La
PASCUA de Mons. Daniel GIL
10 de julio de
1930 - 7 de setiembre de 2008
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FALLECIÓ
MONSEÑOR
Falleció en la tarde del Domingo 7 de
setiembre, a los 78 años de
edad, Monseñor Daniel Gil Zorrilla, Obispo Emérito de la Diócesis de
Salto. La salud del obispo sufrió un gran deterioro en la última
semana, a causa de un infarto de miocardio que obligó a su
internación en el área de cuidados intensivos del Sanatorio
Panamericano, donde venía siendo asistido.
El jueves 10 de abril, Mons. Daniel
cumplió 25 años de obispo. Fue designado y ordenado obispo para la
Diócesis de Tacuarembó en el año 1983 y seis años más tarde, asumió
la conducción de la Diócesis de Salto, hasta su renuncia, en 2006,
al cumplir 75 años.
El velatorio se realiza desde la hora
17.30 de hoy, en la Catedral de Salto. |
ÚLTIMO ADIÓS A MONS. DANIEL GIL
Exequias de Mons. Daniel Gil Zorrilla,
obispo emérito de Salto
Homilía del P. Fernando Pigurina
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8 de setiembre de 2008, Catedral de Salto
Exequias de Mons. Daniel Gil Zorrilla, obispo emérito de Salto
Daniel Gil Zorrilla, Obispo Emérito de Salto AMDG. QEPD.
Dios lo tenga en su Gloria Tejer un panegírico en la última hora, una oración fúnebre complaciente, no era el estilo de Daniel. Vivió la contradicción de su fidelidad, la pasión dura de Cristo en el discernimiento de la voluntad del Padre. Vivió los conflictos que ésta le suscitaba. Vivió los límites y las pequeñas grandes alegrías reconciliadoras que Dios nos ofrece cada día. Un día como hoy - un 8 de septiembre de 1955, hace 53 años - definía Daniel Gil Zorrilla su vida, entrando en el noviciado de los Jesuitas. Ayer definió el Señor su existencia llamándolo al noviciado de la vida eterna, para mayor gloria de Dios. San Pablo, cuyo año estamos celebrando, nos dice en su carta a los Romanos, que acabamos de escuchar: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor» (Rom 14,7-9).
Y así, creo, que Daniel quiso que fuera. Estará contento con este día, porque era un día anhelado: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp.1,21) decía el Apóstol. Así lo testimoniaron sus enfermeras en el CTI en estos días cuando en algunos momentos les decía «yo me quiero ir pero no para mi casa ni para el piso...»
Ese anhelo intenso anidaba en el corazón de Daniel, desde siempre; porque su profundo amor por Dios ya se lo había hecho saber: no hay felicidad mayor. «Para Vos nací Señor… nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que te encuentra definitivamente». Ese corazón de Daniel, nuestro querido Padre y Pastor, que quiso peregrinar en su última hora con la comunidad de Bella Unión para celebrar a su Patrona Santa Rosa y que, sin saberlo quizás, ya iniciaba así su último trayecto hacia la Casa del Padre. Preparaba, en estos días, ansiosamente su último viaje a Roma, donde había recibido siempre lo que él llamaba su «consolación romana», y con todos los Obispos uruguayos, quería ir a visitar al Vicario de Cristo. Y por el mismo camino el Buen Jesús lo conducía ya a la Jerusalén Celestial.
A las tres de la tarde, («la misma hora que Jesús», como me señalaron algunos) del Día del Señor, su itinerante corazón escuchó la llamada más hermosa «Ven, siervo bueno y fiel, entra al descanso de tu Señor». Una llamada que el Dios de la Vida había iniciado un lejano 10 de julio de 1930 cuando nacía en Montevideo, para vivir sus primeros años «en la patria de su infancia» en Conchillas, en «una campaña como la de antes» como él decía: «sin policlínica, sin MEVIR, sin escuela, sin Comisaría, sin líneas de ómnibus, sin caminos pavimentados, con mucha agricultura, montes criollos junto al arroyo y gente buena, familias grandes y trabajadoras».
Recorrió un largo camino, que ahora es imposible recrear acabadamente, pero que es necesario esbozar aunque sea para reconocer las huellas de su tiempo entre nosotros.
