Cronología
1958-1963 - Pontificado de Juan XXIII
1959, 18 de mayo - Consagración episcopal de Mons.
Marcelo Mendiharat, como Obispo coadjutor de Salto
1962-65 - Mons. Mendiharat participa junto con Mons.
Viola en el Concilio Vaticano II
1963 - 1978 -
Pontificado de Pablo VI
1968, 25 de marzo - Mons. Viola entrega a Mons.
Mendiharat la conducción de la diócesis como tercer Obispo de Salto
1968 - II Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Medellín, Colombia
1968, noviembre - diciembre - Asamblea Diocesana de
Pastoral
1972, 11 de agosto - Fallece Mons. Alfredo Viola
1973, enero - marzo - comienzo del exilio de Mons.
Mendiharat
1977, 8 de diciembre - Consagración episcopal de
Mons. Carlos A. Nicolini, Obispo auxiliar de Salto
1978 - Pontificado de Juan Pablo I y comienzo del de Juan Pablo II
1978, 22 de agosto - Mons. Nicolini, asume como
Administrador Apostólico Sede Plena de Salto
1979, enero - III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Puebla, México
1984, 18 de mayo - Los Obispos uruguayos y algunos
argentinos, los sacerdotes y seminaristas de la diócesis y otros
sacerdotes amigos se reúnen en la Basílica de Ntra. Sra. del Luján
para celebrar los 25 años de consagración episcopal de Mons.
Mendiharat
1984, 27 de diciembre - Mons. Mendiharat llega a
Salto por primera vez desde 1973.
1985, 24 de marzo - una gran Concelebración en la
Catedral de Salto pauta el regreso definitivo de Mons. Mendiharat a
su diócesis
1985, abril - Mons. Mendiharat y Mons. Nicolini
convocan a elaborar el Plan Pastoral Diocesano
1985, 30 de noviembre y 1° de diciembre - Asamblea
Diocesana de Pastoral: se determina el desafío diocesano
1985, 17 y 18 de mayo - Consejo Pastoral Diocesano,
en que se define el objetivo del Plan Pastoral Diocesano
1988, 9 de mayo - visita de Juan Pablo II a la
Diócesis de Salto
1989, 2 de mayo - al cumplir sus 75 años, de acuerdo
a lo que establece el Derecho Canónico, Mons. Mendiharat presenta su
renuncia a la titularidad de la Diócesis de Salto
1989, 1° de julio - Mons. Mendiharat entrega a Mons.
Daniel Gil Zorrilla la conducción de la Diócesis como cuarto Obispo
de Salto
En el surco de la Evangelización Nuevatc
"En el surco de la
Evangelización Nueva"
Las raíces de una vocación
Marcelo Mendiharat Pommies
nació en Ostabat Asnie, en el País Vasco (Francia) el 2 de mayo de
1914. Allí cursa la Escuela Primaria y la Secundaria. Llega al
Uruguay en enero de 1931, y trabaja algunos años en el campo. Así lo
cuenta él mismo:
Llegado al Uruguay para aprender a
trabajar en el campo y hacerme cargo de la propiedad de mis padres,
me doy cuenta, después de diez años, que Dios es capaz de llamar de
"detrás de las ovejas", y en el momento menos pensado. Quizás haya
sido a partir de mis lecturas en las largas noches de invierno. Me
impactó un libro enviado desde Francia por la madre de mi cuñado,
convertida del protestantismo y dedicada a la difusión de la buena
prensa. También a partir de una visión de la miseria moral y
abandono espiritual de un pueblito, Sacachispas, a cuatro leguas de
la estancia de mi padre.
Mi decisión de entrar al
Seminario, a los 24 años, provocó en mi padre gran desilusión y
preocupación. Aprender el latín en la estancia no me costó demasiado
gracias a la ayuda del P. Maury, del P. Assandri, a quienes yo
visitaba cada primer viernes de mes. Al fin mi padre comprendió al
verme feliz en el Seminario y, al año, hizo Ejercicios Espirituales
con el P. Navarro. A partir de ese momento, todo fue más fácil.
Primeros pasos en el sacerdocio
Luego de su ordenación
sacerdotal, el 22 de julio de 1945:
Fui encargado del Seminario Menor
de Salto por nueve años y después párroco de Artigas por cinco años.
