Cristo Pastor, por eso
transparencia de Él. Y auxilia también a tu
hermano mayor a hacer lo mismo.
“Nos
ayude la compañía siempre cercana, llena de
comprensión y ternura, de María la Madre de
Jesús y Madre nuestra, pide Aparecida por
todos nosotros. Que nos muestre el fruto
bendito de su vientre y nos ayude a
responder como ella lo hizo en el misterio
de la anunciación y de la encarnación. Que
nos enseñe a salir de nosotros mismos en
camino de sacrificio, amor y servicio, como
lo hizo en la visitación a su prima Isabel,
para que, peregrinos en el camino, cantemos
las maravillas que Dios ha hecho en nosotros
conforme a su promesa” (A 553).
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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO
MONS. MILTON TRÒCCOLI
Bendito
sea Dios, Padre de misericordia, que nos ha
llamado a la vida, nos ha elegido por amor,
y nos ha regalado la fe.
Bendito sea Jesucristo,
nuestro salvador, Sumo Sacerdote de la Nueva
Alianza, que entregó su vida por nosotros,
y nos comunica su alegría.
Bendito sea el Espíritu
Santo, Señor y dador de Vida, que nos reúne
en un solo cuerpo, y nos regala la unidad en
el amor.
Gloria al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo...
Es justo que las primeras
palabras del nuevo obispo sean una acción de
gracias a Dios, del que procede todo bien y
todo ministerio.
Agradecimientos
Quiero expresar mi gratitud
al Papa Benedicto XVI por haber depositado
su confianza en mí, al elegirme para el
orden de los obispos, y por sus paternales
palabras expresadas en la Bula Apostólica.
Gracias al Señor Nuncio
Apostólico, aquí presente, Mons. Guido
Pecorari, que me comunicó esta decisión del
Santo Padre, y que con afecto y buen humor
sobrellevó mis primeras reacciones, y me
aconsejó sabiamente.
A Mons. Nicolás Cotugno,
nuestro Arzobispo, que me ha conferido el
orden episcopal, y quien tiene ahora la
misión de enseñarme a ser obispo.
A Mons. Carlos Collazzi,
presidente de la Conferencia Episcopal del
Uruguay, a Mons. Fajardo, amigo y compañero
de camino, que junto con el Nuncio ha sido
co-ordenante en esta celebración, y a todos
los obispos del Uruguay que me han recibido
con afecto y alegría en el orden episcopal,
y que se han hecho presentes en esta
celebración, (han mandado sus saludos Mons.
Bodeant, y Mons. Bonino).
Quiero tener presente, de un
modo particular, a alguien que me recibió en
el Seminario Interdiocesano, me impuso las
manos para ordenarme de diácono, ungió mis
manos con el Sto. Crisma en la ordenación
presbiteral, y ahora de nuevo me impuso las
manos para ordenarme obispo, con sus más de
veinticinco años de episcopado, el querido
Mons. Scarrone.
Gracias a todos los
presbíteros y diáconos presentes,
especialmente a los que me guiaron en el
camino del seguimiento de Jesús, y marcaron
mi ministerio sacerdotal. Tendría muchos
nombres para dar, pero hay uno que no puedo
omitir, porque es padre de muchos, el
querido P. Elizaga.
Gracias al Sr. Embajador ante
la Santa Sede, el Dr. Mario Cayota, profesor
y amigo, que ha tenido la gentileza de estar
aquí. Y a todos los representantes de las
autoridades civiles y religiosas que han
tenido la amabilidad de participar, o enviar
sus saludos.
Finalmente, y no menos
importante, gracias a todos ustedes hermanas
y hermanos aquí presentes, sabiendo que
algunos han venido de lejos para estar aquí,
gracias a mi familia tan querida, gracias a
todos, porque su fe y su afecto me han
alentado, y me siguen alentando en el
ministerio. Hoy puedo decir con el Apóstol:
“los quiero tiernamente en Cristo Jesús”.
Gracias a todos los que han
preparado esta celebración, y trabajaron
para que todo salga bien.
Reflexión
Cuando asumí como Vicario
Pastoral citaba unas palabras del teólogo
Urs. Von Balthasar, que en estos días han
resonado nuevamente en mi corazón: "El
Espíritu del Señor, que anima al hombre
renovado en Cristo, cambia sin cesar los
horizontes donde su inteligencia quiere
encontrar su seguridad, y los límites donde
su acción se encerraría de buena gana."
Repasando este tiempo en la
Vicaría, en el que he tenido oportunidad de
conocer y ser conocido, puedo reconocer
algunas constantes que, pienso, tienen que
permanecer en esta nueva etapa: el deseo
profundo de evangelizar, animar para crecer
en la fe, trabajar en equipo, y acompañar
para discernir la voluntad de Dios.
El lema elegido: “Caritas
Christi urget nos”, “el Amor de Cristo nos
apremia”, nos urge, quiere expresar mi
motivación más honda al comenzar este
ministerio. Que sea el amor de Cristo, su
amor de Buen Pastor, su amor hasta dar la
vida por el rebaño, el que me mueva a
entregarme, y a dejar lo mejor de mí para
servirlos a todos. Que sea Él, el que se
transparente en cada palabra y en cada
gesto.
En estos días de retiro y de
preparación para la ordenación he tenido
presentes de un modo especial a Mons.
Pironio, y al querido, hoy Venerable, Juan
Pablo II, a quienes les he pedido, como el
profeta Eliseo a Elías, el don de la
paternidad espiritual, y el incansable
espíritu sacerdotal y misionero.
Cómo no recordar, en esta
catedral, a Mons. Jacinto Vera, Mons.
Mariano Soler, y una larga lista de obispos
santos y entregados que han dado su vida en
la evangelización de nuestra patria.
Estamos en tiempo de misión,
y el amor de Cristo quema nuestro corazón
para que su Vida llegue a cada rincón de la
diócesis, humanizando, y devolviendo alegría
y dignidad, allí donde se ha perdido.
En un mundo herido y
tensionado, con nostalgia de paz y de
reconciliación, con una profunda nostalgia
de Dios, queremos ser testigos de esperanza,
y testigos esperanzados, con aquella
esperanza que no defrauda, la esperanza en
el Hombre que humaniza, Jesucristo.
Que Sta. María Virgen, madre
de Jesús y madre nuestra, madre del amor
hermoso, mujer de la Pascua, capitana y
guía, nos proteja con su manto y con su
intercesión maternal.
Que este ministerio que hoy
se me confía sea para la mayor gloria de
Dios y el bien de la Iglesia. Amén. Dios los
bendiga.
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