A los 7 años se va al Colegio de la Sagrada Familia en Pocitos, en Montevideo, y allí recibe la Primera Comunión con el P. Domingo Tamburini que los entretenía en la Misa contándoles cuentos y por eso nunca faltaban. Allí aprendió, seguramente, la forma de lo que años más tarde sería su Misa «Tachín-Tachín» que celebraba con suma felicidad en la Capilla San Alejandro, ya sacerdote; o su incansable habilidad para entretener a los niños con la magia de sus manos cada vez que visitaba una Parroquia. Fue niño entre los niños y disfrutó de ello. Tuvo las cadencias del Reino de las que habla el Evangelio en la matriz de una inteligencia profunda y cultivada. ¡Qué raro de encontrar y a la vez, permítanme, en cierta forma, qué parecido a Marcelo en eso!
Cultivó en esa época amistades que conservaba hasta ahora, hizo deportes con entusiasmo, y conservaba un recuerdo de gratitud hacia los Hermanos de la Sagrada Familia que les hacían aprender, cada día, unos versículos del Evangelio de memoria.
Siguiendo a su hermano mayor se fue al Liceo Sagrado Corazón de los Padres Jesuitas, fue creciendo y madurando su formación humana y religiosa. Ingresó más tarde en la Facultad de Derecho y comenzó a participar de la Acción Católica universitaria. Conoció nuevos amigos, se inició en la militancia política y tuvo su primer trabajo asalariado cuyo primer sueldo le alcanzó para comprar una camisa. En 1954, Año Mariano señalado por Pío XII, recibe de su primer director espiritual, el Padre Salesiano Agustín Mossman el planteo claro de la opción vocacional «porque yo nunca había buscado la voluntad de Dios sobre mi vida», dice. «A partir de allí comencé a dudar si no sería que Dios quería que yo fuera sacerdote». Luego, será con el P. Fagalde, otro hijo de Don Bosco, con quien tendrá su conversación final después de decidirse a seguir el camino del sacerdocio, ingresando al noviciado de los Jesuitas el 8 de septiembre de 1955. Fecha en la que celebró sus 50 años de vida consagrada, distinto de todos, que celebran en la fecha de sus primeros votos. «Me da un poco de vergüenza - decía - cuando escucho a tantos hombres de mi edad contar que han tenido una existencia llena de sufrimiento y dolencias. A mí me tocó bailar con la más linda. ¡Flor de vida vivida». Si parece escuchárselo... ¡tenía esas expresiones floridas cada tanto!
De allí en más comenzó el largo camino de formación, la de los Jesuitas de la Compañía de Jesús, acompañado, en los primeros tiempos, de su querido maestro de entonces, el P. Carlos Mullin que luego fuera Obispo de Minas. Humanidades en Chile y Filosofía en Buenos Aires donde conoció al P. Ángel Fiorito SJ que lo ayudó a pensar en el cauce de la rica tradición de la Iglesia y a profundizar, con espíritu ignaciano, en el discernimiento espiritual que fue, en lo medular, el horizonte dinámico de su vida, la fuerza que lo condujo.
La Teología en San Miguel, los compañeros de camino de esa honda experiencia y años turbulentos en la Argentina que le tocó vivir, para ser finalmente ordenado sacerdote el 19 de diciembre de 1964.