La etapa de mi vida como párroco fue lindísima. Primero tuve la
colaboración del P. Ferrero y después del P. Spada. Transcurrió
dentro del estilo pastoral de la época: con grandes campañas,
anuales y masivas de Ejercicios Espirituales de San Ignacio,
entronizaciones del Sagrado Corazón de Jesús a un promedio de diez
por día en el mes de junio, gran misión popular con muchísimos
bautismos y regularizaciones matrimoniales, regreso a los
sacramentos de parte de muchas personas, giras anuales de bautismos
por la extensa campaña en diciembre y enero... ¡mucha actividad, con
muchos frutos!
Pero también estaba presente la
preocupación por la situación de la gente marginada (¡las
inundaciones del 59!...) con el dolor de no saber bien qué camino
tomar para aliviar su suerte, aún con el trabajo intenso de una
asistente social a pleno tiempo y la fundación de la Juventud Obrera
Católica (JOC).
Oficio de Obispo
Fui nombrado coadjutor de Mons.
Viola en 1959. Aprendí un nuevo "oficio" al lado de este Obispo tan
humano y tan señor a la vez. Tan espiritual y tan desbordantemente
activo, tan padre y tan cariñoso. Tan presente hasta el último
detalle, pero a la vez, tan "distribuidor" de tareas y
responsabilidades. Con él aprendí a valorar la oración perseverante
y gratuita y descubrí al Hno. Charles de Foucauld con su mensaje de
"gritar el Evangelio con la vida" y el servicio al hermano,
especialmente al más necesitado.
Esa fue la época de preparación y
realización del Concilio Vaticano II, así como su aplicación a
América Latina a través de Medellín y de la primera Asamblea
Diocesana de Salto, que señaló cuatro prioridades, que aún alientan
y son punto de referencia de la pastoral diocesana: la
evangelización liberadora, la corresponsabilidad; como instrumento
privilegiado, las Comunidades Eclesiales de Base; como espíritu, una
Iglesia servidora y pobre.
Época también de grandes
actividades y organización de instrumentos de promoción humana:
Juventud Agraria Católica (JAC), cooperativas agrarias y de
construcción, experiencias como Conocal, Cootar, La Tablada, etc.
En una palabra, la Iglesia toda se
movilizó para estar la servicio del hombre y para liberarlo
íntegramente: cuerpo y alma.
La renovación del Concilio
Vaticano II
Pienso que cada bautizado, en esta
época posconciliar, debe encontrarse en la posición del que se
despierta de un largo y profundo sueño, en un país extranjero, y se
pregunta con interés, abierto en espíritu y generosidad: ¿Dónde
estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué debo hacer?,
decía Mons. Mendiharat en una declaración realizada
de regreso al Uruguay, en 1965, una vez finalizado el Concilio
Vaticano II.
Años después recuerda:
Los años siguientes al Concilio
fueron una etapa maravillosa, vivida con entusiasmo como de
convertido, en permanente y comunitaria búsqueda de una más pura
vivencia del Evangelio, junto a entusiastas y estupendos
colaboradores. Eran momentos en los cuales la Iglesia buscaba
adaptarse en lo que era posible adaptarse. La renovación de la
Liturgia, la evolución de la catequesis... Cada bautizado crecía en
la conciencia de una pertenencia viva a la Iglesia de Cristo. Con la
conciencia de estar poniendo las bases de un mundo más humano y
espiritual, aunque bien encarnado en las realidades temporales. Como
decía mi amigo Monseñor Angelleli: "con un oído en el Evangelio y
otro en el pueblo".
Los años del exilio
A fines de los años 60 y
comienzos de los 70, la sociedad uruguaya se divide. Los extremos se
radicalizan. En ese marco, la conducción pastoral de la Diócesis que
lleva adelante Mons. Mendiharat es vista con desconfianza por un
poder que no tiene otra respuesta a la profunda crisis uruguaya que
la reafirmación de una autoridad cada vez más cuestionada.
Es en esas circunstancias que
Mons. Mendiharat, de visita a la Santa Sede entre enero y marzo de
1973, es impedido de regresar al país bajo amenaza de tener que
enfrentar graves acusaciones. El Papa Pablo VI aconseja al Obispo no
volver al Uruguay hasta que estén dadas las condiciones adecuadas
para ese regreso, y lo alienta a continuar conduciendo su Diócesis
desde el exterior.
Se inicia así un tiempo muy
doloroso para el Obispo y para la comunidad diocesana. Mons.