Culminó su licenciatura en teología con un trabajo sobre «Teología de lo político» («¡qué raro!» dirán algunos; no los que lo conocían). En 1966 culminó también sus estudios de abogacía en la Universidad de la República. Aquí prosiguió su vida en el Seminario Mayor Interdiocesano, en Toledo, colaborando en algunas parroquias y en la cárcel de Miguelete. Estuvo, también en la fundación del Instituto de formación teológica y espiritual para religiosas llamado "Mater Ecclesiae" y daba clases en el entonces Instituto Teológico del Uruguay. Su última etapa de formación, la llamada «tercera probación» la hizo en Mar del Plata y de allí se encaminó a Roma, en barco, a donde llegó un lluvioso 8 de octubre donde recibió su primera y gran «consolación romana» que tanto añoraba. Profundizó sus estudios con el Director del Instituto de Espiritualidad de la Facultad de Teología de la Universidad Gregoriana, el jesuita francés, P. Gervais Dumeige. En Loyola escribió su tesis doctoral sobre «La consolación sin causa precedente» que luego tuviera, junto con sus otros escritos, especialmente sobre el discernimiento espiritual y la teología de los signos de los tiempos, importante repercusión académica y espiritual. Vuelto a nuestras tierras en 1971, dedicó la mayor parte de su tiempo a la predicación de Ejercicios y a la formación de sacerdotes y religiosos recorriendo Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay en continuos viajes que combinaba con su actividad pastoral en la Parroquia de Fátima en el Cerro de Montevideo. Con un grupo de compañeros fundó, también, un centro de formación teológica para laicos en Montevideo manifestando así, en todo, la inquietud permanente por hacer accesible a todos la posibilidad de crecer en una fe madurada en las grandes corrientes del pensamiento y tradición de la Iglesia. En enero de 1983, estando en La Floresta le pide a la Virgen la plenitud de la santidad sacerdotal. «Quería ser un sacerdote santo, incluso muy santo» contaba, pero, o no sabía lo que pedía o el Espíritu Santo ya le había tomado la palabra de otra manera, lo cierto es que a los pocos días el Nuncio Apostólico lo convocaba para decirle «muy seriamente» que el Santo Padre lo había elegido para Obispo de Tacuarembó, sede que había quedado vacante luego de la renuncia de Mons. Balaguer. Habiendo consultado a un sacerdote confesor y amigo, dijo «sí», aceptando aquella voluntad de Dios en su vida. En ese tiempo fue que lo empecé a conocer. A los pocos días, como Obispo electo, vino a predicarnos los primeros Ejercicios del año a los seminaristas, con los cuales ya estaba comprometido de antes. Era mi primer año, mi primera semana de Seminario y en la escalera de la Casa Nazaret, en Montevideo, me topé con aquel hombre que llevando una cruz en el pecho, me dijo, sencillamente «qué tal, soy Daniel Gil».
Recuerdo el estupor y el desconcierto de algunos formadores de Seminario de entonces por su vocabulario desenvuelto y su forma originalísima de predicarnos aquellos días. Recuerdo alguna conversación que tuve ahí con él sobre la grandeza y el valor de la vida contemplativa. Y recuerdo también clarísimamente su ordenación en la Iglesia del Sagrado Corazón de la calle Soriano el 10 de abril de ese año y cómo ante aquella multitud, entre otras cosas, declaró su amor y agradecimiento por lo que habían significado las religiosas en su vida. Aquello me quedó grabado porque después con los años vi la verdad de aquellas palabras en el testimonio de reconocimiento de la mujer religiosa en la vida de la Iglesia que profesó, día a día, seguramente porque había leído con claridad el significado, el valor y la belleza que esa consagración tiene como anticipo del Reino.
Me decía una religiosa ayer: «en los últimos años supo ser abuelo… venía, nos acompañaba, nos escuchaba, rezaba con nosotras»… y los que compartimos otros tiempos con él en la Curia lo escuchamos hablar de sus «nietitas», las aspirantes y postulantes a las que prodigaba todo su cariño, les compraba dulce de leche o compartía gratuitamente con ellas su tiempo, su oración o sus confidencias espirituales. Una forma de expresar algo del Reino que se insinúa en la vida de la Iglesia como una parte del ciento por uno que el Señor siempre quiere regalarnos, como esos gozos de Dios que anuncian un Cielo nuevo y una Tierra nueva. Como Obispo de Tacuarembó, ninguno de nosotros duda, cuántas y profundas alegrías tuvo y tampoco él cuando dice «en esa diócesis estuve seis años, gozando de la amistad de muchos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. La gente del Norte, cordial y sincera, me regaló seis años de mucha felicidad. Recuerdo con especial afecto las semanas que pasaba conviviendo en parroquias rurales, como Vichadero, Caraguatá y Minas de Corrales».
Pero lo esperaba Salto, y tras haber aceptado la renuncia de Mons. Marcelo Mendiharat, el Santo Padre Juan Pablo II lo llamó al servicio pastoral de esta Diócesis que asumió el 1º de julio de 1989, en esta Catedral, como cuarto Obispo de Salto. Los que lo conocimos íntimamente sabemos del desgarrón que le significó aceptar este paso de aquella Diócesis que tanto amaba a ésta, la nuestra, tan distinta en muchos aspectos, y que le comportaba tantos desafíos. Pero escuchamos también aquel día en este mismo lugar sus palabras de compromiso «los voy a querer con alma y vida» o mejor, traducido: «voy a aceptar esto tan difícil que se me propone y voy a caminar con ustedes a pesar de lo que sé que me va a costar, porque sé y creo que esto es lo que Dios quiere en esta hora y en este tiempo para mí y para ustedes».
Si alguien quiere descifrar a Mons. Daniel Gil, que empiece por aquí… reconozca a un hombre de Dios que quiso siempre, aún en el conflicto o la perplejidad, hacer la Voluntad de Dios y vivirla hasta sus últimas consecuencias. Vivió para ello, se educó para ello, lo enseñó y, más allá de todo, lo quiso transmitir con toda la fuerza de su vida entregada. Por eso el Evangelio de hoy, la Palabra viva de Dios nos habla de esa voluntad irrenunciable de amor de Dios por nosotros en la vida de Jesús de Nazareth, que ha venido «no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,37-40) y que esa voluntad es «que no se pierda nada de lo que me dio», «sino que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna».
Este era Daniel, en lo más profundo de su ser. Un buscador de Dios, sin lirismos, un hombre acuñado en la forja cotidiana de ese discernimiento por vivir la Voluntad de Dios. Lo hacía y lo decía hasta en una forma que a muchos de nosotros nos resultaba contrastante y radicalmente «peligrosa». La llevaba hasta los últimos vericuetos del Plan Pastoral Diocesano y muchas veces su convicción era tal que originaba y originó conflictos y rispideces. En la administración de la Diócesis, en la Economía, donde me tocó acompañarlo de cerca, cortaba grueso, y en ciertas ocasiones no admitía medias tintas. Así también en muchas de las decisiones que le tocó tomar iba contra corriente e impulsó aspectos de la vida diocesana, como la formación de los sacerdotes jóvenes en el exterior, que fueron motivo de muchas controversias. El empeño constante por las vocaciones lo llevó a fundar la Casa Nicolini en Paysandú y sentar allí una base para el discernimiento y formación de los futuros presbíteros que no fue sin dificultades.
Era un gran lector. Había que entrar en su cuarto y ver sus libros, subrayados, comentados… No era para florearse. Unía a su aguda inteligencia un fino sentido del humor. Fue confesor de muchos y todos dicen que buen confesor. No se escandalizaba. Era padre y Pastor.
Ciertamente que para él, jesuita y hombre de Ejercicios, no fue fácil la vida entre nosotros. Las dimensiones de nuestras parroquias, el ajetreo diario en ellas, nuestra manera de ser como clero en este litoral norte. Nuestros laicos y religiosos, acostumbrados todos, como estábamos, a una Iglesia «de trinchera» en muchos aspectos, no íbamos a tener una vida fácil juntos, lo sabíamos; pero hay que decir con total verdad que no sólo se esforzó por querernos y comprendernos, sino que, y a pesar de todo, lo hizo. Plantó su corazón aquí. No se quería ir.
Gracias a Marcelo y a él tuvimos, desde el inicio, el testimonio de dos pastores que recorrieron juntos la Diócesis compartiendo su visión sobre ella y acomodando los caminos de una transición serena. Es cierto: hubo momentos difíciles, incomprensiones mutuas e incertidumbres; pero caminamos juntos, el rumbo se mantuvo… Descubrió, en tantas instancias, el valor de lo que veníamos haciendo y lo impulsó. Animó el camino de las comunidades y los ministerios laicales, promovió la pastoral bíblica y contribuyó a seguir desarrollando nuestro Plan Pastoral.
Su cordialidad en el "mano a mano", su cercanía en tantas cosas, su buen humor, junto con su hondo sentido de Dios nos hicieron bien. Hice con él algunos viajes, era un buen compañero de camino. Siempre contaba divertido como, en Alemania, en la Marienplatz de Munich, él se esforzaba por cultivar mi sentido de la belleza arquitectónica de la Plaza dedicada a la Virgen, y yo por proponerle que fuéramos a tomar cerveza alemana y salchichas. Se apresuró a destinarme a una Parroquia, preocupado por mi vida sacerdotal, porque si no el nuevo Obispo me iba a seguir teniendo en la Curia. En atención, quizás a que, con Enrique Correa, fuimos los primeros sacerdotes que ordenó en la diócesis. Estoy seguro que rezaba por sus sacerdotes. Sé que los defendía a muerte en ciertas circunstancias. Por su familia, hermanos, sobrinos y cuñadas tenía un amor entrañable. Esperaba con ansia que pasara la Navidad para poder ir a su encuentro en el mes de enero; a Buenos Aires o a Montevideo o cuando venía su hermano y cuñada a pasar unos días con él aquí. Se ocupaba de ellos. Los quería. A su sobrino sacerdote, Fernando, cuyas hazañas en la historia o en la montaña siempre contaba o últimamente del buen vino que estaba haciendo.