Mendiharat no deja de estar en contacto con la diócesis, a través de
sus vicarios y del encuentro con sus sacerdotes en Argentina y,
posteriormente, en el contacto con Mons. Nicolini.
De mayo a diciembre de 1973,
Mons. Mendiharat vive en el Obispado de Avellaneda (Buenos Aires).
En 1974 reside con los Padres Pasionistas. Atiende pastoralmente a
los habitantes de una “villa miseria”.
En 1975 es recibido en la
Diócesis de Morón, también en Buenos Aires. Lo recibió primero Mons.
Miguel Raspanti, luego sucedido por Mons. Justo Laguna, quien siguió
brindando a Mons. Mendiharat un lugar en la Iglesia.
Ese lugar fue la Parroquia
Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham. Allí estuvo en 1975-1976.
El golpe militar que se produce en Argentina, y el clima enrarecido
que allí se respira, determina un nuevo alejamiento de Mons.
Mendiharat, que permanece en Europa entre junto de 1976 y diciembre
de 1977. Ese mes Mons. Nicolini es consagrado Obispo auxiliar de
Salto, y Mons. Mendiharat regresa a Hurlingham, donde permanecerá al
servicio de la Capilla San Carlos Borromeo, en el barrio Villa Club.
Allí, durante muchos años, fue
para todos "el Padre Marcelo". Aunque nunca ocultó su condición de
Obispo, no se preocupó de difundir a los cuatro vientos su
investidura episcopal. Su sencillez y su cercanía le ganaron el
cariño y el afecto de su feligresía, formada por sencillos
trabajadores. Jóvenes y matrimonios colmaban la pequeña capilla de
una comunidad animada y viva. Esto lo pudimos ver con nuestros
propios ojos, cuando, en diciembre de 1980, terminado el primer año
del Seminario, junto con nuestro compañero José García quisimos
visitar a nuestro Obispo para conocerlo más personalmente.
Ese lugar fue la Parroquia
Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham. Allí estuvo en 1975-1976.
El golpe militar que se produce en Argentina, y el clima enrarecido
que allí se respira, determina un nuevo alejamiento de Mons.
Mendiharat, que permanece en Europa entre junto de 1976 y diciembre
de 1977. Ese mes Mons. Nicolini es consagrado Obispo auxiliar de
Salto, y Mons. Mendiharat regresa a Hurlingham, donde permanecerá al
servicio de la Capilla San Carlos Borromeo, en el barrio Villa Club.
Allí, durante muchos años, fue
para todos "el Padre Marcelo". Aunque nunca ocultó su condición de
Obispo, no se preocupó de difundir a los cuatro vientos su
investidura episcopal. Su sencillez y su cercanía le ganaron el
cariño y el afecto de su feligresía, formada por sencillos
trabajadores. Jóvenes y matrimonios colmaban la pequeña capilla de
una comunidad animada y viva. Esto lo pudimos ver con nuestros
propios ojos, cuando, en diciembre de 1980, terminado el primer año
del Seminario, junto con nuestro compañero José García quisimos
visitar a nuestro Obispo para conocerlo más personalmente.
Así veía su exilio Mons.
Mendiharat unos meses antes de su regreso:
Este "hoy" ya lleva once años y a
veces se hace largo. Es cuando uno comprueba que "los caminos de
Dios no son nuestros caminos, los pensamientos de Dios no son
nuestros pensamientos" y experimenta una sensación de encontrar
respuesta a un "¿por qué?". Respuesta que hay que dar, sin embargo,
en la fe y únicamente a partir de la fe. Es cuando uno empieza a
comprender un montón de cosas que le han ocurrido a Jesús y que le
pueden ocurrir a los que quieren humildemente seguirlo de cerca. Con
todo, esta etapa ha sido y es una experiencia riquísima. Se trata, a
los años, de volver a ser "discípulo", es decir, quien se deja
enseñar.
Aprendí muchas cosas que
perfeccionaron mi visión de lo pastoral a partir de mi experiencia
desde el llano, desde la base. Me ocurrió, después de unos dos años
de trabajar, primero en un cantegril y posteriormente en una
parroquia muy humilde, de comentar con unos hermanos obispos: "¡Qué
bien nos haría a cada de nosotros obispos el estar atendiendo alguna
vez, pero solos, una pequeña comunidad o una capilla de barrio!