Su lema era «Dar y comunicar» tomado de la «Contemplación para alcanzar Amor» de los Ejercicios de San Ignacio que dice: «el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro». ¡De amar se trataba y se trata la cosa! ¡Siempre lo supo!
Y así, dando y comunicando, su vida ha sido. Tenía esa visión sobrenatural de las cosas que sólo tienen los que tienen anclado el corazón en Cristo. Tenía esa radicalidad que sólo tienen aquellos cuyo «sí es sí» y cuyo «no es no». Quiero tener especialmente presente, al terminar, a todos los que han estado cerca de él en este tiempo. En particular a las Siervas de María, que sé que lo quisieron bien y lo cuidaron con buen amor y buen humor cristiano, quiero agradecer en nombre de la Diócesis por todo el cuidado y cariño que se le ha prodigado. Mons. Daniel Gil, nuestro Padre, Obispo y Pastor, no se merecía menos. Que el Señor lo tenga en su Gloria y lo reciba en su Paz.
Daniel: que la Santísima Virgen, en este día en que conmemoramos su Natividad, te conduzca a celebrar tu pascua en la Pascua de Cristo en el Banquete Celestial. Daniel, descansa en paz. |
FOTOS
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Daniel Gil
Zorrilla SJ, Obispo emérito de Salto |
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Biografía
Este año (2005) cumplo, el 10 de julio, 75 años
de vida y, el 8 de setiembre, 50 años de mi entrada a la Compañía de
Jesús, los Padres Jesuitas. Estas fechas que invitan a recordar; me
dan oportunidad para hacer estas confidencias con los feligreses.
Aunque nací en Montevideo, pasé la infancia en
la campaña. Esos años son los que marcan la sicología de la
personalidad para siempre. “La infancia es la patria”, dice un
autor.
Era una convivencia familiar muy intensa, en una casa de campaña, con las aventuras comunes de comadrejas, camoatíes, perros, caballos, etc. Mi madre criaba pavos y los niños teníamos que darle de comer a los pavitos, rompiendo para ello los granos de maíz en una máquina moledora. A fin de año nos pagaba con un pavo relleno con lo que nosotros queríamos. Le pedíamos que lo rellenara con carne, muchas pasas de uva y aceitunas.
Mi padre nos contaba las antiguas historias de
la familia con episodios pintorescos vividos en esa misma casa de
campaña, cuando las revoluciones del s. XIX en el Uruguay. Así
fuimos compenetrándonos con la historia nacional y sus grandes
gestas patrióticas.
Mi hermano mayor tenía buena puntería con la escopeta e íbamos a acechar a los venados que tomaban agua en una lagunita del monte.
El hermano menor sólo participaba en algunos
juegos menos peligrosos como era tirarnos dando vueltas de carnero
en las enormes parvas que se hacían en la cosecha con la paja del
trigo. El sábado santo, que se llamaba Sábado de Gloria, se celebraba con un gran asado, al que venían todos los vecinos, y se adelantaba así el domingo de Gloria al sábado de Gloria. Nosotros participábamos acarreando la leña para el fuego. Una vez al año venían parientes de Montevideo a visitarnos. Teníamos que mostrarles el campo, las ovejas. Nos divertía, sobre todo, hacer de toreros con un carnero malo que nos topaba.
Como no había escuela en esa campaña fuimos a
Montevideo. Mi abuela paterna vivía en Pocitos así que me tocó un
barrio muy lindo y fuimos al colegio San Juan Bautista de los
Hermanos de la Sagrada Familia. Nos prepararon para la primera
comunión en la parroquia San Juan Bautista, con el P. Domingo
Tamburini, que nos entretenía en la Misa contándonos cuentos, y por
eso nunca faltábamos los domingos. La Misa era entonces en latín, de
espaldas y allá lejos de los fieles. Por eso el cura nos hacía
cuentos y nunca faltábamos.
Siguiendo a mi hermano mayor fui al Liceo
Sagrado Corazón de los Padres Jesuitas. Con otro compañero salimos
campeones de pelota, frontón, paleta. También teníamos cuadros de
fútbol en el campeonato interno. Aumentó la formación religiosa, las
lecturas, las actividades piadosas y sociales.