Aunque sea un mes, para palpar de cerca las realidades crudas y
difíciles de la gente, la situación del sacerdote que tiene que
verse con la viejita impertinente, con el borracho de la manzana,
para ser verdaderamente como el paño de lágrimas de la gente que
sufre". Es posible que después de esta experiencia el estilo del
pastor ha de cambiar: su vida, su preocupación, sus cartas
pastorales, etc. ...
Aprendí también, porque lo
experimenté, la vivencia profunda de los valores evangélicos, como
por ejemplo la solidaridad y la hospitalidad de nuestro pueblo, el
sentido cristiano de la vida y de la muerte, el de la justicia.
Valores que no esperan sino ser explicitados para que lleven a una
vida cristiana perfecta. Me ha estado llamando la atención la
religiosidad profunda del pueblo sufrido que, quizás sin ir a Misa,
vive una fe profunda en Dios y en la Providencia, expresada en los
grandes acontecimientos de su vida.
El experimentar todo eso, a nivel
de la vida de cada día, es sumamente rico y motivo de esperanza, y
aunque muchos de nuestros sacerdotes hacen a diario el mismo
"aprendizaje", pienso que nos faltaría quizás a muchos otros, como
me faltaba a mí.
En el camino se encuentran también
solidaridades insospechadas, así como abandonos imprevistos. Pero
Dios no abandona. Al contrario, ilumina, sostiene y fortalece más
allá de lo que uno ha imaginado nunca. Ésta, quizás, haya sido la
experiencia más fuerte. No puedo olvidar la fraternidad manifestada
en muchísimas ocasiones por Mons. Raspanti y Mons. Laguna.
“Un día volverán los que se han
ido...
... y mi tierra será una nueva
tierra”. Así decía la canción que cantara
uno de los seminaristas presentes en la celebración de los 25 años
de Obispo de Mons. Mendiharat en Luján, augurando un regreso que
comenzó a fines de 1984 y que se hizo definitivo el domingo 24 de
marzo de 1985.
Aquel día Mons. Nicolini, en su
nueva condición de Obispo Coadjutor comenzaba con estas palabras la
celebración de la Eucaristía:
Los hechos nos dicen que estamos de fiesta, en la fe,
la esperanza y el amor. Día de alegría, de solidaridad, de
fraternidad. Nuestra celebración es nacional, es latinoamericana...
¡Que bien estamos aquí!,
comenzó diciendo Mons. Mendiharat al hacer la homilía desde su
cátedra recuperada, dando un nuevo sentido a las palabras de Pedro
en el episodio de la transfiguración... ¡Qué bien estamos aquí!,
en este tiempo del reencuentro de los presos y exiliados con sus
familiares y amigos y con su tierra, tanto tiempo añorada pero ahora
con la esperanza cierta de un futuro más humano y digno de ser
vivido. ¡Qué bien estamos aquí! en este momento de nuestro propio
reencuentro en nuestra Iglesia Catedral y con nuestras
comunidades...
En esa ocasión, Mons. Parteli,
arzobispo de Montevideo. luego de recordar como había ido conociendo
a Mons. Mendiharat, manifestó:
su intimidad menos visible, su serenidad interior y el temple de su
alma vine a conocerlos más tarde, en la hora de la prueba, cuando
desdichadas circunstancias dieron lugar a que las sospechas
recayeran sobre su persona, sin que faltaran quienes aprovecharan la
ocasión para descalificar su acción pastoral. En los días amargos
del exilio supo llevar su cruz con fe intrépida, ánimo tranquilo e
ilimitada confianza en el Señor. Felizmente podía contar con el
consuelo de saberse acompañado del afecto y la oración de sus
diocesanos y la comprensión de sus amigos de todas partes, y en
primer término del Papa Pablo VI, de quien es la respuesta dada
entonces: "Jamás tocaré a un obispo imbuido del espíritu
evangélico".
Con Mons. Nicolini: en el surco de
la Evangelización Nueva
A comienzos de 1985, Mons.
Mendiharat y Mons. Nicolini dirigen una carta a toda la comunidad
diocesana, llamando a colaborar en la elaboración de un Plan
Pastoral Diocesano:
Con todos los sacerdotes de la
diócesis, en las pasadas jornadas del 11 al 13 de marzo, hemos
pensado que era oportuno proponer a toda la Comunidad Diocesana un
plan pastoral de Evangelización Nueva.
Este término, "Evangelización
Nueva", tomado de las palabras de Juan Pablo II a los Obispos de
América Latina, reunidos en Haití, en marzo de 1983, nos habla de un
modo propio de ver, de pensar y de actuar la realidad del mundo en
que vivimos, tanto en orden a la construcción del Reino de Dios,
como en la colaboración a construir una sociedad nueva. (...)
[La elaboración de este plan] es
tarea de todos los sectores, Presbíteros, Religiosos y Laicos, y de
cada Parroquia, Colegio Católico, Movimiento y Servicio diocesanos,
a través de los organismos e instancias que la Diócesis posee ya.
Al mismo tiempo se creaba una
comisión Provisoria, integrada por los Sacerdotes José A.
Carcabelos, José V. Couto y Juan M. Algorta.
A partir de allí comienza, con
la amplia participación que pedían los Obispos, la elaboración del
Plan Pastoral Diocesano que, con sucesivas evaluaciones, nuevos
aportes y aspectos renovados, es el que continúa orientando el
camino de nuestra diócesis bajo la conducción de nuestro actual
Obispo, Mons. Daniel Gil.
Ese esfuerzo permite que, en
noviembre de ese año, los diversos aportes puedan presentarse en un
documento que resume:
¿Cómo vemos nuestra realidad en
el Litoral Norte?
La institucionalización del país, aspectos socioeconómico, problemas
como desocupación, mendicidad, prostitución, carencias en la
atención de salud, migración; valores en crisis: dignidad de la
persona humana, justicia, paz, derecho a la vida, familia, juventud,
religión, modelo de sociedad.
¿Cómo nos vemos en cuanto
Iglesia? La
acción evangelizadora: predicación, comunidades, catequesis,
celebración de la fe (liturgia), compromiso de estar y servir en el
mundo. El grado de participación en la comunidad cristiana:
participación de los laicos, equipos de liturgia, ministerios,
formación, participación de los religiosos, de los Obispos y
sacerdotes.
Hacia donde queremos ir:
Un pueblo de hermanos: responsable, participativo y solidario,
respetuoso de la vida humana, educado y culto, justo y libre,
obrando la verdad en el amor, esperanzado. Cristo Jesús, fundamento
de nuestra esperanza. La Iglesia que queremos: ser fieles, estar
insertos y comprometidos en la realidad humana, ser Iglesia
evangelizadora, profética, comunidad de comunidades. Características
del Pastor, del laico, de un equipo de Iglesia, de la comunidad
religiosa consagrada.
A partir de estos elementos, la
Asamblea Diocesana, reunida el 30 de noviembre y 1° de diciembre,
llega a definir como
el problema fundamental que debemos encarar como Iglesia para ser
fieles a Cristo contribuyendo a la construcción de nuestro pueblo es
el creciente empobrecimiento de nuestro pueblo.
En su carta pastoral para la cuaresma de 1986, los
Obispos aclaran el contenido de esta expresión, haciéndonos ver un
doble aspecto de ese empobrecimiento: material y moral, y llamando a
los diocesanos a reflexionar más profundamente esa realidad.
Así se llega a la reunión del
Consejo Pastoral Diocesano del 17 y 18 de mayo de 1986, en que la
Diócesis, respondiendo al desafío del empobrecimiento se da como
objetivo de su empeño pastoral:
Crear Comunidades Eclesiales de
Base, orantes y serviciales, para que la Diócesis, en el contexto de
la Evangelización Nueva de nuestro pueblo, sea Comunión de
Comunidades comprometidas en una Pastoral Social Liberadora.
Junto a este objetivo, la
Asamblea delinea los criterios de acción: fomentar la participación
de todo el Pueblo de Dios, promover la pastoral social liberadora y
formar animadores de comunidades y agentes de pastoral social.
La visita de Juan Pablo II
Fue precisamente la
Evangelización Nueva el tema central de la homilía de Juan Pablo II
en el Parque “Mattos Netto” de Salto, el 9 de mayo de 1988, en la
primera visita de un Papa a nuestra diócesis:
“Una evangelización nueva:
nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión (...)
Será nueva en su ardor si,
a medida que se va obrando, corroboráis más y más la unión con
Cristo, primer evangelizador (...) Sentir ardor apostólico significa
tener hambre de contagiar a otros la alegría de la fe. (...) ¡No
tengáis miedo a las dificultades ni a las incomprensiones tantas
veces inevitables que produce en el mundo el esfuerzo por ser fieles
al Señor!