1948-1955. La Facultad de Derecho Fueron cinco o seis años en la Facultad de Derecho. Por obra de la Providencia, fue una época gloriosa de la Facultad, con profesores brillantes. Estos años marcaron también mi ingreso a la Acción Católica universitaria. Nuevos amigos, inicio de militancia política, y mi primer trabajo asalariado. Mi primer sueldo alcanzaba para comprar una camisa.
1954-1955. Hacia el Noviciado
El Papa Pío XII había señalado 1954 como Año
Mariano. Había muchos actos de devoción a la Virgen María, de los
cuales yo participaba. Fue un año de conversión a la militancia
eclesial gracias en gran parte a los buenos amigos de la Acción
Católica. Mi primer director espiritual, el P. salesiano Agustín
Mossman me planteó con claridad la opción vocacional, porque yo
nunca había buscado la voluntad de Dios sobre mi vida. A partir de
allí comencé a dudar si no sería que Dios quería que yo fuera
sacerdote, como una mera posibilidad.
1955-1957. El Noviciado Hice dos años de noviciado. El maestro era el P. Carlos Mullin, quien llegaría a ser Obispo de Minas. Los otros novicios eran cinco uruguayos y tres argentinos, porque por la revolución contra Perón habían ido a Montevideo.
El novicio nuevo que entraba tenía otro más viejo que lo apadrinaba y le enseñaba todas las cosas. A ése se lo llamaba el "ángel". Mi ángel fue quien años más tarde sería Mons. Luis Del Castillo. Fueron dos años de Eucaristía diaria y meditación de la Palabra de Dios y también de mes de Ejercicios Espirituales, mes de hospital, y peregrinación a pie a la Virgen de los Treinta y Tres en Florida. Al terminar el noviciado hice los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia y quedé pronto para pasar a la etapa siguiente de formación.
1958. Humanidades en Chile La etapa siguiente al noviciado era estudios de Humanidades y Lenguas. Todo el grupo de novicios fue para Chile, en ferrocarril desde Buenos Aires. Como yo era el mayor, fui como jefe del grupo. La experiencia de la cordillera de los Andes fue impactante para todos. Estuvimos un año como "juniores" en un lugar llamado "Padre Hurtado". Fue un año de encuentro con la historia del arte, la música, el cine, el latín, el griego y el P. Hurtado, cuya figura gigantesca nos impresionó a todos. Los sábados yo daba catecismo en una escuela fiscal (escuela pública). En las vacaciones fuimos a la cordillera y subí en alpargatas hasta 4.500 m. Los que íbamos desde la llanura no nos cansábamos de mirar aquellas montañas enormes. Ese año hubo elecciones en Chile y resultó vencedor Alessandri, sobre Frei y Allende, en elecciones parecidas a las del Uruguay. Terminado ese año de humanidades, artes y lenguas, estábamos listos para pasar a la próxima etapa.
1959-1861. Filosofía en Buenos Aires Pasamos los Andes y volvimos a Buenos Aires. Cerca de Buenos Aires está San Miguel, donde los jesuitas tienen el Colegio Máximo, con sus facultades de filosofía y teología. Allí estudié tres años de filosofía. Éramos como 50 estudiantes de Argentina, Chile, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú y Uruguay. Fueron tres años de intensa actividad intelectual, recorriendo los profundos sistemas de pensamiento de los grandes maestros de la humanidad. Años que me sirvieron también para poner en orden las ideas aprendidas en los cinco años de la Facultad de Derecho.
En Miguel Ángel Fiorito SJ encontré un gran maestro, que no sólo me enseñó a pensar correctamente, sino que me puso en contacto con la gran tradición de Santo Tomás de Aquino y también me ayudó a profundizar en la tradición eclesial del discernimiento espiritual. En 1961 terminé los estudios filosóficos, con mi tesina "La luz del entendimiento agente como clave de la antropología de Santo Tomás".
Las actividades deportivas eran intensas, sobre todo fútbol. Pastoralmente daba catequesis en dos escuelas y a los alumnos de la escuela de suboficiales "Sargento Cabral" del Ejército Argentino en Campo de Mayo.
1962-1965. Teología Después del trieno de la licenciatura en filosofía, vinieron cuatro años más de licenciatura en Teología, ahí mismo en San Miguel. Ya conocía los barrios de alrededor, y estuve encargado de dos barrios grandes que estaban en formación: Santa Brígida y Sarmiento. Podíamos "hacer pastoral" sólo sábados y domingos, aunque nos escapábamos algún otro día de la semana. Allí había gente que se estaba haciendo su casa. Me hice amigo de unas cuantas familias: italianos recién llegados de la guerra, correntinos...