La evangelización será nueva en
sus métodos, si cada uno de los miembros de la Iglesia se hace
protagonista de la difusión del mensaje de Cristo. (...) La
evangelización es, pues, tarea de todos los miembros de la Iglesia.
Todos los fieles, bajo la guía de sus Pastores, han de ser
verdaderos apóstoles. (...)
Para que la evangelización sea
nueva también en su expresión, debéis estar con los oídos
atentos a lo que dice el Señor, esto es, siempre en actitud de
escucha a lo que el mismo Señor puede sugerir en cualquier momento.
(...)
La preocupación por el pan para el
hombre acompaña siempre a la evangelización. (...) Evangelizar para
la Iglesia es llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la
humanidad; es, con su influjo, transformar desde dentro, hacer nueva
la humanidad misma”.
La pascua de Mons. Nicolini
El domingo 19 de junio de 1988,
poco tiempo después de la visita de Juan Pablo II, moría Mons.
Nicolini en la Curia diocesana.
Su partida nos ha dejado huérfanos, dijo
Mons. Mendiharat en la homilía del funeral, uniendo su propio sentir
al de toda la diócesis. Ya no tendría lugar la entrega de la
diócesis del Obispo Marcelo al Obispo Carlos, prevista para 1989,
año en que Mons. Mendiharat cumplía sus 75 años y debía presentar su
renuncia. Cumplida esa disposición de las normas de la Iglesia, y
después de unos meses de expectativa, el Papa Juan Pablo II designa
a Mons. Daniel Gil como cuarto Obispo de Salto. Pero eso ya es
nuestro presente...
Un epílogo inconcluso...
¿Qué hace un Obispo "jubilado"
o, mejor dicho, "Emérito", como se les llama en la Iglesia? Aquel
Obispo que, durante el tiempo de su exilio, supo ser el "Padre
Marcelo" tan querido por la comunidad de la Capilla San Carlos,
vuelve a ser el "Padre Marcelo", ahora como párroco de la Santa
Cruz, en Salto, desde el 17 de noviembre de 1988 hasta 1994, en que
asume como párroco el P. Walter Malet. Allí sigue viviendo Don
Marcelo, al servicio de la comunidad, y participando también en la
Conferencia Episcopal Uruguaya, como presidente de las comisiones de
Pastoral Familiar, primero y, actualmente de Pastoral Bíblica.
Asamblea Diocesana de
Pastoral - 1968 - Prioridades pastorales
·
Primacía de la
evangelización,
“porque se ha comprobado una falta de Fe Viva, así como una
defectuosa constitución de la sociedad. La falta de Fe Viva
obstaculiza el encuentro del hombre con Cristo, lo pone en peligro
de aislarse en su egoísmo y le impide adquirir una conciencia plena
de los valores humanos y divinos. (...) La defectuosa constitución
de la sociedad desconoce, frecuentemente, los valores de la persona
humana; produce limitaciones de la dignidad, la libertad, de la
justicia. (...) La prioridad, pues, de una evangelización
concientizadora, que libere, humanice y promueva al hombre (...)
deberá sustentarse en la revalorización de una fe viva y del
compromiso con la sociedad humana”.
·
Comunidades
Cristianas de Base,
porque es “el ideal del cristiano vivir su fe en una dimensión
comunitaria (...) debe reestructurarse la parroquia en base a la
multiplicación de pequeñas ‘comunidades cristianas’ (...) [Estas
comunidades] se forman a partir de los grupos humanos naturales,
afines por razones locales, ambientales o de intereses; nucleando a
los cristianos insertos en ellos, para transformarlos en pequeñas
comunidades de fe, esperanza y caridad, que sean focos de
evangelización y promotoras del desarrollo”.
·
Corresponsabilidad,
porque “a la luz de la Palabra de Dios (...) es necesario asumir
todas las responsabilidades de nuestro común Bautismo, en la misma y
única misión que todos hemos recibido dentro de la Iglesia. Esa
misión es una sola y debe cumplirse unitariamente, por la Jerarquía
y los fieles, en sus diversos planos y con la competencia y medios
propios, pero con un mismo espíritu y para un fin idéntico: la
continuación actualizada a todos los hombres y a toda la realidad
del mundo, de la obra redentora de Cristo”.