El 19 de diciembre de 1964 tras ocho días de
Ejercicios Espirituales fui ordenado subdiácono, diácono y
presbítero, en tres días sucesivos, según la usanza de los jesuitas
de aquella época. Los jesuitas uruguayos nos ordenamos en Uruguay,
en Montevideo, Iglesia del Sagrado Corazón.
Gracias al P. Fioritto, yo estuve dando
ejercicios espirituales, sobre todo a estudiantes de la Universidad
de La Plata, durante todos estos años de formación. En esos cinco o
seis años dando EE.EE. me supervisaba y aprendía con ese gran
maestro que fue el P. Fioritto.
1966-1967. Joven sacerdote en Montevideo
Aunque me había preparado para trabajar en la
Universidad, sin embargo los superiores me encaminaron al Seminario
Mayor Interdiocesano, que en esa época estaba en Toledo. Allí conocí
varias generaciones de seminaristas, que después fueron sacerdotes
compañeros: Pepe Bonifacino entre ellos. También daba clases en un
Liceo que había en el Seminario y colaboraba en algunas parroquias y
en la cárcel de Miguelete en Montevideo.
En esos años colaboré en la fundación de un instituto de formación teológica y espiritual para religiosas, llamado "Mater Ecclesia".
También daba clases en el entonces Instituto Teológico del Uruguay para los seminaristas.
1967. Tercera probación en Mar del Plata
La última etapa de la formación de los jesuitas
es vulgarmente llamada "la tercera probación" y me tocó hacerla en
Mar del Plata, Argentina, de febrero a noviembre. Agarré todo el
invierno, hasta con pingüinos en la playa, que son muy lentos
caminando, pero rapidísimos cuando entran al agua.
Al comenzar 1968 se me planteó la posibilidad
de hacer el doctorado en Teología en Europa. Yo quería ir a
Innsbruck, pero no sabía alemán, así que acabé yendo a Roma y el
viaje fue así:
Llegué el 8 de octubre a Roma, bajo una lluvia torrencial y una gran consolación, que desde entonces yo llamo "consolación romana", porque cada vez que llego a Roma me viene la misma consolación. En la residencia donde estaba, éramos cien jesuitas jóvenes, todos estudiando. Tuve compañeros de la India, China, Canadá, EE.UU., España, México, Argentina, Corea.
En la Facultad de Teología de la Universidad Gregoriana elegí mi patrón de tesis: el director del Instituto de Espiritualidad; un jesuita francés, especialista en historia de la espiritualidad, el P. Gervais Dumeige que me ayudó a elegir el tema de la tesis doctoral y después me enseñó el método de investigación y de redacción con su típica claridad francesa y me acompañó esos dos años con mucha paciencia y caridad.
Para escribir la tesis me fui a Loyola, en España, donde pasé cuatro meses y realicé todo el trabajo. De paso conocí la tierra de San Ignacio de Loyola y el país vasco, con un clima veraniego espectacular y muchas horas de luz solar.
Escribí 743 páginas, y al regresar a Roma, el P. Dumeige me pidió que pusiera todo aquello en sólo 100.
Entonces, en Roma, ya en octubre, me fui de
capellán de unas hermanas benedictinas en la costa del mar, donde,
en un mes puse todo en 110 páginas, con un nuevo esquema. Esas
hermanas vivían al pie de un cerro, en un lugar llamado San Felice
Circedo, que ahora era un cerro, pero dos mil años antes era una
isla, donde estaba la maga Circe y por donde pasó Odiseo.
Una agencia de viajes de los Focolares me
consiguió un billete de tren con grandes descuentos para hacer un
viaje circular por toda Europa, y esa fue mi despedida del viejo
continente.
1971-1983. De regreso en Montevideo Nuevamente en Montevideo, estuve dando clases de teología en el ITU y dando EE.EE. en todas partes, mientras colaboraba nuevamente en la parroquia de Fátima en el Cerro. Con otros compañeros iniciamos un centro de formación teológica para laicos, que todavía está funcionando en Montevideo.
Viajaba mucho a campaña y también por Argentina, Brasil y Paraguay. Mi actividad preferente era dar conferencias o cursos de teología, tandas de EE.EE. y algunos encuentros de estudio o convivencia con otros jesuitas.
Tuve oportunidad en esos años de conocer
bastante sobre la Iglesia en Brasil. También en el litoral argentino
y en Paraguay. Vine varias veces a dar EE.EE. a los sacerdotes de
Concordia. 1980. Valladolid
Como fruto de tantos cursos y ejercicios que
daba, había desarrollado muchos temas de discernimiento espiritual y
el entonces P. provincial de los jesuitas, Miguel Artola, me dijo
que los pusiera por escrito en un libro. En medio de las ocupaciones
que tenía me resultaba imposible sentarme a escribir. Entonces
surgió la posibilidad, invitado por los jesuitas de la provincia de
Castilla, de ir a Valladolid en el verano pues me recibirían en el
Colegio de Valladolid que estaba de vacaciones de verano. Así estuve
junio y julio gozando de la hospitalidad de los PP. castellanos y
pude escribir lo que me habían mandado.
Enero 1983. Llamado a ser Obispo de Tacuarembó
El verano de 1983, en enero, tenía mi agenda en
la mano y la miraba con placer porque tenía programado todo el año
con actividades que me resultaban estimulantes y agradables: ir al
Congo, en África, a dar Ejercicios Espirituales (EE.EE.) y cursos de
Teología en Kinshasha. Los Jesuitas habían abierto una Facultad para
lengua francesa en África Occidental. Después, estadía en Roma, en
Madrid, en varios puntos de Sudamérica, siempre con algunos días de
descanso en mi casa en Montevideo. Podía pensar “mi vida está bien
planificada”.
Pocos días después me llegó sorpresivamente esta novedad de la Divina Providencia: me llaman de la Nunciatura Apostólica y cuando fui, el Nuncio muy seriamente me dice "el Santo Padre lo ha elegido para Obispo de Tacuarembó", lo cual me movió el piso y quedé estupefacto. Le dije al Nuncio que quería consultar con un sacerdote amigo que era mi confesor habitual y este sacerdote me dijo que sí que aceptara. Me puse en las manos del Señor y acepté. Con lo cual, comenzaba una nueva y larga etapa de mi vida.
1983. Obispo de Tacuarembó
El 10 de abril de 1983 fui consagrado Obispo.
Me fui inmediatamente para Tacuarembó, a vivir en el Obispado que
había construido Mons. Parteli y que estaba dejando vacío Mons.
Balaguer.
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El Nuncio me dijo que el Santo Padre quería que
yo viniera a Salto, y aquí vine. El 1º de julio de 1989 asumí en la
catedral esta querida Diócesis. Luego tuve la fortuna de recorrerla
toda con Mons. Mendiaharat, quien me fue instruyendo sobre la
realidad de cada zona que visitábamos y con su conocida sabiduría me
trasmitía la historia pastoral de esta Diócesis.
El miércoles 21 de julio a las 6:00 horas tuve
dos infartitos cerebrales pequeños, pero con dos hemorragias
cerebrales no tan pequeñas, en la parte de atrás del cráneo, a la
derecha. A mí me dijeron que eso ordinariamente causa la muerte,
pero yo no me morí, si no, hubiera pasado del sueño a la otra vida
sin darme cuenta. Nada de dolor, ni mareo, ni nada.
Mi hermano mayor murió en julio del 2004 en Buenos Aires y quedan cuatro sobrinos, uno de ellos sacerdote de la diócesis de Moreno. Mi hermano menor vive en Villa Argentina, cerca de Montevideo. Tiene seis hijos y varios nietos y bisnietos. Al menos una vez al año me reúno con la familia de mi hermano mayor y con la familia de mi hermano menor.
La última etapa El 10 de julio de 2005 cumplí 75 años y comencé “la última etapa de mi vida”. Sin acento fúnebre; sin lamentación, simplemente otra etapa, presumiblemente la última. En el Uruguay la vida promedio del sacerdote es de 70 años.
Me gusta proyectar, programar la vida, siempre
lo hice. Y siempre se cumplió aquello de “del hombre es hacer planes
y proyectos, pero el Señor conduce los pasos” así que no tenía
muchas ganas de hacer proyectos, sino de ponerme a la escucha del
Padre, a ver qué quiere ahora para mí. Así decidí: unas buenas
vacaciones, dar vuelta la hoja y comenzar lo nuevo mirando y
escuchando. El Padre se reveló con varios prodigios de su
Providencia.
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