·
Pobreza y
servicio, “en
profundo sentido de disponibilidad hacia los demás, tanto de
personas como de bienes (...) La pobreza real de la Iglesia, aún
cumplidos esos presupuestos, no será verdadera si no atiende a la
evangelización de los oprimidos como la primera de sus
obligaciones”.
La carta de Mons. Nicolini en
ocasión de
las Bodas de Plata episcopales de Mons. Mendiharat
El exilio de Mons. Mendiharat,
así como su conducción pastoral, han sido hechos polémicos dentro (y
fuera) de la Iglesia. Muchos cristianos bien intencionados
encuentran dificultades para entender lo que ocurrió y para valorar
adecuadamente la figura de quien durante muchos años continuó
animando la vida de la Diócesis desde la distancia. Por esto tiene
especial valor la palabra de Mons. Carlos Nicolini, cuando todavía
era Administrador Apostólico de la Diócesis, en ocasión de las Bodas
de Plata episcopales de Mons. Mendiharat:
La ausencia de Mons. Mendiharat,
tan prolongada, y aún en esta fecha tan íntima del Obispo y de la
Diócesis, remarcan la característica pascual de esta celebración
jubilar. El sufrimiento de Monseñor, al no poder estar en la
Diócesis, y el sufrimiento de no tenerlo entre nosotros, nos unen a
la cruz de Cristo para asumir, en la serenidad de la Fe, esta
circunstancia, y celebrar con gratitud y emoción el don de
Dios, que es el Obispo para la Diócesis.
Me gustaría que toda la Diócesis
se sintiera unida en esta celebración en aquella dimensión
espiritual que solo es vínculo fuerte de comunión, compuesta por la
oración, la gratitud, el afecto y la reconciliación.
Añado expresamente esta actitud de
reconciliación, porque es muy necesaria y muy digna en estas
circunstancias, a fin de purificar tantos sentimientos,
pensamientos, palabras y actitudes, que no han tenido miramiento
cristiano hacia la persona del Obispo en las difíciles y sufridas
circunstancias que le ha tocado y le toca vivir. (...)
El misterio de la Cruz que ha
asumido Cristo Jesús, que acabamos de contemplar en la Semana Santa,
nos ilumina a todos los hombres, en circunstancias también
crucificantes, a aceptar esta realidad con la paciencia de la
esperanza, y a no restarle el valor salvífico que tiene la entrega
de una vida que, en la Fe y en el amor, se consume como una ofrenda
a Dios y a sus hermanos (...)
El juicio de la Fe penetra los
acontecimientos y los trasciende, permitiéndonos ver en el Obispo la
presencia sacramental de Cristo, quien, como Buen Pastor, quiere
salvar a todos y entregar su vida por ellos; así llegaremos a dar
gracias sentidas a Dios Padre por el Pastorado posconciliar de Mons.
Mendiharat, que renovó el dinamismo pastoral de la Diócesis y por la
prueba de la Cruz, con la que Dios consolida nuestra Fe y nuestra
unidad diocesana.”
Una figura inspiradora...
Los "pequeños Obispos ".
La familia espiritual que se formó a partir de la experiencia de fe
y espiritualidad del Hno. Charles de Foucauld es numerosa y variada:
los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, los Hermanitos y Hermanitas
del Evangelio, la fraternidad de sacerdotes seculares “Iesus
Caritas”, y también una fraternidad de Obispos, formada durante el
Concilio, de la que Mons. Mendiharat forma parte.
En francés, el diminutivo de
“hermanos” y “hermanas” se forma anteponiendo la palabra petit:
“pequeño”. Así es que los Hermanitos y Hermanitas franceses llaman a
los Obispos de esta fraternidad “los pequeños obispos”, les
petits évêques. [Don Marcelo corrigió esta expresión: era les
petits monseigneurs].
Oración de abandono
Padre mío,
me abandono a ti:
haz de mí lo que quieras;
lo que hagas de mí te lo
agradezco.
Estoy dispuesto a todo, lo
acepto todo,
con tal que tu voluntad se haga
en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es
darme,
ponerme en tus manos sin
medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.
Charles de Foucauld
Separata de la publicación Algo Nuevo de la
Diócesis de Salto, preparada por el Pbro. Heriberto A. Bodeant, con
materiales de las revistas
Informaciones
(Montevideo) y Vida Pastoral (C.E.U.) y de Vicaría
Pastoral de Salto. Publicación realizada en 1997, con motivo del
centenario de la creación de la diócesis.
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